El Oriente de las Mil y una Noches y de los mejores mercados inspiró a Dior

  • París, 6 mar (EFE).- Oriente, el de "Las mil y una noches" y el de los mercados más estables del momento, dio hoy a la colección John Galliano para Christian Dior toda la audacia y la suntuosidad de un Prêt-à-Porter de lujo apto para las más exigentes princesas.

El Oriente de las Mil y una Noches y de los mejores mercados inspiró a Dior

El Oriente de las Mil y una Noches y de los mejores mercados inspiró a Dior

París, 6 mar (EFE).- Oriente, el de "Las mil y una noches" y el de los mercados más estables del momento, dio hoy a la colección John Galliano para Christian Dior toda la audacia y la suntuosidad de un Prêt-à-Porter de lujo apto para las más exigentes princesas.

Pensando en ellas y en sus amigas, pero también sin duda en esa fiel clientela occidental que tanto le aclama, el modisto gibraltareño ideó un otoño-invierno 2009-2010 de elegante clasicismo, en el que las más audaces podrán lucir anatomía a placer.

De preferencia en ceremonias y fiestas, momentos idóneos para portar los nuevos vestidos de noche de Dior, de seda o de tul, casi siempre de vivos colores, adornados con abundantes collares.

Algunos de estos modelos de noche fueron parcialmente transparentes, todos ellos vaporosos y embellecidos con delicados bordados de hilos metálicos y pedrería.

Los años 20 iluminaron indirectamente algunos diseños de talle bajo con plisados laterales en esta colección de opulencia oriental, en la que Galliano unió el efecto de las miniaturas persas a los códigos habituales de la casa.

Desde esta estrategia, una quincena de propuestas de gala teñidas de oro, amarillo, rojo, ocre, violeta, arena, azul, turquesa, magenta, burdeos, jade y ladrillo, colorearán las ocasiones más especiales de la clienta Dior durante el largo invierno 2010.

El negro, por supuesto estará presente, aunque más de día, en abrigos de 'jacquard' de lana y trajes de chaqueta bordados con voluminosos ribetes de piel en las mangas, en los bajos o en delantero de un gorro.

También de día, colores oscuros como el carbón y claros como el ocre dominarán la paleta, enriquecida, aunque raramente, con algún abrigo o vestido de seda violeta, marino o rojo.

El gris será fundamental, en todas sus gamas, hasta llegar al metálico y plateado de seda, satén o astracán.

En la cabeza, el pelo recogido, corto, años 20, terminará convirtiéndose casi en un casco, o en una joya, perfecto para acompañar un vestido de cóctel combinado a un pantalón oriental.

Al término del desfile, organizado en la pasarela efímera de los jardines de las Tullerías, junto a la plaza de la Concordia, el público no cabía en sí de gozo y estalló en una de esas aclamaciones unánimes que muy pocos modistos reciben.

A la salida, el desfile continuaba, pues la efímera carpa de las Tullerías donde Dior suele presentar su Prêt-à-Porter volvió a reunir su tradicional concentración de elegantes internacionales, bulliciosamente filmadas por cámaras de fotógrafos y televisiones de todo el mundo.

Lanvin ofreció también hoy su elegancia infalible, en la que el negro fue elemento clave para toda ocasión, salvo rarísimas excepciones, como las formadas por vestidos monocolores rojo, marrón o gris perla, que salpicaron esta pasarela también efímera, instalada en una nave industrial en la otra punta de la ciudad.

Todo fue aquí muy sobrio y levemente futurista, sin un botón.

Para ofrecer una silueta construida sobre etéreos vestidos cortos de cóctel, sin mangas y con guantes hasta por encima del codo, con escote diagonal, faldas como si fueran tubo, siempre por encima de la rodilla, holgados abrigos largos, y chaquetas dos tallas más grandes de lo normal, sujetas con un cinturón.

Ni dorados ni plateados, el lujo extremo aparecerá con Albert Elbaz para Lanvin bordado de lentejuelas.

Sus maniquíes, con el pelo recogido en cola de caballo con pequeños detalles de plumas en la parte frontal, portaban bolsos, impecables de formas geométricas, como el resto del desfile.

Otras geometrías muy diferentes inspiraron a la firma Issey Miyake, que como adelantaba ya en su cartón de invitación, dio al kárate, a sus técnicas y a su fluidez, un lugar principal en sus diseños para el invierno próximo.

La arquitectura, los juegos ópticos y los lagos japoneses Urushi completaron el enfoque Miyake, que produjo texturas sensuales y refinadas, para dar al cuerpo en movimiento el máximo confort y también bellos contrastes del negro con elementos fluorescentes.