Pablo Iglesias: justiciero o perdonavidas


  • Pablo Iglesias está muy satisfecho por haberles perdonado la vida a todos ellos, a los trescientos cincuenta “delincuentes potenciales”.

  • El discurso de P.I. en esta tercera ocasión de la Investidura de Rajoy ha sido tan improcedente como en las dos anteriores.

Podemos protesta por escrito contra Pastor, a la que acusa de actuar "al servicio del PP"

Podemos protesta por escrito contra Pastor, a la que acusa de actuar "al servicio del PP" MADRID | EUROPA PRESS

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Suelo escuchar con auténtico interés las intervenciones de Pablo Iglesias (Turrión, que no Posse) en el Congreso de los Diputados. Sus discursos suelen ser brillantes. Como si se tratara de un “demóstenes” del siglo XXI podría ganarse la vida escribiendo discursos para que otros los pronunciaran, eso sí dejando claro que el rigor no es lo más importante cuando de lo que se trata es de impresionar a los oyentes desde ya Tribuna de oradores, cuando de lo que se trata es de impactar en las mentes de los que escuchan más por el tono y efectos posteriores que por la veracidad de lo escuchado.

Parto de una confesión personal: me gusta mucho escuchar los discursos que Pablo Iglesias pronuncia en el Congreso de los Diputados porque parecen diferentes y novedosos respecto a lo que nos ofrecen otros oradores, de otros partidos, mucho más comprensibles, y por eso mucho menos apetitosos y nada inclinados a ofrecer grandes sorpresas. Pero, ¡cuidado!, ocurre con demasiada frecuencia que los oradores del corte de P.I. hablan a la vez que se escuchan y, empeñados en escuchar lo espectacular, que siempre satisface al oído más que lo vulgar, convierten sus discursos en diatribas, en libelos insultantes con los que pretenden ridiculizar a los otros en lugar de rebatirlos.

Estos comportamientos se corresponden con caracteres altaneros de personalidades no suficientemente asentadas que aprovechan la educación y buena disposición de quienes debaten con ellos para proferir falsedades, verdades a medias y frases rimbombantes cuyos significados no tienen mucho que ver con el tema del que discuten. En el debate parlamentario del último jueves, cuando los portavoces se posicionaron en el Congreso sobre la investidura de Rajoy como Presidente, P.I. se pasó de rodada en varias ocasiones. A saber, cada vez que se dirigió a los líderes del PSOE, a C´s, o a todos los allí presentes, en general. Pecó de soberbia, se revistió de una túnica de infalibilidad que ni siquiera sirve para dignificar a los dioses: se vistió de una especie de fatua divinidad que culminó su absurda fatuidad cuando respondió a una acusación hacia una de sus intervenciones con la huida del Hemiciclo, eso sí, después de reunir a su jauría para escenificar un enfado que se vio y comprobó “gratuito” con la vuelta al “circo” poco después.

Debo reconocer que P.I. ha convertido el Congreso en una caja de sorpresas, pero ya se ha convertido él mismo en una voz previsible en la que prima la estridencia sobre la armonía y, sobre todo, prima lo “medio falso” sobre lo “medio verdadero”. (Puede alguien pensar que estos dos conceptos entrecomillados encierran idénticos significados, sin embargo la voluntad de quien profirió las palabras, en uno u otro caso, son bien diferentes). Pablo Iglesias parece un “justiciero” pero a la postre ejerce de “perdonavidas”: nos perdona a todos los demás porque su complejo de superioridad le lleva a considerar válida solamente a su posición.

El discurso de P.I. en esta tercera ocasión de la Investidura de Rajoy ha sido tan improcedente como en las dos anteriores, peor aun teniendo en cuenta que se trataba, según las previsiones, del definitivo. Será el último porque P.I. lo ha querido y lo ha propiciado. Primero, por proponer al PSOE unas condiciones tan absurdas como sobrenaturales, y la segunda razón por vetar en un alarde de intransigencia a C´s, impidiendo la única alternativa estable que podía haber frente al PP.

Este dinamitero de la izquierda española, que dice haber tenido un abuelo socialista que padeció cárcel, aprendió poco de él, sobre todo porque fue la cárcel de su abuelo la que convirtió, junto con el paso del tiempo, la Dictadura en Democracia, pero él desea crear tal caos ideológico, tal confusión en las sencillas mentes de los españoles, que bien puede llevar al socialismo que profesó su abuelo a los pasillos de un manicomio de desesperados y desesperanzados.

No se puede pasar por alto un juicio derivado de una frase lapidaria y absurda que P.I. pronunció en la tribuna: “existen más delincuentes potenciales en esta Cámara que ahí fuera (refiriéndose a la calle)”. La frase merece ser diseccionada con esmero pero sobre todo porque bien parece proceder de un entontecido por la ocasión. En todo caso en la Cámara solo había 350 “delincuentes potenciales”, es decir los Diputados, salvo que deseara contar también como tal a los trabajadores auxiliares del Congreso, periodistas e invitados, es decir, menos de quinientos, siempre muchos menos que los “delincuentes potenciales” de la calle que son todos los millones de españoles que habitan en la piel de toro. Claro que, ¿qué se puede pedir a alguien tan poco seguro de sí mismo y de sus intenciones que se autocalifica como “delincuente potencial”?

Y fue precisamente esa debilidad, la duda que le provocó su propia acusación, la que le llevó poco tiempo después a abandonar la Cámara cuando otro “delincuente potencial” (según su argot) le acusó veladamente de ser “delincuente real” por haber cobrado cuatro millones de dólares procedentes de dictaduras de otros lares del Mundo. Debió recapacitar apresuradamente en la calle, al sereno, junto a los suyos, y con ellos volvió al redil de los “delincuentes potenciales”.

Eso sí, muy satisfecho por haberles perdonado la vida a todos ellos, a los trescientos cincuenta “delincuentes potenciales”.

Fdo.  JOSU  MONTALBAN