Tener el Estado en la cabeza


  • La distancia que separa a Felipe González de César Luena es formidable.

  • González, al que le cabe el Estado en la cabeza, es un gigante colosal en comparación con el secretario de organización del PSOE. 

PSOE respeta la opinión de Felipe González pero insiste en su 'no' a Rajoy, que "tiene que salir de su letargo"

PSOE respeta la opinión de Felipe González pero insiste en su 'no' a Rajoy, que "tiene que salir de su letargo" MADRID/ LOGROÑO | EUROPA PRESS

La distancia que separa a Felipe González de César Luena es formidable. González, al que le cabe el Estado en la cabeza, es un gigante colosal en comparación con el secretario de organización del PSOE, que solo piensa en lo estrecho y lo inmediato. González ha publicado en El País un artículo estimable preocupado por la gobernabilidad de España

(“¿Investidura cuanto antes?”, 7 de julio), para sugerir al Partido Socialista que facilite el Gobierno de la fuerza más votada, y Luena le ha replicado con la consigna atolondrada del patrón del aparato, la mejor receta para que España quede dominada por la parálisis, por su insensatez o, peor aún, por la ineptitud de los salvadores populistas. El PSOE votará “no” –ha insistido el apparatchik- a la investidura del líder popular. Y punto.

A Luena le han acompañado en su respuesta algunos colegas como Francina Armengol, que busca protegerse porque gobierna en Baleares pese a haber ganado el Partido Popular en las elecciones autonómicas, y algunos otros segundones que se hallan a la sombra de Pedro Sánchez.

Funcionarios partidistas contra González

Forman la guardia de corps del secretario, que aún no ha dicho esta boca es mía desde la noche electoral, y a lo mejor cumplen un mandato que les haya encargado él por lo bajo. Todo es posible, porque Sánchez no ha ofrecido aún un solo indicio de que vaya a cambiar su “no es no” de la anterior investidura fallida. Pero si prolonga su actitud cerrada, creará un embrollo de tal dimensión que a España le costará Dios y ayuda salir de él.

El pronunciamiento de esos funcionarios partidistas contra González es una muestra reveladora de la crisis del actual PSOE. González no ha dicho nada del otro mundo sino algo juicioso para cumplir con el mandato de los electores, que es lo que cualquier político demócrata debe anteponer a sus normas conductoras. González no le exige al PSOE unirse al PP para gobernar ni un voto unánime a favor, sino simplemente una actitud que permita a los ganadores por mayoría relativa formar cuanto antes el Gobierno que han señalado las urnas.

”El Partido Socialista tiene que aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP –escribe González- (…) Reitero mi opinión negativa a lo que llaman gran coalición al mismo tiempo que afirmo la responsabilidad de las fuerzas políticas: si no pueden formar Gobierno, tampoco pueden obstaculizar que este Gobierno se forme”. Si ese mensaje del líder histórico socialista no lo entienden los actuales gestores es que la crisis del PSOE como partido de la gobernación de España es mucho más grave de lo que parece.

González marcó una etapa clave de la democracia con sus cuatro Gobiernos durante trece años y medio. Protagonizó lo que se consideró necesaria “pasada por la izquierda” para consolidar el resultado de la Transición. Lo hizo después de lograr una moderación de su partido, que renunció a la inspiración marxista. Fue un presidente que antepuso su concepto de servicio al Estado y, aunque con errores de calibre y una desmedida corrupción en su entorno a partir de la mitad de su mandato, gobernó pensando en el conjunto de los ciudadanos.

La salida del aparato socialista contra González no aporta nada bueno

Tuvo el Estado en la cabeza, como entonces se decía también de Manuel Fraga, que fue líder de la oposición durante casi ocho años. Ese pensar en las necesidades de la nación y en el bien general es lo que se echa de menos en el partido socialista de hoy.

La salida del aparato socialista contra González no augura nada bueno. Lo he dicho en otras ocasiones pero no es exagerado insistir porque el riesgo es cierto y grave: si el PSOE se aferra a no facilitar la gobernación de España, si se obstina en pensar en su ombligo, si se aventura a practicar solo la política pequeña que a sus exclusivos intereses pueda convenir, entonces podemos temernos lo peor, empezando por una nueva repetición de las elecciones. Y desde luego, tras una segunda ocasión obstruyendo la formación de un Gobierno, lo peor le alcanzaría de lleno también al propio Partido Socialista.