Autómatas, un mundo de realidad y ficción

El ser humano ha intentado siempre, a lo largo de su historia, parecerse a Dios. La creación de vida ha estado presente desde la mitología griega, cuando Prometeo robó el fuego de los dioses del Olimpo para dárselo a los hombres. Posteriormente, no fueron pocos los intentos de engendrar seres similares a los humanos, casi siempre al abrazo de ingenieros y la invención de nuevas tecnologías, que permitieron ya en el siglo XIII desarrollar los primeros autómatas de figura humana que se movían por sí mismos.

A pesar de todos los intentos de “humanizar” a los robots, el imaginario colectivo siempre ha dotado a estas figuras de un aura de misterio y magia que los postergaron como malditos hasta el siglo XVIII. En El Rival de Prometeo. Vidas de Autómatas Ilustres. (Impedimenta), la periodista Marta Peirano (Madrid 1975) y Sonia Bueno han recopilado las historias más célebres desde la edad de oro de creadores de “anatomías vivientes”. Desde el principio se cuenta cómo el biólogo Jacques de Vaucanson dio vida al “Pato con Aparato Digestivo”, capaz de “comer, beber, graznar, chapotear y hacer sus necesidades en una palangana de plata”. El filósofo Voltaire, uno de los artífices de la Ilustración, ironizó acerca de él que “Si no fuera por el pato cagón, ¡nadie recordaría la gloria de Francia!”. “El Turco” sería otro de los autómatas que harían historia. Creado por von Kempelen, constituyó una farsa que se extendería a lo largo de los años, ya que era capaz de derrotar al ajedrez a las mejores mentes pensantes del mundo. Pero si hay algo que supuso su lanzamiento al estrellato fue su partida contra Napoleón, al que venció durante la campaña de la Batalla de Wagram. Al final, se descubrió que la estructura de “El Turco” permitía ser controlado por un hombre desde dentro.De las máquinas a los interrogantes humanos

Incluso hay extremos donde se tocan la realidad y la ficción, como cuenta Peirano sobre la historia de Descartes, del que se dice que “creó un autómata para sustituir a su hija Francine, muerta a los cinco años”. La película Metrópolis, de Fritz Lang, es otro de los casos que permanecen en la memoria, ya que persigue la unión entre la mente humana y los robots en una andreida con cuerpo de mujer.

El historiador y director Patrick J. Gyger, de la Maison d’Ailleurs, Museo de la Ciencia-Ficción, de la Utopía y los Viajes Extraordinarios de Suiza, se explaya en el prólogo del libro: “El autómata conserva una facultad inigualable para ayudarnos a delimitar los interrogantes acerca de nuestra propia naturaleza. El androide, instrumento de ficción formidable gracias a su fuerza metafórica, nos permite entablar una investigación metafísica y nos recuerda que el ser humano no ha hecho más que interrogarse a sí mismo al sacarle brillo a su propio reflejo”.

El Siglo de las Luces (la Ilustración) fue una época en la que la ciencia era (al igual que hoy), la energía que movía el planeta. La mayoría de avances que determinaron las creencias posteriores surgieron entonces con una intensidad que casi fomentaba la paranoia colectiva en torno a los descubrimientos. En la actualidad, los robots con forma humana siguen siendo la gran asignatura pendiente en la que avanza la tecnología pero, ¿puede una máquina pensar como un humano?