'La fábrica de lápices', el regreso a la poesía de Santiago Alcázar Mouriño

/COMUNICAE/

En La fábrica de lápices, Santiago Alcázar Mouriño cede la palabra como narrador a un hombre que hace de la última etapa de una vida. Recluido en un hospital de Finlandia, el protagonista comienza a rememorar los momentos y acontecimientos más relevantes de su existencia. Y lo hace presentando elementos de una riqueza tremenda. Todos y cada uno de ellos están marcados por la poesía: innumerables paisajes cargados de metáforas, el frío de las paredes que le encierran, del suelo que empieza a tambalearse bajo sus pies, del sentir cómo la lucha por la vida intenta escapar del impávido tic tac del reloj; los viajes en barco, los paseos por el bosque, el primer amor, el peso de una tediosa rutina sobre los hombros, etc. No hay pasaje o capítulo de este libro que no consiga conectar ese mundo interior que el protagonista revela. Es un universo plagado de descripciones, de emociones y de lugares tan comunes a todas las personas que resulta imposible girar la mirada hacia otro lado.

Mediante un lenguaje tremendamente poético, el lector recorre la vida del protagonista de su mano, apelando al sentimiento primigenio inherente al ser humano. Qué es y qué le gustaría ser, qué hace y qué le gustaría hacer, dónde va y dónde quiere ir… Preguntas que parecen imposibles de responder. No obstante, Santiago Alcázar Mouriño muestra la salida en este proceso. A través de las reflexiones del protagonista, propone llenar los vacíos, reflexionar sobre lo que realmente es importante y lo que perdurará más allá cuando la oscuridad aceche. El autor invita a los lectores a reconstruirse a sí mismos, a ir desde el principio hacia el final atreviéndose a atravesar los bosques, a romper con la banalidad y comenzar a fortalecer los cimientos.

Es más, en La fábrica de lápices, no solo se produce el análisis y el viaje interior del personaje, sino también la propia madurez creativa del autor, quien demuestra una gran sensibilidad y lucidez en una narrativa. Hay momentos en los que sus palabras golpean directamente en lo más hondo, dejando un halo de nostalgia y un grito ahogado a su paso. Al igual que en su anterior obra, Ser nadie, plantea un camino de ida con billete de regreso hasta el principio de todo. Desde la niñez a la vejez y vuelta a la infancia de la mano de esos hijos que pasarán por los mismos parajes en un futuro. ‘Dicen que uno siempre escribe el mismo libro. Puede que del libro anterior me quedaran balas en la recámara y por eso he escrito este. Cada uno tiene sus obsesiones, que son las que no le dejan descansar por la noche. Si estuviera en paz conmigo mismo, seguro que no escribiría. Escribo para hacer las paces conmigo mismo y este libro son las esquirlas que quedaron del anterior’, comenta el autor a Falsaria.

Cuando se ha superado más de la mitad de la vida, hay que aprovechar el tiempo (ahora menor) para saber vivir con lo que uno es, trabajar sobre eso y marcharse con plenitud. Y por eso, el discurso debe plantearse desde la savia que emana y se abre paso dentro cuando el frío amenaza con llevárselo todo. Santiago Alcázar Mouriño habla de los últimos resquicios de un hombre anciano, pero, aunque parte del final, redirige al lector a la vida. Su novela es un canto a la poesía que reside en cada corazón, una música tan sincera y tan bella que mece y besa el espíritu.

Fuente Comunicae