Una política adolescente


  • Pretender organizar un partido ajeno es un exceso infantil que desprecia las normas de las relaciones políticas

  • Esa fiebre discriminatoria le agujerea el atuendo de respetabilidad y a su partido le desplaza del territorio de moderación

Ciudadanos rechaza reunirse solo con el PP: "Si el PSOE se cierra en banda, no tiene ningún sentido"

Ciudadanos rechaza reunirse solo con el PP: "Si el PSOE se cierra en banda, no tiene ningún sentido" MADRID | EUROPA PRESS

Albert Rivera entró como un ciclón en la política estatal después de labrarse una figura y un prestigio en la política autonómica de Cataluña defendiendo a la España de todos. Pero el 26J sufrió un frenazo electoral en el que perdió el 20 % de la representación parlamentaria de Ciudadanos, y en los tres días posteriores ha trabajado denodadamente contra su reputación de político juicioso y lógico. Lo malo para Rivera es que sus retrocesos son atribuibles a su gestión pública, no a culpas ajenas -vicio auto-exculpatorio de la vieja política en el que él también incurre-, lo que implica que está obligado a una lúcida y urgente rectificación.

De diciembre a junio, Ciudadanos ha perdido casi 400.000 votos, que han ido a integrar en buena parte los 700.000 que ha logrado sumar a su cuota el Partido Popular en las elecciones del domingo. Es razonable deducir que han regresado a su lugar de origen tras la decisión de Rivera basada en menospreciar al PP, que ganó las elecciones, y en intentar un gobierno con el segundo, el Partido Socialista. En esas gestiones, malgastó la serenidad que le exigía su buscado destino como moderador entre dos partidos, ese papel de bisagra que relaciona, modera y templa. Llegó a parecer a veces el tiralevitas de Pedro Sánchez, que no es precisamente un líder salvador que espere el pueblo.

Después de que las segundas elecciones hayan ampliado el liderazgo del PP y diseñado la oportunidad de un Gobierno conservador, Rivera ha reiterado sus desaires a Mariano Rajoy mediante el veto imprudente con el que pretende retirarlo de la vida política. De esa manera, insistiendo en un gesto difícilmente concebible en un escenario democrático, Rivera cierra la puerta a su colaboración con el PP para formar Gobierno, puesto que los populares no parecen dispuestos a prescindir de su líder, que ha sido apoyado por más votantes que en diciembre, ha sumado casi ocho millones de votos y es el político destinado a intentar gobernar.

Pretender organizar un partido ajeno es un exceso infantil que desprecia las normas de las relaciones políticas. Es un atrevimiento que ofende a los militantes y a los dirigentes de ese partido, a los que parece no considerar con derecho a organizarse solos. Es una temeridad porque él mismo niega las perspectivas de gestión política que le ofrecen, y también le exigen, los votantes. Es un abuso que proyecta sobre el vetado una apariencia vejatoria. Una cosa es que un líder marque el terreno de su actuación, dejando fuera a los hostiles a su programa, y otra establecer una discriminación personal sobre alguien del círculo político más próximo.

Rivera, que posiblemente no sea consciente del error mayúsculo en el que incurre, que puede ser letal para él, para su partido y para España, se ha permitido además ampliar la nómina de los censurados al incluir en ella a los ministros de Hacienda y de Interior, Cristóbal Montoro y Jorge Fernández. A él, esa fiebre discriminatoria le agujerea el atuendo de respetabilidad; a su partido le desplaza del territorio de moderación que quiere ocupar; a España le amenaza con seguir privándola de un Gobierno. Después de culpar a la ley electoral de su merma en el 26J, Rivera responsabiliza al PSOE de que se forme o no Gobierno. Es verdad que el PSOE tiene en su mano ofrecer a España una colaboración para la tranquilidad, pero sobre Ciudadanos recae no menor compromiso, porque puede aportar su esfuerzo para un Gobierno razonable.

Con sus vetos y sus excusas, Rivera reduce su papel de político moderado y apuesta por una política adolescente que antepone los nombres a los programas y a las necesidades nacionales, pasando incluso por encima de los votantes. Ha insistido, y sigue haciéndolo, en que no debe hablarse de sillones, pero es él quien no se aplica el cuento: lo primero que quiere conseguir es confiscar el sillón a Rajoy.