Los dos ‘ángeles de Las Ramblas' que salvaron en silencio decenas de vidas


  • Esta es la conmovedora historia de dos veinteañeros, amigos inseparables y empleados de una óptica, que asistieron a decenas de víctimas del atentado en el centro de Barcelona.

  • Uno es socorrista y el otro, técnico en Emergencias Sanitarias. Después del ataque, lainformacion.com reconstruye con ellos y sobre el 'terreno' cómo fue su conmovedora labor.

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Vecinos y turistas inundan La Rambla de flores y velas en apoyo a las víctimas

Vecinos y turistas inundan La Rambla de flores y velas en apoyo a las víctimas BARCELONA | EUROPA PRESS

Vecinos y turistas inundan La Rambla de flores y velas en apoyo a las víctimas

Vecinos y turistas inundan La Rambla de flores y velas en apoyo a las víctimas BARCELONA | EUROPA PRESS

"Por favor, ven conmigo. Si hemos realizado esto juntos, quiero que me acompañes". L. L. (27 años) suplica una vez más a su entrañable amigo D. C., (24 años) reconstruir para este medio el camino que hicieron el pasado viernes, cuando salieron disparados hacia Las Ramblas para socorrer víctimas del atentado terrorista de Barcelona. Ambos prefieren conservar su identidad y que utilicemos iniciales.

Lainformacion.com les ha pedido repetir el mismo trayecto que, un día atrás, emprendieron sin dudar un instante, con el corazón en la mano, y que permitió salvar decenas de vidas. La idea es que nos expliquen, paso a paso, cómo fueron ayudando a tantas víctimas indefensas mientras un asesino terrorista emprendía su trayecto mortal y endemoniado buscando más muertes, mientras otros cientos de vecinos y turistas buscaban refugio en bares, tiendas y hoteles de la zona.

Los muchachos no quieren admitir que se han convertido en los ‘ángeles’ de Las Ramblas. Son dos de los héroes anónimos y silenciosos que asomaron en una de las jornadas más nefastas y tristes de la historia de la Ciudad Condal. En muchos de los vídeos que circulan por las redes sociales se aprecia a ellos dos haciendo maniobras de reanimación a los heridos, instantes después de que la nefasta furgoneta blanca arrollase a decenas de peatones. ¿Quiénes son realmente?

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D. C., finalmente, accede a ser entrevistado por nosotros para explicarlo. Aunque, al principio, lo hace a regañadientes. "Me han pedido entrevistas de la Sexta, de Antena 3 y de muchísimas televisiones nacionales y extranjeras, pero yo no las concedí ni pienso hacerlo. Quiero seguir manteniendo mi perfil bajo, en silencio. Si lo hago contigo, es porque me lo pide mi amigo. Además, no me gusta el tratamiento morboso que le están dando muchos medios al tema”, explica el joven.

Amigos y compañeros de trabajo

Ambos son amigos desde hace años y compañeros de trabajo. Para ganarse la vida trabajan como empleados en la óptica Solaris, situada en el centro comercial Triangle, que está a pasos del comienzo de Las Ramblas y de la fuente de Canaletas. A pesar de su actividad actual, los dos tienen conocimientos sólidos en primeros auxilios. L. L. ha cursado el grado de técnico en Emergencias Sanitarias y D. C. tiene importantes nociones como socorrista. Trabajó como tal durante casi cinco años en la ONG Proactiva, dedicada a las labores de salvamento.

Ellos nos acompañarán entonces para realizar este reportaje pasadas las 16.50 horas del viernes. A esa misma hora exacta, un día antes, afrontaron el momento más crítico de su existencia y regalaron de la manera más desinteresada un conmovedor gesto de amor y civismo. No se escabulleron y prefirieron arriesgar sus vidas –literalmente- para socorrer a otros.

"Lo primero que se escuchó fue una especie de estruendo. Acabábamos de llegar a la tienda. Éramos los primeros en entrar al trabajo, en el horario de la tarde. De pronto, percibimos ese ruido terrible. Yo vi que mi amigo salía corriendo, y por instinto o lo que sea, lo seguí detrás", comenta L. L.

Mientras habla, recorremos juntos una treintenade metros y ya en el inicio de Las Ramblas, en el extremo donde nace de la Plaza de Catalunya, D. se detiene. Habla en voz baja, señalando el punto exacto de la farola que luce ahora abarrotada de flores y dedicatorias en homenaje a las víctimas. Mientras tanto, turistas japoneses se sacan fotos y periodistas de todas partes del mundo transmiten en directo.

Pero, por suerte para D. C., nadie le reconoce. Si las miles de personas que ahora deambulan por el corazón de la Ciudad Condal supiesen que estos chavales se encargaron –un día antes- de resucitar gente, reanimar víctimas con desfibriladores, asistir a decenas de heridos, cargar personas en ambulancias y trasladarlas incluso por su propia cuenta a los hospitales, como mínimo merecerían un aplauso cerrado.

"La primera persona que intenté asistir ya estaba muerta"

L. L. habla entonces firme, aunque inevitablemente se muestra tenso. Desde que ocurrió la masacre, no se había animado a volver a transitar el mismo camino, por más que ese trayecto se encuentre casi pegado a su trabajo. Ahora parece revivir una pesadilla impensada. "Aquí, en este punto exacto, intentamos socorrer a la primera víctima. Era una mujer con una fractura de cráneo, creo que de nacionalidad francesa, Desgraciadamente ya estaba muerta cuando me lancé sobre ella para intentar socorrerla. Fue una de las primeras personas que arrolló la furgoneta, que venía por Pelayo, cuando giró abruptamente a la derecha", cuenta.

Su amigo asiente con la cabeza. Seguimos caminando. Es el turno de llegar a Canaletas. A la derecha, el mismo ritual: la gente ha convertido a la fuente en una especie de altar. Decenas de personas hacen fila para colocar velas e inscripciones de solidaridad con los muertos y heridos. "Aquí había gente tirada en el suelo. Y un poco más allá también. Fue aquí cuando escuché la voz de L. L. Apretó mi hombro y me dijo que me quedara tranquilo, que estaba a mi lado", asevera D. C.

Más adelante, señala el lugar donde pidió desesperado una botella de oxígeno y un desfibrilador a los facultativos de la primera ambulancia que vio. "Expliqué que tenía nociones en socorrismo. Aún casi no habían llegado personas de los servicios de emergencia, y entonces me puse manos a la obra", narra. "Esto era al principio un desierto. Solo se veían personas en el suelo, con familiares a su lado ”, complementa su compañero.

Continuamos caminando por el mismo sendero donde la furgoneta avanzó haciendo un zig-zag mortífero el día anterior. L. L. se detiene debajo del quiosco de prensa y souvenirs situado en el cruce con la calle de Santa Ana. Ahora, en esta especie de breve reconstrucción de los hechos, explica dónde prosiguió sus labores de primeros auxilios.

Avanzamos entre decenas de personas. Ya hemos recorrido más de 400 metros juntos. D.C. rememora en el acto, ya casi arribando a La Boquería, que ahora está cerrada: "Ya habíamos tomado caminos por separado para intentar ayudar a más gente, y en este tramo tuve que refugiarme debajo de esos comercios, porque me pareció que se escuchaban disparos", dice.

Llegamos por fin al punto donde la furgoneta detuvo su marcha. Los jóvenes coinciden que en todo el recorrido y durante las casi tres horas que estuvieron auxiliando gente, de aquí para allá, jamás sintieron miedo. "Era una sensación de adrenalina pura. Alguien tenía que intentar ayudar. Estaba en juego la vida de muchos", dice L. L. Es el momento de despedirnos. D. C. vuelve a pedirnos discreción en el saludo, para no despertar la curiosidad de los reporteros gráficos y cámaras que no paran de grabar recursos en los quioscos célebres de Las Ramblas, ahora tapizados de crespones negros, en señal de luto.

El orgullo de dos familias... y de un país

“Venga, que tenemos que seguir currando", le dice uno al otro. "Sí, no queda otra", le replica su compañero. Antes de marcharse, confiesan que están más que orgullosos por lo realizado, y que lo volverían a hacer una y mil veces. "No buscamos en absoluto el agradecimiento de la sociedad. Ningún familiar de las personas a las que ayudamos se comunicó aún conmigo, pero tampoco tiene por qué hacerlo. Yo me conformo con que mis familia esté orgullosa de mí", explica D. C. Mientras, L. L. en cambio, asegura que la Policía le ha pedido todos los datos personales de los dos porque habrá un "reconocimiento público posterior" en agradecimiento a su labor, según le dijeron.

A lo lejos, los dos amigos (vestidos como clones, de negro, ya que así es la vestimenta laboral en la óptica) se van perdiendo entre la multitud, otra vez rumbo a la tienda. La lección que acaban de dar a toda la sociedad conmueve hasta las lágrimas. Cuando todo era confusión, cuando miles se escondían y otros tantos intentaban escapar de la muerte que les acechaba, ellos se pusieron el traje de ‘ángeles’ de Las Ramblas, aunque no les guste oírlo.

Valientes, silenciosos, inmensos en el drama... ¿A cuántas personas les practicaron torniquetes y maniobras de primeros auxilios, para frenar hemorragias? ¿A cuántos quizás les evitaron paros cardíacos o reanimaron con un desfibrilador? Ni ellos mismos lo saben, porque en el fragor de lo ocurrido, obviamente no estaban para llevar cómputos. Pero seguramente pueden contarse por decenas quienes hoy les deben agradecer por seguir vivos, En realidad, toda la sociedad tiene una deuda con estos chicos y es hora de comenzar a saldarla: gracias por su valentía y heroismo.