Chris Cornell, del 'grunge' a la discoteca


Chris Cornell durante un concierto de su última gira. Foto: F de Falso (Flickr).

Chris Cornell durante un concierto de su última gira. Foto: F de Falso (Flickr).

Chris Cornell durante un concierto de su última gira. Foto: F de Falso (Flickr).

Chris Cornell durante un concierto de su última gira. Foto: F de Falso (Flickr).

El camino de un artista está repleto de matices. Su carrera se concibe como una historia de largo recorrido en la que una idea, un acorde o una línea de texto se conjugan para dar forma a cada proyecto, diferente al anterior. Durante este tiempo, de carretera y escenarios, sus creaciones fluyen, se contagian y evolucionan. O se reinventan, palabra mágica que algunos artistas utilizan para maquillar resultados de dudoso gusto.

Es el caso de Chris Cornell, figura clave para entender el movimiento grunge de los años noventa. Aquel que puso de moda las camisas a cuadros y el aspecto desaliñado, encumbró a bandas como Pearl Jam, Nirvana y Soundgarden, santificó a Kurt Cobain y con el que la MTV hizo caja.

Durante estos años conocimos al primer Cornell, un joven veinteañero de melena larga que deambulaba por el Seattle de finales de los ochenta. Una ciudad que recientemente ha celebrado el 15 aniversario de la muerte de Cobain y los 30 de la creación de Subpop, su sello más emblemático y padres de todo el invento. La discográfica dio el pistoletazo de salida al grunge apostando por los Soundgarden, banda formada por el propio Cornell, Hiro Yamamoto, Kim Thayil y Matt Cameron.

Riffs de guitarra distorsionados, baterías pesadas y un fenómeno detrás del micrófono. El grupo no conocería la gloria hasta que aparecieron en 1991 el Nevermind de Nirvana y el Ten de Pearl Jam, dos discos que convirtieron este estilo musical en un baño de masas. Tres años después, en plena ebullición del movimiento, Cornell y compañía publicaban el imprescindible Superunknown, un disco avalado por éxitos comoBlack hole sun o Spoonman .

Pero aquello sólo duro tres años. Tras intentarlo en solitario, Cornell enroló en 2002 las filas de lo que se vino a llamar el supergrupo del momento: Audioslave. Un extraño híbrido formado por él y tres componentes del grupo Rage Against the Machine que el productor Rick Rubin se sacó de la manga. Su estreno, con fuegos artificiales de por medio, suponía la vuelta de cuatro históricos de la música moderna. El saldo, positivo: tres discos, grandes temas como I am the highway, Like a stone, Doesn’t remind me; y mejores conciertos. Lo cosa no fue a buen puerto y, a comienzos de 2007, Cornell anunció que dejaba la banda.

Decidió ponerse en mano del omnipresente productor Timbaland, ese señor que si no saca disco, aparece de relleno en un videoclip o hace un guiño en otro, y tiene a sus pies a las radiofórmulas de medio mundo. El resultado: Scream, el último trabajo de Cornell hasta la fecha. Un giro de 360 grados en su carrera: voces con efecto Cher hasta los topes, bases R&B a lo Nelly Furtado, y beats, muchos beats electrónicos. La crítica, demoledora.

Mientras Cornell juega a ser Kanye West, sus compañeros de Soundgarden hacen apariciones puntuales con Tad Doyle, cantante de uno de los grupos pioneros del grunge. Evolución frente a inmovilismo, pragmatismo frente a ideales, estar a la onda o pasar de todo. Cuestión de identidad propia.