De París a Marsella, el 'Autonauta' de 'Famas' y 'Cronopios' creó a la 'Maga'

  • París, 10 feb (EFE).- El escritor argentino Julio Cortázar partió hacia la eternidad desde París, ciudad donde transcurrió buena parte de su vida y que jamás dejarán de recorrer algunos de sus personajes más famosos: la Maga, Horacio y Rocamadour.

Los "cronopios" echan de menos a Julio Cortázar

Los "cronopios" echan de menos a Julio Cortázar

Madrid reúne el legado bibliográfico de Cortázar

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París, 10 feb (EFE).- El escritor argentino Julio Cortázar partió hacia la eternidad desde París, ciudad donde transcurrió buena parte de su vida y que jamás dejarán de recorrer algunos de sus personajes más famosos: la Maga, Horacio y Rocamadour.

Vivas en el inconsciente de todo lector, las tres míticas figuras surgieron de "Rayuela", en 1963, un libro que dio a Cortázar su primer y mayor éxito literario, el que le catapultó al epicentro del llamado 'boom' latinoamericano.

Los tres legendarios personajes no son los únicos iconos 'cortazianos' leídos y releídos por generaciones, seguidos en su continuo pasear por las calles, plazas y puentes de la bella París.

Esa urbe de tan imprescindible descripción en sus obras, que Cortázar convertía en una protagonista más; como lo fue también de su propia vida, incluso antes de que el profesor argentino, futuro gran traductor, memorable poeta y autor de cuentos y relatos breves, se instalase en ella, en 1951.

Llegó, pues, a París gracias a una beca de diez meses otorgada por el Gobierno francés al entonces estudioso de las letras inglesas y francesas, nacido en 1914, en Bruselas, fruto del "turismo y la diplomacia", según sus propias palabras.

El ya traductor de Gilbert Keith, André Gide, Keats, Chesterton o Marguerite Yourcenar se instaló así en una de las más grandes capitales culturales del mundo, para investigar las relaciones, conexiones e influencias existentes entre la novela y la poesía francesa e inglesa contemporáneas.

Una vez consumida la beca gubernamental, el sustento llegó del departamento de traducción de la UNESCO, donde trabajó varios años el escritor que terminaría viviendo en Francia más de tres décadas.

Algo así como treinta y dos años que le dieron una pertenencia a ese otro país en "nada conflictiva ni disyuntiva de nada", que le permitía sentirse argentino y al mismo tiempo "muy francés, en muchos planos", entre otros por supuesto "el de la cultura", donde reconocía tener "muchas raíces" y "muchos contactos".

De ahí su declarado "amor" por ese pueblo con el que compartió país, y por París, cuyo "mito" entendía actuar "en su favor", según la película "Julio Cortázar" (1979/80), de Alain Caroff y Claude Namer.

La ciudad, "me hizo escribir un libro, 'Rayuela', que es un poco la puesta en acción de una ciudad vista de manera mítica", decía el también autor de "Libro de Manuel"(1973), "Queremos tanto a Glenda" o "La vuelta al día en ochenta mundos" (1967).

En efecto, los personajes evolucionan, se encuentran y se pierden durante toda la primera parte de "Rayuela" por esa ciudad vista por el escritor como una "inmensa metáfora" por la que pasea un latinoamericano "un poco perdido en sus sueños".

Un "corazón" fascinante que Cortázar sentía "latir todo el tiempo", de día y más aún de noche, que para él era algo más que un lugar donde vivir.

Era "otra cosa", que llegó a definir como una mujer: "Un poco la mujer de su vida".

La ciudad le devolvió no menos amorosamente sus pasiones y relatos, hasta bautizar en 2007 como "Plaza Julio Cortázar" uno de los lugares meticulosamente descritos entre las dos orillas del Sena tan frecuentadas por sus personajes.

En particular el protagonista de uno de sus más célebres cuentos "Las babas del diablo", el 'traductor y fotógrafo aficionado franco-chileno Roberto Michel', densa creación poblada igualmente de meticulosas descripciones urbanas.

Con su nombre en la plazoleta de la Isla de Saint Louis donde transcurre la diabólica acción, y su contrapeso angelical, se cerró hace dos años un círculo, allí mismo donde 'Roberto Michel' captó con el objetivo de su 'Contax' el temible instante.

Momento raro de literatura, en el que no sólo brillan con destellos insospechados las calles de París, sino también sus cielos, sus nubes, a veces nubarrones, sus palomas y gorriones.

Los mismos que podrían contemplar el juguetón 'Cronopio' que ilumina la tumba del cementerio de Montparnasse donde yace Cortázar desde el 12 de febrero de 1984, tres años después de haber recibido la nacionalidad francesa.

Comparte simétrico rectángulo, 'Cronopio' y delicada lápida de piedra blanca con la escritora canadiense Carol Dunlop (1946-1982), su tercera esposa, quien le precedió en dos años en el lugar, aunque a él le habían diagnosticado una leucemia en 1981.

Habían contraído matrimonio en 1979 y compartido múltiples viajes y una rara complicidad, que les llevó a emprender en 1982 un penúltimo periplo, de París a Marsella inmortalizado en "Los autonautas de la cosmopista".