Paradojas de la ONU en su defensa de los derechos humanos


Edificio central de Naciones Unidas en Nueva York|Flickr

Edificio central de Naciones Unidas en Nueva York|Flickr

La Asamblea General de Naciones Unidas elige este martes a 18 nuevos miembros de su Consejo de Derechos Humanos. Diversos organizaciones independientes consideran que el organismo perderá credibilidad si países como China, Cuba y Arabia Saudí -infractores permanentes de las libertades civiles- logran su reelección.

El Consejo de Derechos Humanos es un organismo consultivo que realiza recomendaciones a la ONU sobre la materia. Para obtener un asiento se necesita mayoría absoluta de votos de la Asamblea General (97 votos). Por primera vez desde su creación, en 2006, Estados Unidos aspira a ocupar un lugar, decisión de la Administración Obama en sentido contrario a lo que argumentaba George W. Bush.

El problema para Estados Unidos van a ser sus compañeros de sala. La asociación independiente Human Rights Watch considera, por ejemplo, que Cuba "se mantiene como uno de los países de América Latina que reprime casi todas las formas de disidencia política. (…) Las leyes se usan para silenciar a los críticos del Gobierno". Respecto a China, destaca "el uso de la detención administrativa, las confesiones forzosas y la tortura y castigos a periodistas".

Por su parte, Freedom House, otro grupo de presión, califica a Arabia Saudí como uno de los países con mayor represión del mundo, donde la participación de los ciudadanos en la vida política está prohibida. Otros países que para esta organización no gozan de las garantías necesarias son Rusia, Azerbaiyán, Camerún y Djibuti.

Se da la paradoja que el Consejo de Derechos Humanos fue creado en marzo de 2006 para reemplazar a la sexagenaria comisión del mismo nombre porque la presencia de países como Sudán o Zimbabue le había hecho perder credibilidad.

Naciones Unidas no anda sobrada de prestigio por el escaso impacto de su secretario Ban Ki Moon y el esperpento de la última conferencia sobre racismo, en la que la participación del presidente iraní Mahmoud Amahdineyad provocó el abandono de la sala de decenas de delegados, en una cumbre ya boicoteada por Estados Unidos y algunos países occidentales.