Un libro sobre los indiscretos balcones muestra lado más íntimo de Barcelona

  • Barcelona, 13 abr (EFE).- Nacieron como palcos para observar y no mezclarse con la plebe. Fueron luego un lugar donde los novios festejaban o donde colgar una pancarta de protesta. Los balcones son uno de los elementos distintivos de Barcelona y, ahora, el eje de un libro monográfico, el primero dedicado a este indiscreto elemento.

Un libro sobre los indiscretos balcones muestra lado más íntimo de Barcelona

Un libro sobre los indiscretos balcones muestra lado más íntimo de Barcelona

Barcelona, 13 abr (EFE).- Nacieron como palcos para observar y no mezclarse con la plebe. Fueron luego un lugar donde los novios festejaban o donde colgar una pancarta de protesta. Los balcones son uno de los elementos distintivos de Barcelona y, ahora, el eje de un libro monográfico, el primero dedicado a este indiscreto elemento.

"Balcones de Barcelona. Un espacio privado abierto al público" es el título de esta obra, editada por el Instituto de Paisaje de Barcelona (IPB), centrada monográficamente en un tipo de construcción denostado por muchos arquitectos y que, a pesar de ser muy del agrado de los ciudadanos más 'voyeurs', fue desterrado durante décadas durante el último siglo por las corrientes del racionalismo urbano.

Se trata de un trabajo con fotografías de Ramon Manent (que elige para la portada del libro la imagen de uno de los imposibles balcones de la casa Planells), con textos del profesor de literatura medieval de la Universidad de Barcelna (UB) Anton Espadaler quien, en una entrevista a Efe, asegura que el estudio de la evolución de estas tribunas callejeras descubre un rostro diferente de la ciudad, de su tejido más íntimo.

Los balcones de Barcelona, que el ácido Josep Pla atacaba por su provincianismo al incitar al "safareig" (chismorreo) entre vecinos, sirven -añade Espadaler- para conocer aspectos antropológicos de la vida de Barcelona.

No sólo son utilizados para relacionarse, espiar y dejarse ver, sino para quejarse (los carteles contra el AVE inundan el Eixample o los que abarrotaron la ciudad durante la Guerra de Irak), demostrar la alegría cuando gana tu equipo, pero también se destinan a otros usos menos prosaicos, pero muy mediterráneos, como tender la ropa.

Los balcones llegaron a Barcelona a finales del siglo XVI como una moda italiana. De hecho, la palabra proviene del lombardo.

Muchos palacios góticos modificaron sus fachadas para poder construirlos donde antes sólo había ventanas. Espadaler apunta que una de las primeras referencias literarias a los balcones de Barcelona aparece en El Quijote, cuando el caballero de La Mancha es invitado por el rico Antonio Moreno a asomarse a uno en su palacio.

A partir de entonces, la aristocracia barcelonesa, reacia como todas a juntarse con el pueblo llano en fiestas y desfiles, se lanza a construir balcones, cerca de 300 en pocos años: "palcos sociales" como los de la Casa Bassols o los del Palacio Centelles.

No obstante, en las siguientes generaciones, su expansión sufre altibajos debido a la normativa que regula las fachadas y la simetría de las calles.

Con el modernismo del XIX -corriente que aporta algunos de los ejemplares más deslumbrantes: los de la Casa Macaya y Casa Serra, ambos de Puig i Cadafalch-, los balcones se hacen populares entre las clases medias en barrios como el Eixample, que los convierten en jardines colgantes que dejan atrás las casas lóbregas del medievo, al llenar de luz y aire las estancias principales.

El racionalismo del GATEPAC se instala en Barcelona en la década de los veinte del siglo pasado y con él los arquitectos que apuestan por las fachadas más "limpias". El primer ejemplo de ello, la Casa Cambó, que Adolf Florença levanta en 1923 en plena Via Laietana.

Pero los balcones habían venido para quedarse en el paisaje histórico y emocional de los barceloneses, dijeran lo que dijeran los urbanistas. Así, aparecen canciones de Joan Manuel Serrat, y también, desde un balcón, el de la Generalitat, el presidente Josep Tarradellas gritó su "Ja sóc aquí!", tras volver del exilio en 1977, y en esa misma plaza de Sant Jaume, el FC Barcelona, y otros equipos catalanes, han exhibido ante sus forofos los trofeos.

Hoy en día, indica el autor, el balcón sigue siendo un elemento identificativo de la ciudad, admirado por sus visitantes, aunque en algunos casos se hayan convertido en simples trasteros al aire libre, donde guardar los muebles viejos, las botellas de butano o las bicicletas que no caben en las casas cada vez más pequeñas.

"Los balcones contribuyen a hacer la ciudad más amable y evitan la monotonía", defiende Espadaler, quien, a pesar de poder elegir como favorito alguno de los lujosos ejemplares del Quadrat d'Or, como los que Puig i Cadafalch ideó para la casa Batlló, se decanta por los modestos de la Barceloneta, "con su ropa tendida, más cercanos y tan napolitanos".

"Balcones de Barcelona" es el primer trabajo de investigación dedicado a este elemento arquitectónico, y su elaboración ha conllevado una importante tarea de investigación en museos y archivos tanto de la capital catalana como de otras ciudades.

Es además la segunda entrega de la colección Barcelona Paisatges y será una de las novedades que el IPB ofrecerá para Sant Jordi.