Acordes furiosos


Conor Oberst durante una actuación el año pasado. Foto: John Packer (Flickr).

Conor Oberst durante una actuación el año pasado. Foto: John Packer (Flickr).

La canción protesta tiene nombre y apellidos, antecedentes, épocas doradas, héroes y, sobre todo, villanos. Es un capítulo transversal en la historia de la música que nace, crece y nunca muere. Su presencia denota el estado de las cosas y la naturaleza del ser humano, salvaje y enfermo hasta el fin de los días. Hutchinson Family Singers, Woody Guthrie, Pete Seeger, Bob Dylan, Silvio Rodríguez, Neil Young, John Lennon, Rage Against the Machine… La lista nunca acabaría. En cualquier rincón del mundo ha habido y habrá siempre un derecho por el que luchar, un cacique autoritario al que doblegar, un daño que reparar, una comunidad desprotegida a la que arropar, una guerra sin fundamento que parar. Una razón por la que la música y la lucha social se fundan en un todo, un híbrido mágico. Canciones que, como dijo Bruce Springsteen, "hablen de nuestro orgullo y critiquen nuestros fracasos".

Uno de los últimos movimientos sociales más sonados y globalizados que concernió a la música tuvo en el punto de mira al ex presidente George Bush debido, sobre todo, a su política exterior. De hecho, en Wikipedia hay una categoría (recientemente eliminada) que agrupaba las canciones que critican la anterior administración de los Estados Unidos. Las hay explícitas (Lets impeach the President de Neil Young, World Wide Suicide de Pearl Jam), irónicas (American idiot de Green Day), explosivas (B.Y.O.B de System Of A Down), ambiguas (Where is the love? de los Black Eyed Peas), sugerentes (Megalomaniac de Incubus). La canción protesta no es monopolio de trovadores de la armónica y la guitarra: toca todos los géneros musicales. Y lo contrario, cantautor y canción protesta no van siempre ligados. Bob Dylan, un símbolo de esta causa en nuestro imaginario colectivo, sólo lo fue durante un corto período de su infinita carrera.

En la gira de conciertos Vote for Change para pedir el voto del Partido Demócrata en las elecciones de 2004 había una primera línea de artistas de relumbrón internacional: REM, Bruce Springsteen, Pearl Jam, Neil Young, Dave Matthews Band, Ben Harper, Death Cab for Cutie. Y un joven veinteañero de la ciudad norteamericana de Omaha menos conocido por aquí pero con una carrera bastante asentada en su país: Conor Oberst, líder de la banda Bright Eyes.

When the President talks to God fue su particular alegato en contra de Bush. En el disco en directo que recoge su gira de 2005 (Motion Sickness) comienza con una frase colérica y tajante: “Esta canción está dedicada al ignorante, arrogante y, sobre todo, incompetente presidente George W. Bush”. Conor, cantautor más romántico que social, parece que lee una carta en la que la tónica dominante es la connivencia entre Dios y el Gobierno, religión y política. La música queda relegada a un segundo plano: unos acordes acústicos furiosos son su única arma.

Habla de los derechos humanos y los soldados que su país envía a la muerte (”Does he ask to rape our women’s rights?, And send poor farm kids off to die?”), los extremismos y las mentes unidimensionales ("Are the consonants all hard or soft?, Is he resolute on down the line?, Is every issue black or white?”), las guerras a despecho (”Do they drink near beer and go play golf? While they pick which countries to invade, which Muslim souls still can be saved? I guess God just calls a spade a spade”). Conor se despacha sin medias tintas. Como en el pasado lo hicieron otros compañeros de viaje. Cada uno con su razón y sus reivindicaciones. ¿Quién será el primero en leerle a Obama la cartilla?

Si quieres escuchar la canción entra en el Blip.fm de lainformacion.com.