Antonio Lázaro ve el Hombre de Palo como "el hijo que Juanelo no pudo tener"

  • Toledo, 21 mar (EFE).- Cuenta la leyenda que quien fue relojero del emperador Carlos V, el italiano Juanelo Turriano, recorría arruinado las calles de Toledo durante sus últimos años de vida pidiendo limosna en compañía de un autómata a tamaño real "que se convirtió en el hijo que nunca pudo tener": el Hombre de Palo.

Antonio Lázaro ve el Hombre de Palo como "el hijo que Juanelo no pudo tener"

Antonio Lázaro ve el Hombre de Palo como "el hijo que Juanelo no pudo tener"

Toledo, 21 mar (EFE).- Cuenta la leyenda que quien fue relojero del emperador Carlos V, el italiano Juanelo Turriano, recorría arruinado las calles de Toledo durante sus últimos años de vida pidiendo limosna en compañía de un autómata a tamaño real "que se convirtió en el hijo que nunca pudo tener": el Hombre de Palo.

Así explica a Efe el escritor conquense Antonio Lázaro la leyenda toledana de la trama de su última novela, titulada "Memorias de un hombre de palo", en la que mezcla fantasía y documentación histórica.

Relata cómo en el siglo XVI un ingeniero italiano perteneciente a la corte, reconocido mundialmente y que gozaba de la compañía del emperador, se embarca en la aventura de construir un artificio para subir agua del Tajo a la ciudad imperial, proeza en la que empeña los últimos años de su vida.

"Nunca le compensó el artificio a nivel económico", comenta Antonio Lázaro, "aunque le compensó el reto que había asumido y su coraje y valentía por ir a Toledo y separarse de la corte".

Lázaro explica que ni la corte ni el gobierno municipal, quisieron subvencionar a priori una obra de tal calibre, puesto que ni romanos, ni mozárabes, ni ninguna otra civilización, consiguieron la proeza de subir agua del río al Alcázar.

Finalmente, y tras emplear toda su economía y el bienestar familiar, además de contraer préstamos con financieros de la época, Juanelo termina el artificio con un éxito rotundo, pero sin recibir lo acordado con la corona y el gobierno municipal si este funcionaba.

"Él pensaba que era un negocio prometedor, tanto para la ciudad como para asegurar el futuro de sus nietas a las que había que dotar para poder casarlas", dice Lázaro.

"Pero finalmente, termina arruinado", añade.

La novela cuenta los tejes y manejes de la construcción del artificio y de cómo Juanelo durante esos años está acompañado del que realmente es su último invento: un autómata a tamaño natural.

Era una reproducción de los pequeños autómatas con los que el emperador se entretenía en el palacio de Yuste, y que sería conocido en la ciudad como el Hombre de Palo.

"Pero era algo más importante", señala Lázaro; era un encargo que el monarca hizo a Juanelo con la intención de regalar a su hijo Felipe II un soldado invencible y que fuera capaz de ser inmune a los enemigos.

Aunque más ficción que realidad, "en la novela se convierte en el hijo que Juanelo no pudo tener, en un pinocho viejo con alma, con sentimiento y con corazón", dice Lázaro, que le ve como "el 'alter ego'" del relojero.

Prácticamente toda la obra transcurre en Toledo, ciudad que "tiene un aspecto gótico, fantástico y misterioso, además de ser la capital de la melancolía y de la cuna de las leyendas", comenta el escritor conquense, que se declara fan de los clásicos, como Edgar Alan Poe o Gustavo Adolfo Bécquer.

El artificio y el Hombre de Palo han acabado siendo "leyendas urbanas", declara Lázaro.

El artificio ya no existe, fue dinamitado a mediados del siglo XIX por un ingeniero que quería construir otro en su lugar, y la figura de Juanelo también parece que se haya borrado de las memorias toledanas.

El único recuerdo que tiene Toledo de este ingeniero italiano es un busto, que, según cuenta Lázaro, estaba hace años en los sótanos del Museo de Santa Cruz.

Tampoco queda rastro del planetario que hizo para Carlos V, o del cristalino que construyó para Felipe II, que "no se sabe sí desaparecieron en los incendios del Alcázar o en las guerras napoleónicas".

Como obra del italiano "sólo quedan los juanelos", una especie de columnas gigantescas que en un principio fueron destinadas a El Escorial pero que más tarde y tras años inutilizadas se colocaron en el Valle de los Caídos.

Un busto suyo se conserva en el Palacio Real madrileño y le permite dejar de ser leyenda y convertirse en realidad.