La campaña electoral del espectáculo


  • El líder de Podemos es un producto de la televisión y su tributo al espectáculo de la imagen es coherente.

  • La televisión es un medio distante que no permite el contacto con los seguidores, pero el mitin, que aproxima a los líderes, es más caro y más limitado.

Pablo Iglesias regando las plantas

Pablo Iglesias regando las plantas

El candidato que ha apostado más decididamente por la televisión es Pablo Iglesias, que va a reducir los mítines presenciales a lo mínimo imprescindible. El líder de Podemos es un producto de la televisión y su tributo al espectáculo de la imagen es coherente. Los demás candidatos no se quedan atrás y frecuentan también la televisión aunque no renuncien tanto, de momento, a practicar las tradicionales fórmulas para la captación de votos. El cansancio y el coste de una continua campaña interminable, que va a prolongarse por casi siete meses, explican que los partidos reduzcan los gastos y eso ha facilitado que opten por fórmulas de imagen que además de más baratas llegan a más gente.

La televisión es un medio distante que no permite el contacto con los seguidores, pero el mitin, que aproxima a los líderes, es más caro y más limitado. El mitin es un procedimiento ideal para encandilar a unos miles de fieles; la televisión, que también logra impresionar y despertar sentimientos, llega a millones de personas con el mínimo esfuerzo. Las campañas electorales son muy distintas a las de hace veinte o treinta años y dentro de poco no se parecerán en casi nada. Siguen empezando con la pegada de carteles, que ya es solo una ritualidad sin engrudo ni brochazos, y sin interés porque los carteles eficaces se colocan en las pantallas de los televisores.

Las televisiones han colaborado a actualizar las campañas de los partidos con entrevistas frecuentes a los candidatos, con la organización de debates y con programas que les descubren facetas desconocidas, como los encuentros que les prepara Ana Rosa Quintana con niños entrevistadores en Tele 5 o las conversaciones distendidas de El Hormiguero en Antena 3. Con la televisión, los vídeos difundidos por Internet, los periódicos en la red y las redes sociales, los candidatos tienen de sobra para su labor, frecuentemente en tiempo real.

En el nuevo modelo de campaña electoral, la tentación de la frivolidad es mayor. La televisión es el reino del espectáculo, y el espectáculo actúa contra la información, contra el conocimiento. Ésta es la gran deficiencia de la televisión, que ha de convertir sus contenidos en digeribles para todo el mundo, incluso los asuntos más técnico y más complicados. Todo en la pantalla ha de ser reducido a unas pocas palabras, a una frase llamativa o contundente como telón de fondo de la imagen, que es lo que cuenta, que es lo que queda.

Este entramado del mensaje televisivo, que es así y no de otra manera porque los espectadores abandonarían los programas llamados informativos, se presta fácilmente a la superficialidad y facilita que el resultado pueda ser un fraude. Muchos iconos televisivos parecen familiares pero son en realidad desconocidos. ¿Cuántos de los que han seguido a Iglesias por televisión los dos últimos meses podrían definir su programa ideológico? Sin duda, una minoría. Él se ocupa de ocultarlo con fábulas y buen rollo, y tiene éxito. Así se explica que reciba votos de electores que se encuentran en sus antípodas. Es que la televisión se lo ha hecho simpático, y ese valor televisivo motiva votos. Aunque parezca una contradicción, el gran altavoz televisivo vela realidades. La imagen de Iglesias paseada por las televisiones tiene mucha más fuerza que la noticia de que su grupo y su coaligado Izquierda Unida se opusieron a la gran mayoría del parlamento Europeo que condenó el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela. Cómo no va a preferir el líder de Podemos el peso de la imagen gratis a una información comprometedora, que por lo demás ocupa unos pocos segundos en medio de la barahúnda de contenidos televisivos.