La paradoja de la ultraderecha hebrea


Israel es el último gran país en el que la ultraderecha ha irrumpido de la mano de Avigdor Lieberman, un inmigrante moldavo, y su partido, Israel Beitenú (“Israel nuestra casa”). Entre sus políticas se incluye la separación de israelíes y palestinos en dos estados, pero previa escisión de Cisjordania y expulsión de los árabes del territorio israelí.

Abiertamente racista, el partido de Lieberman se ha consolidado como una formación bisagra 15 años después de su salida del Kach, ilegalizado precisamente por sus mensajes xenófobos. En los diez años que han pasado desde su primera comparecencia ante las urnas (con un 2.6% de los votos) ha llegado a un 5.52% en una coalición derechista en 2003, al 9% de 2006 y al 12% de las elecciones celebradas meses atrás.

Gracias a estos resultados, Lieberman consiguió una cartera ministerial secundaria junto a Sharon y alcanzó un acuerdo con Olmert tres años después, aunque su mayor éxito ha llegado en 2009, con la debacle laborista y su ascensión como tercer partido del país. Tras suscribir un acuerdo con Benjamin Netanyahu se ha incorporado como socio de pleno derecho en el nuevo Ejecutivo nacional, acuerdo que ya ha dado sus primeros frutos, junto a los ultraortodoxos del Shas (que consiguieron un 9% de los votos), formando obierno junto al Likud, del que salió Sharon por ‘moderado’, y los laboristas.

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