"Confesiones de una compradora compulsiva", frivolidad "prêt-à-porter"

  • Redacción Internacional, 26 mar (EFE).- Como versión adolescente y gamberra de "Sexo en Nueva York", "Confesiones de una compradora compulsiva" explota con gracia la frivolidad sin complejos y gana puntos con su incorrección política en época de crisis, aunque luego tire por la borda su frescura y la ahogue en almíbar.

Redacción Internacional, 26 mar (EFE).- Como versión adolescente y gamberra de "Sexo en Nueva York", "Confesiones de una compradora compulsiva" explota con gracia la frivolidad sin complejos y gana puntos con su incorrección política en época de crisis, aunque luego tire por la borda su frescura y la ahogue en almíbar.

El director de la irresistiblemente grosera "La boda de Muriel" y la eficazmente clásica "La boda de mi mejor amigo", P.J. Hogan, se atreve ahora con la adaptación de la saga "best seller" de Sophie Kinsella "Loca por las compras", que se estrena este fin de semana en España.

En ella, casi tendría que figurar como codirectora Patricia Field, la estilista que obró el milagro de convertir el vestuario en la cadencia narrativa de la adaptación de la famosa serie de Sarah Jessica Parker y que aquí, con menos recursos, también hace sucumbir al celuloide ante la moda.

La compradora compulsiva es Rebecca Bloomwood, encarnada casi siempre con gracia por Isla Fisher, y que no es más que una atolondrada amante de la ropa cara limitada por su sueldo medio. Sin embargo, por carambolas de la vida, acaba dando consejos en una revista económica sobre cómo gestionar la economía familiar.

Ni que decir tiene que el argumento es totalmente irrelevante, pero eso no resiente tanto su calidad como debería, ya que la película se enmarca, como otras cintas a reivindicar tipo "Fuera de onda" (1995) o "Una rubia muy legal" (2001), en esa tradición de cine americano adolescente que consigue sobreponerse con grandes dosis de ingeniosa autoparodia a su superficialidad vocacional.

Así, el esplendor consumista a tenor de panorama económico internacional dota a la película de un aura de ironía, de incorrección política que otorga al filme las licencias que sin duda se toma. Disfrute del lujo. Hedonismo de diseño.

Pero claro, el problema es que ese manifiesto que pone en el orden de preferencias el ropero por encima de la amistad y la solidaridad, habría sido demasiado arriesgado para un producto comercial de este tipo si se lleva hasta sus últimas consecuencias y el cuento de hadas comienza a imponer sus reglas morales.

Entonces, aparece la historia de amor -con, precisamente, el que fuera modelo de Burberry, Hugh Dancey-, la familia humilde -Joan Cusack y John Goodman- y la jefa de la revista de moda -una desubicada Kristin Scott Thomas- se erige como cabeza de turco, como mala malísima.

Y así, con lo divertido que había sido su canto a la frivolidad, la película se decanta al final por una redención y una vuelta hacia los valores tradicionales. O lo que es lo mismo: lo que hacía que la película se salvara hasta entonces milagrosamente de quema, es atajado de raíz. Y, entonces sí, "Confesiones de una compradora compulsiva" se abre a la vergüenza ajena.