Nick Cave, el hombre que convirtió el ruido en arte


La carrera de Nick Cave es tan evasiva como su propia biografía. El australiano (Warracknabeal, Australia; 1957), santo y seña de cómo ser un animal de escena sin perder la elegancia, sigue paseando su genio por los escenarios igual que hace veinte años. Pero el ambiguo y viejo rockero, aunque ahora vea pasar sus días como oficinista a sueldo en su propio estudio, nunca para quieto.

Cave arrancó el motor de sus guitarras casi tan pronto como su adicción a la heroína, que le ha acompañado desde los años 70 y persigue la sombra del artista. Tras la muerte de su padre y sus primeros intentos de estudiar pintura en Caulfield, comenzó a flirtear con la música en compañía de The Boys Next Door. El giro punk y el expresionismo musical que impusieron en sus conciertos y primeras grabaciones tendrían su resultado en forma de grupo culto: llegaron los 80, nacía The Birthday Party.

Esta época, con traslado a Londres y Alemania incluido, sería el germen de la explosión ruidosa de Nick Cave. The Birthay Party se separan y el australiano se convierte en frontman de un equipo creativo junto a su amigo Mick Harvey. The Bad Seeds ha sido prácticamente una de las bandas más importantes y fluctuantes de los últimos veinte años. En esos primeros años, mientras tanto, aprovecha para escribir su primera novela, And the Ass Saw the Angel (traducida en castellano como Y el asno vio al ángel). De sus idas y venidas por Londres, Berlín o Sao Paulo quedaron un puñado de buenos discos y algunos hijos repartidos.

Las colaboraciones más destacadas

Uno de los aspectos más destacados de Cave son sus colaboraciones con otros artistas, como Shane Macgowan, de The Pogues, Marianne Faithfull o, soprendentemente, su compatriota y ex-novia Kylie Minogue. Y también su enorme gusto para elegir los temas que versiona: What a Wonderfull World de Louis Armstrong, Let it be de los Beatles o Suzanne de Leonard Cohen.

También ha sido escogido por otros grandes de la música para interpretar sus canciones. Así ocurrió con Johnny Cash, que recurrió al tema The Mercy Seat de Cave para uno de sus últimos trabajos con American Recordings. Cash y Cave, que también compartieron dueto para homenajear el I’m So Lonesome I Could Cry de Hank Williams, tendían puentes entre sí de una manera muy simbólica.

Volvían la mirada a la canción norteamericana con raíces country y, al mismo tiempo, la alzaban al cielo en busca de explicaciones. Por un lado, el “Hombre de negro”,  leyenda de la música en sus ultimos meses de vida; y, por otro lado, un artista oscuro y profundo como pocos.

Grinderman, el hijo pródigo

Pero a Nick Cave no le bastaba con incontables discos, colaboraciones, obras literarias o, incluso, flirteos con el cine (escribió el guión de The Proposition y fue actor en muchas otras). Tenía que llevar el sonido hasta el extremo, y lo consiguió junto a tres de los Bad Seeds (o “Malas Semillas”), haciendo honor a su nombre. En 2007 lanzaron bajo el nombre de Grinderman uno de los mejores discos de ese año. Guitarras garajeras pulsadas con rabia descubren el leitmotiv que persigue nuevamente Cave:  acidez y corrosión del sonido primigenio de The Birthay Party.

Mezcladas, eso sí, sabiamente con melodías que envuelven por momentos los aullidos y golpes del australiano (en directo se transforma en el auténtico lobo que es). Pese a lo que pueda parecer con su amplio historial, a Nick Cave nunca le reconocerán en los altares de grandes figuras del panorama musical. Siempre quedará en el segundo plano donde habitan genios como Tom Waits, Neil Young o Mark Kozelek. Aunque, eso sí, siempre será el más elegante. Y su rostro nos perseguirá con otros nombres.