El Museo Británico documenta en una exposición el imperio del shah Abbas

  • Londres, 18 feb (EFE).- Mucho menos conocido en Occidente que sus contemporáneos Felipe II de España o Isabel I de Inglaterra, el shah Abbas de Irán, que reinó de 1587 a 1629, encabezó un gran imperio que llegaba desde el Tigris, en lo que es hoy Irak, hasta el Indo en Pakistán y las actuales Georgia y Azerbaiyán, por el norte.

El Museo Británico documenta en una exposición el imperio del shah Abbas

El Museo Británico documenta en una exposición el imperio del shah Abbas

Londres, 18 feb (EFE).- Mucho menos conocido en Occidente que sus contemporáneos Felipe II de España o Isabel I de Inglaterra, el shah Abbas de Irán, que reinó de 1587 a 1629, encabezó un gran imperio que llegaba desde el Tigris, en lo que es hoy Irak, hasta el Indo en Pakistán y las actuales Georgia y Azerbaiyán, por el norte.

Mediante el comercio, un muy activo mecenazgo y la diplomacia, Abbas cuidó sus relaciones con las potencias europeas, aliadas frente al enemigo turco, y presidió una auténtica edad de oro en su país al encargar hermosas obras de arte y mandar construir grandes monumentos, que aún perduran.

Llegó al poder en un momento en que los turcos otomanos ocupaban el Irán Occidental, el Cáucaso e Irak y con un ejército de esclavos cristianos de Georgia y Armenia convertidos al Islam reconquistó el territorio perdido, extendió el imperio, arrebató Ormuz a los portugueses, venció a los otomanos y tomó Bagdad, lo cual le dio el control completo del comercio del golfo Pérsico.

Como explicó a EFE Sheila Canby, comisaria de la exposición que se inaugura este jueves en el Museo Británico, parte de una serie sobre los grandes imperios de la historia, Abbas llegó al poder "en tiempos difíciles, pero amplió las fronteras de su país, estabilizó la sociedad, colmó las arcas públicas y estableció el culto oficial del islam chiíta".

En el plano religioso, como nos enseña la exposición, Abbas fue a la vez tolerante y despótico, cruel incluso: así se llevó a la población cristiana desde Julfa (hoy Azerbaiyán) hasta Ispahán, la nueva capital de su imperio, pero permitió que siguiesen dedicándose al comercio de seda y practicando su religión.

Y aún hoy, en Ispahán, la ciudad sin duda más hermosa del país y una de las más bellas de Oriente Medio, sigue viviendo una comunidad armenia bien establecida.

Abbas suprimió, por otro lado, el sufismo extremo, que minaba su autoridad, y así cuando un grupo de derviches predijeron el final de su reinado en 1593, ordenó ejecutar a su líder y reprimir luego a sus secuaces.

Poco después de aquellos sucesos, un astrónomo vio un cometa y dio a entender al shah que debía dejar el poder por tres días para evitar mayores desastres, se retiró y cedió provisionalmente el trono a un derviche, a quien luego ahorcó tras volver al trono.

Abbas suprimió a las sectas chiíes heterodoxas y a las órdenes extremistas de los derviches y favoreció a los ulemas, que normalizaron el sistema legal sobre la base de la sharia, con lo que terminó con la ilegalidad de las tribus turcomanas que habían desestabilizado Irán antes de su llegada al trono.

Pero el shah era también, como señala la comisaria, un hombre de gran piedad personal, fiel cumplidor del waqf, uno de los pilares del Islam, consistente en donaciones ofrecidas bien a religiosos bien para obras de utilidad pública o de caridad.

En la exposición, que puede visitarse hasta el 14 de junio, se muestran preciosos objetos similares a los que el shah donó a Mashad, uno de los lugares santos de los chiíes, que guarda los restos del imán Reza, considerado uno de los mártires de esa fe, y también a Ardabil, donde está la tumba de Shaykh Safi, un místico sufí del siglo XIX, antepasado de Abbas.

Otras piezas reunidas, procedentes de Irán, del propio Museo Británico y de colecciones de distintos países - valiosas alfombras, algunas de oro y seda, como la que el shah regaló al dux de Venecia, aguamaniles y preciosas porcelanas chinas- ofrecen testimonio del esplendor de Ispahán, a la que el shah convirtió en su capital y dotó de imponentes edificios, entre ellos un palacio real y su mezquita personal.

Entre los objetos expuestos figuran también varios ejemplares muy antiguos del Corán en pergamino, candelabros, tejidos destinados a cubrir ataúdes, manuscritos, delicados ejemplos de caligrafía, libros científicos traducidos al árabe del griego o el latín, y también crucifijos y otros símbolos relacionados con la industriosa comunidad cristiana que prosperó bajo su reinado.