Un monstruo de plástico devora el Pacífico

  • En algunas zonas del océano hay ya más cantidad de plástico que de plancton | Millones de pequeños fragmentos flotan a la deriva y han entrado en la cadena alimenticia

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Bolsas, mecheros, botellas, cepillos de dientes. En 1997, cuando regresaba de una regata en Hawai, el capitán Charles Moore se adentró en una región del Pacífico en la que su catamarán tenía que abrirse paso entre desechos. Diez años después, la inmensa mancha de basura sigue girando en mitad del océano y acaba cada año con miles de peces y aves marinas.

Los regatistas que cruzan el Pacífico fueron los primeros en dar la voz de alarma. De la noche a la mañana, comenzaron a cruzarse con lavadoras o carcasas de ordenadores que flotaban en mitad de la nada. Por aquella época, el australiano Ian Kiernan observó una zona especialmente contaminada y quedó horrorizado de por vida. "Había plástico por todas partes", asegura. "Estaba lleno de cosas como muebles, frigoríficos, bombillas, televisores…"

En julio de 2003, el equipo de Jean-Michel Cousteau se dirigió a la isla de Laysan, una de las más remotas del planeta, para grabar un documental. Al llegar al lugar, se encontró con que las playas eran un auténtico vertedero, con basura procedente de todas las regiones del mundo. Junto a los desechos, la expedición halló los cadáveres de decenas de crías de albatros con mecheros y muñecos de plástico en sus estómagos. Los adultos habían confundido los llamativos objetos con peces de colores y se los habían dado de comer a sus crías.

Un "monstruo" flotante

Los expertos calculan que hay tres millones de toneladas de plástico girando a ambos lados del archipiélago de Hawai, un monstruo pegajoso que se extiende a lo largo de 13 millones de kilómetros cuadrados, unas 36 veces el tamaño de España.

La corriente giratoria del Pacífico conduce la basura desde la desembocadura de los ríos hasta el mar abierto, donde viaja durante varios años hasta alcanzar el corazón del océano. La masa está compuesta por objetos procedentes de Japón, China, EEUU y Canadá, fragmentos de plástico que el mar es incapaz de deshacer y que pueden seguir flotando durante cientos de años.

Según datos de Greenpeace, de los 100 millones de toneladas de plástico que se producen cada año en el mundo, un diez por ciento tiene su destino final en los mares. El programa para el Medio Ambiente de Naciones Unidas estima que más de un millón de aves y unos 100.000 mamíferos marinos como ballenas, delfines y focas, están muriendo cada año como consecuencia de la contaminación marina.

Más plástico que plancton

Las aves que mueren tras ingerir los mecheros o las tortugas que quedan encajadas en carcasas de plástico son el aspecto más espectacular del problema, pero no el más preocupante. Los objetos más pequeños se están mezclando con el plancton y han entrado en la cadena alimenticia.

Desde su primer contacto a fines de los años 90, el capitán Charles Moore ha regresado varias veces a la zona y ha seguido recogiendo muestras. En su última expedición, el equipo viajó al oeste de Hawai y comprobó que en algunas zonas la proporción era de 48 partes de plástico por cada parte de plancton recogida.

Algunos de los peces capturados tenían en su estómago decenas de objetos y habían asimilado importantes cantidades de sustancias tóxicas. "Están llenos de cosas que no te comerías", asegura Marcus Eriksen en uno de los vídeos de la expedición.

Lágrimas asesinas

En todas sus travesías, Moore encuentra auténticos cementerios flotantes, redes que han quedado abandonadas y siguen atrapando a todo tipo de criaturas durante años. En las denominadas "redes fantasma", es tan fácil encontrar un delfín moribundo como montones de botellas y conos con inscripciones en japonés.

Pero el objeto "más dañino" del mar, en opinión de Moore, tiene apenas unos milímetros de diámetro. Se trata de las pelotitas de plástico (en inglés, nurdles), que la industria utiliza como materia prima para fundir y crear nuevos objetos.

Estas bolitas, también conocidas como "lágrimas de sirena", se cuentan por millones en muchas zonas del mar y son ingeridas por miles de animales, que las confunden con huevas de pez. Su alto contenido tóxico, con sustancias como los PCB's y los DDE's, constituye el mayor riesgo para la salud humana en este momento y, como advierte Charles Moore, "muy pronto lo tendremos en nuestro plato".