Convidado de piedra


  • Albert Rivera desempeñó un buen papel protagonista después de las elecciones.

  • Ciudadanos, su partido, se había alzado con un resultado menor del que le anunciaban las encuestas pero suficiente para que Rivera empezara a moverse como el líder capaz de completar un Gobierno estable.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos

Albert Rivera, líder de Ciudadanos MADRID | EUROPA PRESS

Albert Rivera desempeñó un buen papel protagonista después de las elecciones. Ciudadanos, su partido, se había alzado con un resultado menor del que le anunciaban las encuestas pero suficiente para que Rivera empezara a moverse como el líder capaz de completar un Gobierno estable. Podía intentar una misión muy útil para resolver el difícil equilibrio postelectoral, pues había tenido el acierto de situarse como un partido moderado y abierto entre el partido conservador que había ganado las elecciones con una cuota insuficiente y el partido socialista que, pese a obtener el peor resultado de su historia, podía completar un gran bloque constitucionalista que sería un seguro de estabilidad para un tiempo complejo y movedizo.

Rivera dio a entender que iba a pelear para acercar a los dos grandes pero, de pronto, ofreció una inesperada cabriola y se situó junto al Partido Socialista de Pedro Sánchez y contra el Partido Popular de Mariano Rajoy. El resultado fue la firma de un acuerdo con Sánchez que contenía una enmienda a la totalidad de la política económica del Gobierno saliente, aún en funciones, y la expresión pública del rechazo a la figura de Rajoy en una pasmosa actitud seguidista de la principal obcecación de su cofirmante. En consonancia con esa decisión, el templado Rivera planteó al Partido Popular el ultimátum de sumarse al acuerdo y repudiar a Rajoy, lo que significaba exigirle un harakiri de renuncia a su política y a su líder.

Como el Partido Popular no se suicidó y Rajoy encontró apoyo interno para mantener sus opciones, el intento de Rivera entró en vía muerta, sin posibilidad de salir adelante por la insistencia reiterada de Sánchez en cobrarse de la manera que fuera la cabeza del líder conservador. En este escenario, el socialista buscó otras salidas con el objetivo imposible de encaramarse a La Moncloa, y por eso fue a verse con el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y telefoneó a Pablo Iglesias para encontrarse con él la próxima semana. Incluso acudió a mendigar del jefe del Gobierno griego, Alexis Tsipras, que ablandara al podemita madrileño, en lo que fue una bochornosa además de infructuosa gestión.

Estos movimientos de Sánchez presentan dos notas dominantes. Una es que sus interlocutores ya le han puesto con antelación condiciones inasumibles por su partido, en especial un referéndum en Cataluña. Sánchez sabe que el Partido Socialista rechaza frontalmente el referéndum por anticonstitucional, pero se ve que su deseo de erigirse en presidente del Gobierno es incapaz de detenerse ante la evidencia. La segunda nota es que Sánchez lleva esos negocios sin contar con Rivera, incumpliendo una de las condiciones básicas de su acuerdo. Dijeron que aquel pacto significaba que sus interlocutores habrían de negociar con los dos y sobre el texto que habían elaborado y suscrito. Pero no está siendo así.

Rivera es un espectador más de los movimientos de su colega, un convidado de piedra de suceremonia, un oyente quieto y mudo. La gestión solitaria de Sánchez no ha merecido una queja ni un ruego de Rivera, él sabrá por qué, pero, en todo caso, es tan responsable de la prolongación del impase. Es en circunstancias así en las que los políticos demuestran su valía. Y no es que Rivera tenga que evitar simplemente que no le tomen el pelo sino que debe confirmar su capacidad para aportar soluciones. No lo logrará solo oponiéndose al PP, partido al que le une más de lo que él está dispuesto a reconocer, sino convenciendo a Sánchez. Esa es la prueba que ha de afrontar. La alternativa es el ridículo del ninguneo.