Guardiola y su Barça, los reyes de la Liga


El que hoy ya es un ídolo de la afición era hace sólo diez meses una apuesta a la desesperada de Laporta. Una locura que olía a fracaso, al poner un club del calibre del azulgrana en manos de un hombre cuya experiencia se reducía a un año en Tercera, al mando del Barça B. Exitoso año, sí. Pero en Tercera.

Lo que muchos no pensaban entonces es que Guardiola no era un cualquiera. Era barcelonismo corriendo por las venas. Lo sabía todo de la entidad y, lo que es más importante, lo sentía todo en su piel.

Tenía en su cabeza el fútbol de Cruyff, los conceptos del Dream Team. Y quienes habían compartido vestuario y horas de césped con él sabían que ya de jugador era entrenador. Ya cuando llevaba el brazalete de capitán estudiaba a los rivales, analizaba sus movimientos, pensaba cómo contrarrestar sus fortalezas e imponer las propias virtudes…

Pero, sobre todo, Guardiola ha demostrado que tiene una cabeza privilegiada para manejar grupos humanos con una decisión imprescindible para enfrentar los problemas, analizarlos y ponerles solución.

Y así comenzó su trabajo. Lo primero que hizo fue pedir permiso a Rijkaard, antes de acabar la temporada, para hablar con todos los jugadores, uno a uno a uno. Les dejó muy claro lo que quería, el nivel de exigencia que impondría y el grado de compromiso imprescindible para estar en el Barcelona.

No les engañó con bonitas palabras, ni les doró la píldora ni les dijo que él era el jefe. Se limitó a darles el libro de instrucciones para estar en su Barça, y ya habría tiempo para que supiesen quién mandaba.

Ronaldinho y Deco no entraron en sus planes, y Eto’o tampoco, aunque al final el camerunés se quedó y hoy es uno de los grandes éxitos personales de Guardiola. No hay más que ver que no ha tenido ni una salida de tono importante por mucho que el entrenador nunca tuvo con él paños calientes.

Desde el primer día Guardiola les ha hablado claro, y como decía Alves hace poco, hoy “es uno más dentro del grupo”. Porque se implica tanto como el que más. Aprieta a los suyos, no les deja ni respirar, pero jamás agrede ni pone en evidencia a un jugador. Y así ha conseguido su mayor éxito: formar un grupo compacto donde sólo había una suma de estrellas que querían brillar por libre.

Después, la máxima exigencia combinada con dar siempre la cara y coronada con haber sido coherente en todos y cada uno de los momentos de la temporada le han permitido ganarse la autoridad  en el vestuario. Nunca ha dicho aquí mando yo pero todos saben que manda él. Y eso es un jefe de verdad.

Y por si alguien tenía alguna duda de lo que le gusta, un buen día, en forma de halago a Iniesta, dejó bien claro que para ser el mejor no hace falta tener tatuajes, ni peinaditos, ni pendientes, ni protestar cuando te cambian de puesto o te quitan del campo.

Claro que una vez ganada la batalla del equipo había que ganar la batalla del fútbol.  Pep sabía que necesitaba resultados para mantener la fe de los suyos. Y los resultados llegaron enseguida. Y ésa es la parte de suerte imprescindible para cualquier gran éxito de la vida.

Pero la batalla de la implicación de los suyos ha sido clave. No hay más que ver cuánto pelean todos para acompañar al balón, y para recuperarlo cuando toca. Y a eso también ayudó su apuesta por la gente de la casa. Por los que saben lo que es el Barça y sienten los colores. Y la prueba es que cuando llegaron al Bernabéu se encontraron con un Madrid que tenía dos canteranos en el once, Raúl y Casillas, mientras Guardiola alineaba a seis: Valdés, Puyol, Piqué, Xavi, Iniesta y Messi.

Una fiesta del fútbol

Pero esta fiesta no es sólo para los azulgrana. Es la fiesta de todos los que aman este espectáculo como arte, siempre que su pasión se lo permita, claro.

Porque incluso aquellos que no le ven la gracia al triunfo del Barça tienen que admitir (en lo más profundo de su cerebro, porque ya sabemos que en el corazón sólo hay sitio para los colores propios) que esta victoria es algo bueno para el fútbol mundial.

Porque si el espectáculo, la belleza del juego y el arte del toque son capaces de ganar la Liga y hasta la Champions (ya veremos), probablemente comencemos a ver apuestas parecidas y dejemos a un lado los planteamientos cicateros.

Como decía hace unos días un prestigioso periodista inglés, los aficionados al fútbol se rinden al placer de ver jugar a un equipo que por encima de todo aspira a ganar dando espectáculo mientras otros se limitan a entorpecer el juego hasta desnaturalizarlo.  El Barça de Guardiola representa el ideal del fútbol puro, entendido como calidad artística y como juego que busca la victoria en equipo y mimando el balón

Es el fútbol que todos los aficionados a este deporte queremos que triunfe. Una apuesta por un concepto. La apuesta de Guardiola (bajo la inspiración y el aval de Cruyff) que se la jugó por un equipo y dejó a un lado los nombres.

Guardiola sabía, y hoy lo sabemos todos. Que a lo mejor Iniesta no tiene glamour,  pero es fútbol de verdad. Y es tan grande…