El traje del chamán, vehículo para contactar con los dioses del caos

  • Madrid, 29 abr (EFE).- Los trajes que utilizan los chamanes en sus rituales les permiten "contactar" con los dioses del caos, a los que acuden para restablecer el equilibrio cósmico. En "Maestros del Caos", una exposición de CaixaForum Madrid, puede verse la confección de los vestidos de estos hechiceros.

El traje del chamán, vehículo para contactar con los dioses del caos

El traje del chamán, vehículo para contactar con los dioses del caos

Madrid, 29 abr (EFE).- Los trajes que utilizan los chamanes en sus rituales les permiten "contactar" con los dioses del caos, a los que acuden para restablecer el equilibrio cósmico. En "Maestros del Caos", una exposición de CaixaForum Madrid, puede verse la confección de los vestidos de estos hechiceros.

La muestra, visible hasta el 19 de mayo, aglutina una serie de obras relacionadas con el chamanismo, entre las que se cuenta una colección de trajes llevados por estos adivinos durante sus esotéricas conexiones con las deidades del caos; para los chamanes, estos atuendos "no son disfraces", sino ropas que les dotan de una posición suprema, según la guía de la exposición, Mercedes García.

Algunas tribus consideran al chamán como una especie de semidiós y solicitan sus servicios para curar enfermedades; sin embargo, estos magos son conscientes de que no poseen ciertos dones de los que sí disfrutan algunos animales, como la capacidad de volar. Así pues, llenan sus trajes de plumas, hojas de maíz y elementos que emulan las alas del pájaro para "volar" hacia el mundo superior.

Las plumas y los flecos son elementos recurrentes en todos los trajes de chamán, independientemente de su procedencia, así como los apliques metálicos en forma de pez, ánade y pato que se sujetan a las telas. Las culturas con tradición chamánica confeccionan estos trajes zoomórficos de forma artesanal, habitualmente "con piel de nutria y de reno", explica García.

A estos híbridos atuendos, que buscan una conexión constante con la naturaleza como proveedora de poderes mágicos, no les faltan los complementos: sombreros, máscaras y guantes contribuyen al boato del ritual que llevan a cabo los chamanes, que buscan constantemente el trance a través de la música, los psicotrópicos y la metamorfosis.

En el chamanismo también existe la "alta costura" como muestran especialmente dos trajes exhibidos en "Maestros del Caos", de Corea y Mongolia, que abandonan las formas turbias y caóticas a favor de una estética más armónica, con un profuso colorido y bordados a mano.

El vestido de la "mudang", la chamán coreana, es un arcoiris de tonos azules, rojos, verdes, amarillos y rosas con un aire distintivo de feminidad, subrayado por los cascabeles, el abanico y el sombrero con plumas que le sirven a la mujer en su frenética danza, donde se clava cuchillos "sin inmutarse" para reafirmar sus poderes, dice la guía.

El atuendo mongol del chamán, impregnado de un toque oriental, está bordado a mano con motivos verdes, rosas y azules que insinúan dragones y otras criaturas fantásticas; un cinturón, una toga y un tocado con flecos culminan este traje de procedencia asiática, que más bien "parece un tapiz", opina la experta.

La exposición recoge trajes de diferentes regiones del mundo, puesto que el chamanismo forma parte de la cultura de muchos países en Sudamérica, Asia y África, donde la superstición y las costumbres ancestrales ganan en ocasiones la partida a la razón y la ciencia.

En algunas regiones de Europa se emula a estos hechiceros durante las llamadas "fiestas de invierno"; en España, estas celebraciones se desarrollan en "algunas regiones de Extremadura", donde los ciudadanos se disfrazan con gruesas pieles de animales, máscaras, cuernos, guantes y cascabeles, comenta García.

Los carnavales, ejemplifica, constituyen la fiesta pagana por excelencia en la que se justifica el caos, la metamorfosis y la transgresión; a esto contribuyen los disfraces, que permiten a las personas una cierta dispersión. Después del caos, "se restablece la calma", concluye.

Por Isabel Peláez