Así se limpia el cielo de Madrid


Así se limpia el cielo de Madrid

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Así se limpia el cielo de Madrid

Fotogalería: Limpiando el edificio más alto de España

Colgados a 250 metros de altura, Pablo, Carlos y Byron son los tres hombres encargados de limpiar el edificio más alto de España. Durante más de 30 días, este equipo de la empresa Abrake se ha ocupado de sanear la fachada de la torre Caja Madrid antes de la entrega definitiva de la constructora. La distancia desde lo alto del edificio hasta el suelo es tan grande que han tenido que encargar cuerdas especiales, porque las que utilizan los escaladores en alta montaña se quedan demasiado cortas.

Aunque ellos se definen como “técnicos especialistas en trabajos verticales”, viéndolos allá arriba parecen una suerte de alpinistas del acero. Algunas jornadas trabajan por encima de las nubes, como si estuvieran en la cima de un improvisado pico madrileño. “Esos días”, explica Pablo mirando hacia lo alto de la torre, “parece que vas en un avión”.

Madrid a sus pies

Pablo Bohórquez tiene 34 años, lleva doce dedicándose a este tipo de trabajos y reconoce que ver Madrid desde esta altura “impresiona”, aunque “poco a poco te vas acostumbrando”. Byron Sarmiento es el más joven del grupo, tiene 22 años y admite que cada dos por tres se vuelve para admirar el espectáculo. “Tenemos Madrid a nuestros pies”, afirma con entusiasmo.

Su labor consiste en limpiar el metal de la fachada, los restos de polvo, cemento y silicona que se han acumulado durante los meses de obra. Para ello se descuelgan desde la última planta con una hidrolimpiadora y repasan la superficie a medida que descienden.

Desde aquí arriba se divisa medio Madrid y hasta la curva del horizonte. “Los días claros”, asegura Byron, “se ve más allá de Leganés”. La luz es tan intensa que les obliga a llevar gafas de sol para protegerse las retinas. El acero de la torre es tan reflectante como una pared de hielo.

A pesar de las hermosas vistas, lo peor de este trabajo es el frío. Cuando sopla el viento de la sierra les congela los pies, las rodillas y la cara. El día de la gran nevada madrileña, Pablo y Byron estaban encaramados en la cara sur de la torre, a 200 metros de altura, y pasaron un rato muy desagradable. Como si formara parte de un extraño sueño, Byron vio salir un murciélago de entre los hierros del edificio, hasta que se perdió en la blancura de la mañana.

Altura “mortal”

La principal diferencia entre el alpinismo y la limpieza de rascacielos es que aquí uno no escala, sino que se descuelga por la pared del edificio. “Además”, explica Pablo, “en la montaña no tienes referencia de lo alto que estás. Aquí ves un autobús articulado de la Continental y te dices: madre mía, si parece una maqueta”.

Ninguno de ellos siente ya el más mínimo vértigo, pero reconocen que al principio están un poco agarrotados, hasta que se acostumbran a la altura. “Es cosa de mentalizarse”, afirma Pablo, “a partir de cinco o seis plantas sabemos que si te caes te vas a matar igual, así que da lo mismo la altura a la que estés”.

Objetos caídos

Las medidas de seguridad para este tipo de trabajos se respetan escrupulosamente. Antes de descolgarse por el edificio revisan sus equipos y preparan el sistema de doble cordada, con un juego de emergencia por si se rompe el primero.

Entre su equipamiento está la ropa de abrigo, fuertes botas y un chubasquero. ¿Y el casco? “El casco es por si te cae algo en la cabeza”, explica Pablo, “como se le caiga un mosquetón al compañero de arriba te hace una brecha”.

Aunque en esta obra llevan todo bien atado, en el historial de objetos caídos al vacío en anteriores trabajos se incluyen mecheros, paquetes de tabaco, y un buen número de teléfonos móviles, que rodaron desde las alturas para nunca volver. “Los que no se caen al suelo”, puntualiza Pablo, “se caen dentro del bote de pintura”.

El “Equipo A” de la construcción

Si usted ha visto alguna vez a alguien haciendo un trabajo imposible, puede que se tratara de alguno de estos tipos. La empresa para la que trabajan lleva más de quince años especializada en tareas que otros no son capaces de realizar.

Durante todo este tiempo, Pablo se ha descolgado desde lo alto del Pirulí, se ha introducido en los agujeros de los túneles de la M-30, se ha subido a la torre de control de Barajas o ha limpiado el reloj de la Puerta del Sol.

El trabajo más duro, recuerda, fue introducirse en los hornos de la incineradora de Valdemingómez, “a unas temperaturas enormes”. “Hacíamos limpieza, estabas cinco minutos y te tenías que salir. Íbamos con aire del exterior, metidos con ropa antipolvo porque allí dentro lo que hay es basura que se está quemando”.

Ninguno de los tres es supersticioso. El ritual de Byron antes de descender fachada abajo es echarse un cigarrito. También va un poco antes al baño, para evitar sorpresas en plena faena.

Pablo está casado y tiene una hija. Su mujer sabe que van muy seguros, pero prefiere no verle subido en las alturas. Al joven Byron su novia le dice que no le gusta a lo que se dedica y le pide que deje el trabajo. “¿Dejarlo?”, exclama Byron, “No cambiaría esta sensación por nada del mundo”.