"Unas miguitas de pan para mi mamá", la memoria rescatada por una nieta sobre la guerra

  • Madrid, 20 mar (EFE).- "Me impresionó muchísimo lo que mis abuelos me contaron de su infancia en la Guerra Civil", ha confesado a Efe la historiadora Verónica Sierra que, retomando ese hilo sentimental más propio, reconstruye en "Palabras huérfanas" la memoria "poco reconocida" de los niños que "pagaron por una contienda que no era suya".

"Unas miguitas de pan para mi mamá", la memoria rescatada por una nieta sobre la Guerra Civil

"Unas miguitas de pan para mi mamá", la memoria rescatada por una nieta sobre la Guerra Civil

Madrid, 20 mar (EFE).- "Me impresionó muchísimo lo que mis abuelos me contaron de su infancia en la Guerra Civil", ha confesado a Efe la historiadora Verónica Sierra que, retomando ese hilo sentimental más propio, reconstruye en "Palabras huérfanas" la memoria "poco reconocida" de los niños que "pagaron por una contienda que no era suya".

Centenares de cartas con sus letras temblorosas e inexpertas, diarios, cuadernos escolares, redacciones, dibujos y fotografías se recogen en este emocionante testimonio (Taurus) que empieza abriendo un abanico amplio para enfocar a unas vivencias concretas, centrado en el exilio de 30.000 niños españoles a los que la guerra cortó sus afectos cotidianos, y entre 1937-1938 salieron hacia Francia, Bélgica, Inglaterra, México y Rusia.

El título es doblemente metafórico, ya que alude tanto a la recuperación de "cartas que nunca llegaron a sus destinatarios", según Sierra, como a "la evacuación de niños que no siendo huérfanos vivieron adopciones ilegales y cambios de identidad con gran repercusión en su futuro".

A la historiadora (Guadalajara, 1978), la idea le vino leyendo las 200 cartas de niños llevados a Rusia que conserva el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca, donde obtuvo -junto con el Archivo General de la Administración-, la mayor parte de los documentos que, comenta, "al ser obra de niños no se consideraban relevantes para la construcción de la historia".

Sin embargo, fueron instrumentos de propaganda para demonizar al enemigo y para movilizar a la opinión pública internacional. "La República pretendía salvarlos del fascismo y de una muerte segura", y "Franco emprendió campañas de repatriación acusándola de secuestrar niños", recuerda Sierra de esas víctimas inocentes "en el mismísimo eje de la lucha encarnizada fascismo-comunismo que se libraba en ese momento en Europa".

La omnipresencia del conflicto en sus vidas hizo habitual que los pequeños jugaran a 'fusilar' o a 'los bombardeos', aunque eso -añade- funcionó como válvula de escape de sus tensiones y miedos.

Y es que "el mayor daño no fueron las bombas, ni ver salir al padre al frente o los cadáveres de su alrededor, sino una 'astenia afectiva' por el desamparo que marcó su carácter", constata la autora, para quien "hacer historia hoy día implica superar barreras ideológicas y conciliar las memorias de todos".

"Te mando unas miguitas de pan blanco que en la (carta) de mi mamá no me he acordado. Te mando un papelito escrito para mi mamá", expresa Laura García Pindado, una de las pequeñas evacuadas a Rusia, dentro del sobre con la misiva a sus tíos y primos, apenada por no poder compartir con su madre ese 'manjar', abundante en aquel país que dio una cálida y entusiasta acogida a unos 3.000 niños y los trató con privilegios.

"Las inocentes palabras de Laura, expresadas con tal naturalidad, reflejan mejor que nada lo que hay en este libro", afirma Sierra, que es doctora en Historia y profesora de Historia de la escritura y de la lectura en la Universidad de Alcalá de Henares, donde coordina el Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita.

Otra niña, Raquel Mejías, evacuada con la caída del frente de Cataluña llegó a una colonia en Tortadell que resultó un centro de refugiados. "Al no ver a otros niños y temerosa de perder a su familia, apeló a su madre para pedirle unas polainas, y ¡que no se olvidara de enviarle papel, lápiz y sellos!".

Pero Raquel se perdió y acabó en un pueblo francés, donde la adoptó una maestra que, tras dos o tres años de acabada la guerra, llegó un día con el periódico donde la madre publicaba un anuncio buscando a su hija. Y fue su reencuentro.

La carta (enero, 1939) la conserva hoy su autora que cuenta que varias veces la perdió, aunque siempre reaparecía 'como una señal' para luego confesar que verla le produce "sentimientos mitigados de cariño y de rencor".

Sierra conoció a esta ex niña de la guerra en un congreso en Salamanca y desde entonces mantienen el contacto, pero para su libro trabajó principalmente con documentos escritos, la mayoría anónimos, en los que intenta "descubrir la historia callada que hay detrás, todo eso que no se dice".