Manca fineza, inteligencia y cojines

  • Rajoy está en funciones de gallego. O sea, no sabemos si intentará formar Gobierno o no. Él tampoco lo sabe aún.

  • Como siempre, lo que les preocupa son sus pelucas, pero no nuestra nucas, nosotros sólo somos el fin que justifica sus miedos.

Spanish acting Prime Minister, Mariano Rajoy speak

Spanish acting Prime Minister, Mariano Rajoy speak

Por si usted aún no se ha enterado, seguimos en España sin presidente de Gobierno. Pero tranquilo, no pasa nada. No pasa nada si usted acaba de enterarse (despistados o desengañados de la política los hay incluso en naciones complicadas como esta), y no pasa nada porque sigamos sin presidente. Bueno, tenemos a Rajoy en funciones. En funciones de gallego. Ponga un gallego en su vida y no se arrepentirá. Yo, es que oigo la palabra gallego y se me viene arriba el alma, se me alegra el percebe, e incluso la gamba, y no digamos la empanada mental en días de investidura, dura, dura, dura.

Pero a lo que íbamos. Rajoy está en funciones de gallego. O sea, no sabemos si intentará formar Gobierno o no. Él tampoco lo sabe aún. Primero ha de otear el horizonte y ver si aún hay Sioux en el hemiciclo, o si bien ya es hora de ir llamando al 7º de Caballería, léase Ibex-35, y a los de la UE, para forzar/formar un Ejecutivo de amplia coalición. Eso sí, respetando el protocolo y dejando que el hijo de Sancho, Sánchez, se estrelle pretendiendo ser el gran estadista paracaidista.

Pero lo malo de estos gachupines añejos que frecuentan la Carrera de San Jerónimo, y de los mariachis atrevidos que les pisan los talones, y que han entrado en el Congreso como Adán en el paraíso (con nosotros llega ¡por fin! la democracia, la inteligencia, la oratoria, la decencia, e incluso –manda narices- la elegancia) es que son tan necios –unos y otros- que constantemente confunden valor y precio. Las bofetadas que se dieron ayer, recordaban, por arte de pena, el juego de las tartas y las tortas. Pasa tú primero que a mi me da la risa, ¡zasca! 219 noes como 219 soles. Enfrente no estaban los cien mil hijos de San Luis. Enfrente estaba el sí de las niñas, y el "moratinazo" se quedó sólo en 130 suspiros y un vuelva usted el viernes a tomar potaje de vigilia, que para eso existen la cuaresma y la penitencia. Luego, estos padrastros de la patria, querrán sentarse como si nada a negociar desde la osadía y la petulancia el bienestar de los españoles. Como siempre, lo que les preocupa son sus pelucas, pero no nuestra nucas, nosotros sólo somos el fin que justifica sus miedos.

¡Manca fineza!, diría un analista político italiano tras el decepcionante espectáculo de ayer en el Congreso. Manca inteligencia, añadiría yo, y manca cojines para soportar unas sesiones tan largas y tan penosas. Sobre todo, cuando la celtiberia-show ha entrado de pleno en el sancta sanctorum de sus Señorías. Y todo gracias a él, a Pablo Brézhnev Iglesias -¡muak!-, que ha tenido a bien convertir el hemiciclo del Congreso en un plató de TV (su hábitat natural, donde creció y se hizo líder de audiencias y de confluencias). Las barbaridades que ayer soltó Pablo Iglesias en su discurso (desde la cal de González, hasta el guerracivilismo latente y la prepotencia de chulear a un mediocre presidente del Congreso) están logrando que una nuevas elecciones sean algo más que una hipótesis de trabajo.

Tras la votación, la asumida decepción. Sábete Sánchez, hijo de Sancho, que no es más líder un político que otro, si no logra más apoyos que sus rivales y alcanza su ansiada investidura. Pues eso, tras beber el amargo fiasco, habrá dos meses de travesía por el desierto de las negociaciones pardas y desquiciadas. Y llegaremos a las elecciones, salvo que las encuestas digan que unas nuevas elecciones son para algún partido de cuyo nombre no quiero acordarme un fracaso mayor que un pacto con el diablo o con don Pablo.

Coda final. Rajoy disfrutó al ver sufrir a Sánchez, el gran rechazado. Rivera, en plan naranja mecánica, quiso echar a Rajoy y abrazar a la princesa Soraya del alma. Iglesias, por su parte, se pasó de frenada, tanto, que soñó que a nadie un ósculo en los morros daba. Que eran los otros los que con fervor a él besaban sus moradas nalgas.