El derrotismo nacional


  • En el auge del derrotismo y del pesimismo encontró oxígeno Podemos con su política de exageración de los males y de ocultación de los logros.

  • Se ha insistido en la precariedad de una parte del empleo más que en el resultado de la lucha contra el paro,  se ha descrito la sanidad como si hubiera dejado de ser excelente...

Iglesias sólo se someterá a un debate de investidura si tiene los apoyos y aboga por empezar a hablar el día 26

Iglesias sólo se someterá a un debate de investidura si tiene los apoyos y aboga por empezar a hablar el día 26 MADRID | EUROPA PRESS

El populismo ha crecido en España a lomos del derrotismo, en un terreno previamente abonado por la feroz crisis económica surgida en la segunda mitad de la pasada década y por las dificultades que han tenido que sufrir los ciudadanos. Durante tres años, el anterior Gobierno negó la existencia de la crisis, que solo reconoció en mayo de 2011 cuando el presidente Rodríguez Zapatero no pudo resistir la presión de la Unión Europea para que tomara medidas. Los remedios puestos después por el siguiente Gobierno, que empezó a manejar una situación de extremo riesgo sin suficientes explicaciones pero también sin dulcificantes, crearon un clima de descontento y de protestas en el que se destacaban los inconvenientes de la austeridad (los recortes) por encima de la necesidad de conservar lo que se tenía. Y por paradójico que parezca, a los esfuerzos pedidos para salir adelante se sobrepuso la denuncia de que se intentaba destruir lo que se había construido, con el propósito de salvarse los menos, una élite insolidaria, apoyados en los sacrificios y las penurias de los más, la gente.

Fue muy veloz el auge del derrotismo, del pesimismo, y en él encontró oxígeno Podemos con su política de exageración de los males y de ocultación de los logros. Otros partidos contribuyeron a sostener ese ambiente sumándose a la denostación de la realidad, incluido el Partido Socialista como si hubiera sido ajeno al deterioro. Se ha insistido en la precariedad de una parte del empleo más que en el resultado de la lucha contra el paro, se ha descrito el estado de la sanidad pública como si hubiera dejado de ser excelente, se ha llegado a decir que las pensiones se han reducido y se ha resaltado que, por supuesto, están en peligro. Se ha extendido el ámbito de la corrupción de tal modo que parece que los corruptos son legión y los políticos honrados, una minoría excepcional. En estas circunstancias no había que esperar mucho para que apareciera un partido salvador de la España hundida y ha surgido Podemos, que en menos de tres años puede situarse como segunda fuerza política con posibilidades de alcanzar el Gobierno de la nación.

A los votantes de Podemos no parece importarles que los dirigentes de la nueva formación política tengan nula experiencia en la gestión. Ni siquiera gestionaron nada en la Facultad de Políticas a pesar de que la dominaban mediante la agitación, la actividad propagandística (incluso en las aulas) y el discurso incendiario. Nadie les encargaría la dirección de una empresa, ni siquiera mediana, pero muchos están dispuestos a catapultarlos a una función infinítamente más difícil y de consecuencias incalculables como la gobernación de un país. Es el rédito del mensaje catastrofista, de la radiografía trucada de la realidad, que a muchos les hace desear la llegada de un redentor que los libre de los inútiles y ponga por fin a la gente en el camino del progreso.

Y sin embargo, España es un país desarrollado políticamente, con un respeto cabal de los derechos humanos y una cobertura de servicios públicos como para estar generalmente satisfechos. Por supuesto, hay graves asuntos que resolver, como la elevada tasa de desempleo, pero la visión derrotista no es conforme a la verdad ni va a ser una solución mágica por sí misma. Más bien, los precedentes catastróficos de los populismos permiten temerse lo peor. Lo que ha tenido a favor el populismo ha sido la respuesta insuficientede los constitucionalistas que han heredado este país y se ocupan de sostenerlo. Esa respuesta ha brillado por su ausencia en campaña electoral, en la que han pesado más las estrategias que los argumentos para recuperar la conciencia nacional. Frente al populismo han faltado lenguaje político, explicaciones, réplicas a los negativistas, exposición de realidades y voluntad de estar a la que salta, es decir, eso que se llama pedagogía política para que los ciudadanos conozcan bien la realidad, dispongan de argumentos y tengan razones para sentirse correspondidos.

El Partido Popular ha fallado en esto, en plantar cara a los derrotistas con argumentos. También el Partido Socialista, que además ha alimentado el derrotismo con la exposición exagerada de los males que padecemos como principal recurso de su política de oposición al Gobierno. Y así hoy mucha gente dispone del mensaje vivo de Podemos, que pretende cambiarlo todo aunque oculta el riesgo del vacío, y carece de una respuesta equivalente sobre la utilidad de un sistema eficaz y justo emitida por sus sostenedores, que tienen planes para mantenerlo y mejorarlo. En estas condiciones, no es extraño que las urnas vayan a recibir muchos votos derrotistas que esperan un cambio sin rumbo fijo y que el futuro de España esté lleno de incógnitas. Las cosas no suelen ocurrir por casualidad.