La comunidad cristiana de Pakistán, sola frente al terror

  • Hoy se cumple una semana del mayor atentado contra la comunidad cristiana de Pakistán, que segó más de 80 vidas en la ciudad de Pesháwar y sembró el miedo a que las iglesias se conviertan en objetivo del terrorismo yihadista.

Pau Miranda

Pesháwar (Pakistán), 29 sep.- Hoy se cumple una semana del mayor atentado contra la comunidad cristiana de Pakistán, que segó más de 80 vidas en la ciudad de Pesháwar y sembró el miedo a que las iglesias se conviertan en objetivo del terrorismo yihadista.

"La gente está asustada, esto nunca había pasado y ahora hay mucho temor de que vuelva a suceder", decía esta semana un religioso cristiano, el padre Cyril, a las puertas del hospital al que fueron trasladadas la mayoría de las víctimas tras el ataque suicida.

Los terroristas fueron dos jóvenes con uniforme policial que consiguieron burlar la muy escasa vigilancia que rodeaba la iglesia de Todos los Santos, situada en una zona muy concurrida de la convulsa capital de la provincia noroccidental de Khyber Pakhtunkwa.

De forma significativa, la iglesia está enclavada en el tradicional bazar Khyber, donde multitud de comercios son regentados por miembros de la exigua minoría sij, rastro de una variedad religiosa que tanto molesta a algunos en Pakistán.

"Entraron al patio que rodea la iglesia por una puerta secundaria que siempre está cerrada, no se sabe porqué los policías de la entrada principal les dieron acceso", explica compungido Wahid de vuelta en el escenario del acto terrorista.

"Acabábamos de salir de misa y estábamos charlando cuando oí una fuerte explosión y en seguida una segunda. Luego todo fue humo y oscuridad, y gente tirada por todos lados", explica un superviviente, John Bhatti.

Días después, cuando aún hay decenas de heridos en el Lady Reading Hospital, el mayor centro sanitario de Pesháwar y del país, el patio de la iglesia está ocupado por unos doscientos miembros de la comunidad atacada, casi todos familiares de alguna víctima.

"No queremos dinero, queremos las vidas que nos han quitado", dice antes de hundirse en lágrimas una joven que condensa el dolor y la conmoción provocados por un atentado que, a pesar del rampante terrorismo en el país asiático, nadie esperaba.

"Después de esto, tengo miedo de que vuelva a pasar en esta iglesia, en cualquier iglesia", dice John, que ha perdido a su nuera y tiene a una sobrina en el hospital.

La minoría cristiana de Pakistán, menos de 4 millones de personas en un país de casi 200, ha sido tradicionalmente discriminada y víctima de algún episodio violento, pero hasta ahora no había sido objeto de un ataque terrorista de esta magnitud.

Uno de los pocos antecedentes fue el ataque de un comando yihadista en 2001, que abrió fuego dentro de una iglesia de Bahawalpur, en el oeste del país, y acabó con la vida de 18 fieles.

El atentado del domingo, sumido casi en el olvido mediático y político de un país con una alarmante capacidad para deglutir sus tragedias, suscitó una ola de solidaridad en varios ámbitos sociales paquistaníes, pero difícilmente provocará un replanteamiento a fondo.

Como otras minorías religiosas (aunque proporcionalmente más), los cristianos son objeto del abuso derivado de una ambigua normativa sobre blasfemia en una sociedad cada vez más radicalizada y que no acierta a dar con su identidad más allá de la religión.

Los políticos que han desfilado esta semana por los hospitales e incluso por el propio templo atacado mantienen el mismo discurso de solidaridad con los cristianos como miembros de la "nación paquistaní", pero desvían la mirada al afrontar las evidencias.

El Gobierno regional, encabezado por el partido del excriquetista Imrán Khan, ha deshecho una reforma educativa del anterior Ejecutivo para reincorporar en los libros de texto de niños de diez años la 'yihad' como uno de los elementos identificadores de la nación.

El PTI del populista Khan defiende junto al Gobierno federal a la conservadora Liga Musulmana, que el diálogo con el principal grupo talibán, el TTP, es la única vía de pacificar el país, aunque tras el atentado del domingo lo hace con más tibieza.

El propio Khan ha escenificado la confusión de la clase política paquistaní al preguntarse al día siguiente de la masacre porqué los talibanes habían cometido una matanza en vísperas de la negociación.

Dos grupos adscritos al TTP reivindicaron la acción terrorista, aunque la cúpula del grupo talibán quiso desmarcarse de la masacre con una ambigua nota en la que decía que no conocía a uno de los grupos y que el otro era un aliado, pero lejano.

Un integrante del Gobierno regional y miembro del ultraconservador partido religioso Jamiat-e Islami, Anayatulá Khan, visitó a los heridos y defendió, aunque incómodo por las preguntas de los reporteros, la necesidad del diálogo con los talibanes.

"No queremos que se pare el proceso, aunque en este ambiente es un poco difícil", dijo ante las miradas entre atónitas y contrariadas de muchos de los familiares del atentado que marca un antes y un después para los cristianos de Pakistán.