No se fíen de los seminaristas que no saben latín

  • Madrid, 13 may (EFE).- El escritor Luis García Montero ha huido del patetismo al narrar las trágicas experiencias que le tocó vivir a Ángel González durante su infancia, y en su libro "Mañana no será lo que Dios quiera" cuenta episodios dolorosos, pero también sabrosas anécdotas como la del seminarista que no sabía latín.

Madrid, 13 may (EFE).- El escritor Luis García Montero ha huido del patetismo al narrar las trágicas experiencias que le tocó vivir a Ángel González durante su infancia, y en su libro "Mañana no será lo que Dios quiera" cuenta episodios dolorosos, pero también sabrosas anécdotas como la del seminarista que no sabía latín.

"Jugar con una sonrisa ayuda a escribir sobre el horror", afirma García Montero en una entrevista con a EFE para hablar de su biografía novelada de Ángel González, en la que reconstruye la infancia y juventud del poeta ovetense, fiel reflejo de las de tantos y tantos perdedores de la Guerra Civil.

Tras la guerra, la madre de Ángel se vio obligada a recibir huéspedes en su casa para lograr subsistir. Entre ellos, había un seminarista al que el futuro poeta, deseoso de mejorar su latín, le pidió ayuda un día para traducir "La Guerra de las Galias", de Julio César.

Carlos, el seminarista, "de manos alargadas y blancas, y con modales muy propios de la Iglesia", reaccionó de forma excesivamente airada y violenta ante esa petición, y, sin que "Angelín" entendiera nada, cogió el libro y empezó a recitar la Salve: "Dios te salve, Reina y madre de misericordia..."

Esa noche, Carlos no quiso cenar y a la mañana siguiente desapareció de la casa sin despedirse y, por supuesto, sin pagar. A los pocos días un comisario y dos agentes se presentaron en casa de Ángel, registraron la habitación del "seminarista" y les dijeron que habían tenido hospedado a "un delincuente muy peligroso, miembro de una de las bandas criminales más buscadas por la policía", relata García Montero en su nuevo libro, publicado por Alfaguara.

Pero la guerra y la posguerra no daban para muchas bromas, y a Ángel y su familia, afines a la República, les tocó vivir episodios terribles. En 1937 aumentaron las delaciones, los registros y las muertes.

Manolo, el hermano de Ángel, consiguió un salvoconducto para salir de Oviedo. A la altura de Salas, pararon el autobús en el que iba y lo mataron aquella misma noche.

Ángel González tuvo que darle días después la noticia a su madre, y nunca se le olvidaría aquello. Para tragos como éste no vale de nada "el paso inevitable, lluvioso y purificador, de los años", escribe García Montero.

La vida da muchas vueltas, y ya de adulto, cuando el autor de "Áspero mundo" era un importante poeta, una anciana, hija de la maestra de Salas, le contó en una velada poética que conocía al hombre que había matado a Manolo González, y que durante años había llevado su pelliza. "Se la robó después de matarlo", dijo la mujer.

"Era un canalla, un pistolero legalizado y con patrulla al que el pueblo le volvió la espalda por vanagloriarse de sus detenciones y asesinatos", cuenta García Montero.

Ana Mendoza