El reparto del agua, un mercado al alza o un problema de la humanidad


  • Los recursos hídricos son fuentes de inversión que, aún siendo a muy largo plazo, ofrecen una alta rentabilidad, siempre bajo un riesgo alto: ya se le llama el oro azul.

  • El mercado del agua alcanza hoy los 600.000 millones de dólares, pero su crecimiento es de un 6% anual. Sus infraestructuras necesitarán un billón de dólares anuales hasta 2030.

El reparto del agua, un mercado al alza o un problema de la humanidad

El reparto del agua, un mercado al alza o un problema de la humanidad

Puede parecer extemporáneo que en el tiempo de mayor desarrollo tecnológico que ha vivido la Humanidad, cuando se ha puesto coto a la mortandad de muchas enfermedades y en líneas generales, se han vivido décadas de un desarrollo económico y científico como nunca antes, algo tan común, tan cotidiano para el mundo occidental como el agua pueda convertirse en el futuro no tan lejano en una fuente de conflictos.

John F. Kennedy lo creía cuando dijo que “quien fuere capaz de solucionar los problemas del agua, será merecedor de dos premios Nobel: uno por la Paz y otro por la Ciencia”. Otro tanto creía a finales del siglo pasado, el vicepresidente del Banco Mundial, Ismail Serageldin: “Muchas de las guerras de este siglo fueron por el petróleo, pero las luchas armadas de la siguiente centuria serán por el agua”. Y lo cierto es que el académico egipcio tenía razones para tan graves declaraciones, algunas de ellas en su propio país, fuertemente condicionado por el río Nilo. Fue el asesinado presidente de aquel país y premio Nobel de la Paz, Anwar el-Sadat quien dijo que “sólo volvería a entrar en guerra con Israel si el motivo de disputa fuera el agua”.

Un recurso crítico

Y es que se convertirá, si no lo ha hecho ya, en un recurso natural crítico. En los estudios de geopolítica, este término se emplea para aquellos recursos de escasa disponibilidad, insustituibles o de muy difícil sustitución y de desigual distribución, además de por ser un elemento de poder regional. El agua cumple con todas las condiciones para ser clasificada como tal, ya que mientras el nivel de agua de calidad disponible ha entrado en una tendencia de descenso, la demanda no hace sino aumentar tanto como aumenta la población.

Así, hoy son más de 2 millones de personas –en su mayoría niños- que al año fallecen por causas relacionadas con el agua en mal estado. Y según la UNESCO, en 2025 dos terceras partes de la población mundial vivirá en países con escasez de agua. Y mientras América del Sur concentra el 26% de los recursos hídricos mundiales, territorios superpoblados como Asia apenas alcanza el 36% y éste, aún con mayor desigualdad porque, por ejemplo, China que alberga el 20% de la población mundial, tan sólo tiene el 7% de los recursos hídricos mundiales. Una perspectiva que, a juicio del ex primer ministro británico, Tony Blair sólo contribuye a que “el surgimiento de conflictos violentos sean más y no menos probables”.

El oro azul, una inversión de riesgo

Es por esto por lo que se llama al agua como “oro azul”, emulándola al petróleo. Desde el punto de vista económico, como todo bien escaso y con una demanda que sólo va a ir en aumento, los recursos hídricos son fuentes de inversión que, aún siendo a muy largo plazo, ofrecen una alta rentabilidad, siempre bajo riesgo igualmente alto ya que el agua no es, como otras materias primas, un valor refugio ni una inversión disociada de la bolsa, antes bien al contrario: cuando la Bolsa caiga, caerá también el agua.

Aunque el mercado del agua apenas alcanza hoy los 600.000 millones de dólares, su crecimiento sostenido es de un 6% anual. Además, el crecimiento de las tarifas es mayor y más estable que las del petróleo. Esto se une a que cada vez más, la tendencia en el servicio de agua está encaminándose hacia modelos público-privados que, se estima, tendrá una necesidad de inversión en infraestructuras que se calcula de un billón de dólares anuales hasta 2030.

Esta oportunidad de inversión encuentra, sin embargo, algunos inconvenientes no menores, como el riesgo de mercado, la regulación de cada región y en especial, la opinión pública, cada vez más sensibilizada con el agua y que reacciona con vehemencia cada vez que se menciona, aunque sea de soslayo, la privatización de los servicios e infraestructuras del agua.

Sobre todo desde que en 2010, la Organización de Naciones Unidas (ONU) incluyó el derecho al agua en el catálogo de derechos humanos. Previamente, en su informe sobre desarrollo humano de 2006, la ONU desalentó a los inversores cuando avisó que: “La idea que el sector privado ofrece una varita mágica para desatar la equidad y la eficacia necesaria para acelerar el avance hacia agua para todos ha demostrado estar fuera de lugar”.

Y es que la conversión del agua en un segmento de la actividad económica contempla un horizonte de peligros, como el de una monopolización del recurso, dejándolo en manos de una minoría que pueda ejercer una posición de fuerza con respecto al resto. Un riesgo acendrado por el carácter apátrida que cada vez más están adoptando las empresas en un mundo globalizado.

Una fuente de conflictos

En la escasez de un bien vital se acumular todos los factores que pueden desencadenar conflictos entre naciones. Basta con atender a la geografía: el 60% del flujo mundial de los ríos se encuentra repartido en más de 200 cuencas fluviales que abarcan 145 naciones; que es lo mismo que decir que más de la mitad de los recursos hídricos se encuentran en zonas fronterizas o transfronterizas.

La Universidad de Oregón publicó en 2006 un estudio en el que se identificaban cuencas fluviales en riesgo de conflicto. Todas ellas tienen en común una alta densidad de población y un bajo PIB per cápita. Así, encontramos por ejemplo el río Jordán, que se encuentra disputado por Israel, Siria, Palestina, Jordán y Lebanon o el Mar de Aral, que enfrenta a siete naciones (Afganistán, China, Kazakstán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán). Otras zonas como el río Hindi o el Ganges, igualmente disputados por varias naciones, se sostienen en el filo de la navaja del enfrentamiento.

‘Puntos calientes’ del agua

El nuevo siglo trajo consigo una reconsideración del agua. Sin embargo, a la ya mencionada inclusión en los derechos humanos no le ha seguido ninguna consideración desde el punto de vista de la seguridad. Incluso, aún cuando existen escenarios propicios para albergar conflictos en nuestro siglo.

En Oriente Próximo, por ejemplo, el río Litani y su aprovechamiento está enfrentando desde hace años a Israel con el Líbano; igual que lo hace, como ya lo hizo en la década de los 60, el río Jordán entre el Estado israelí y sus vecinos árabes. Turquía y su dominio sobre los ríos Tigris y Éufrates están en la agenda exterior de Iraq y Siria, máxime cuando ambos ríos han visto cómo su caudal ha disminuido drásticamente y que podría llevar a las autoridades turcas ha desarrollar un plan de infraestructuras que amenaza la estabilidad, ya maltrecha de por sí, en la región de Anatolia.

En el subcontinente indio, donde el agua es una cuestión de seguridad nacional, los recursos del Indo son disputados, tanto por la India como por Paquistán, Bangladesh y Nepal. Esto se une al conflicto que la India y Paquistán sostienen sobre la región de Cachemira, rica en agua. Igualmente, el Ganges está disputado en zonas que, para mayor gravedad, albergan unos 600 millones de personas.

No se queda atrás en cuanto a tensión, el sudeste asiático. China, con una superpoblación creciente, tiene más de 85.000 presas y ejerce una fuerte presión sobre el río Mekong, que nace en el Tíbet. Pero Laos, Camboya, Tailandia y Vietnam también tienen en el caudal de este río una importante fuente de recursos. En lo que respecta a África, puede decirse que allá donde haya un río podrá despertarse un conflicto. Sin embargo, el punto neurálgico no ha cambiado con lo siglos. Era el Nilo y hoy lo sigue siendo. Su cauce es esencial para Egipto, para su agricultura y la generación de electricidad. De ahí que siempre haya situado la espada de Damocles de la intervención militar sobre Etiopía si ésta aprovechaba los recursos del Nilo.

Oriente Medio, el paradigma

Oriente Medio es el punto central de la tensión entre naciones por motivo de los recursos hídricos. Los conflictos se suceden en la zona, casi como se suceden las estaciones. A mediados de los años sesenta, por el río Jordán, que históricamente ha sido un objetivo estratégico de las naciones que se asientan es sus límites, se desató un conflicto armado entre Israel y Siria. El primero se encontraba inmerso en la construcción de su Estado y, como parte de éste, había planeado un plan hidráulico que garantizase el abastecimiento a su población.

Este plan contemplaba la construcción de un acueducto en el Mar de Galilea o Lago Tiberíades, que alcanzaba la zona desmilitarizada entre Siria e Israel y pese a que la ONU había prohibido expresamente tal extremo, Israel no renunció y comenzó a levantar su estructura. La Liga Árabe respondió construyendo estructuras para desviar afluentes del Jordán. El paso siguiente fue la intervención militar de las fuerzas israelíes.

También hubo intereses hídricos en la Guerra de los Seis Días que enfrentó a Israel con la coalición de países árabes (Egipto, Jordania, Iraq y Siria). No por casualidad el ejército israelí ocupó los Altos del Golán, zona clave para el control de los recursos hídricos. De hecho, el 67% de estos recursos que hoy emplea Israel provienen de estos territorios.