La serpiente de ETA pierde escamas

El colectivo de presos etarras supone un grupo especialmente sensible para el mundo abertzale. La concepción de que son víctimas del Estado, el argumento de que las Fuerzas de Seguridad les torturan y la concepción idealizada de que son ‘gudaris’ (guerreros) en defensa de su pueblo les ha dotado desde siempre de una importante carga simbólica y sentimental en su entorno. Por ese mismo motivo suponen también un objetivo central en la lucha antiterrorista.

Desde hace años los Gobiernos centrales han usado la dispersión, el agrupamiento y el acercamiento de presos en función de cómo han ido evolucionando los mismos. Cuanto más radicales, más aislados; cuanto más empezaban a renegar de la violencia como forma de lucha, más agrupados. El objetivo: intentar propiciar un efecto contagio de la disidencia entre otros compañeros.

Aunque los primeros casos de ruptura interna en el colectivo se remontan a muchos años atrás, el fin del proceso de paz propiciado por el atentado de ETA en la T-4 supuso un aldabonazo a la supuesta homogeneidad en el pensamiento del colectivo. En aquel momento algunas voces se alzaron contra la decisión de la cúpula de la banda de dinamitar la posibilidad de diálgo, que había sido aplaudido por gran parte de los presos, especialmente al haberlo hecho sin consultarles.

Disidencia y expulsiones

Poco después de aquel atentado, los entonces máximos representantes del colectivo enviaron una carta al diario Gara manifestando su descontento. La respuesta de la banda fue inmediata: expulsarles, aunque fueran históricos como ‘Txelis’ o ‘Pikabea’. Unos meses después fuentes de Interior informaban de que decenas de presos firmaron un manifiesto contra la lucha armada y en apoyo de los expulsados. Hubo entonces otros históricos, como Urrusolo Sistiaga o Gisasola, que pidieron una vuelta a las negociaciones.

El Gobierno pidió prudencia, pero destacó el éxito de la política penitenciaria respecto a los acercamientos, ya que son precisamente quienes condenan la violencia los que más se han beneficiado de estas medidas. A principio de año Rubalcaba insistió en la idea: la opinión de los presos ya no era monolítica, algo que podría pasar factura a la imagen social de la banda terrorista.

Nuevo lehendakari

El cambio de lehendakari traerá, previsiblemente, la dinamización del proceso a juzgar por la voluntad de Patxi López de cancelar las ayudas oficiales a los familiares de los terroristas que cumplen condena, algo que no impedirá -según las familias- que sigan arropando a los suyos.

El objetivo de utilizar a los presos contra la imagen de la banda sigue entre las prioridades de Interior, aunque algunas informaciones pongan en duda el éxito de la disidencia entre los presos; precisamente quienes no han abandonado la disciplina de la banda son quienes todavía están en régimen cerrado.

Sea o no cierto que cada vez hay más presos que reniegan de la banda, sí se observa que Interior utiliza progresivamente la información para intentar debilitar los lazos entre presos y terroristas en activo lo cual, junto a la política de ilegalizaciones y los últimos éxitos policiales, está teniendo un efecto enorme en la banda. Uno de los mayores éxitos de los terroristas ha sido siempre su capacidad de influir en los medios y de colocar en los informativos cada comunicado, cada manifestación o cada atentado, lo cual les ha dado una gran notoriedad a lo largo de los años. Ahora las tornas se han invertido: “Esto se ha acabado y hay que cerrar”.