Budismo a ritmo de rap en Tokio


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Una vez al mes un pequeño bar en el centro de Tokio cambia sus habituales músicos de jazz o bossa nova por unos artistas de ámbito más espiritual: monjes budistas. Estos religiosos no han dudado en incorporar ritmos modernos como el rap para recitar sus textos y así conseguir nuevos fieles. La situación es grave para este credo ya que la falta de recursos financieros obliga a cerrar cada año cerca de mil de los 80.000 templos budistas en Japón.

El origen de esta iniciativa se encuentra hace seis años, cuando el monje Hogen Natori, aficionado al jazz y cliente habitual del bar musical Chippy, preguntó a la dueña del pub si le dejaba actuar una noche junto a otros compañeros. Los primeros recitales espantaron del local a unos cuantos clientes confusos, pero con el tiempo la cita se ha constituido en una tradición mensual que tiene su grupo de seguidores.

Por su parte, los monjes budistas de Tokio de la rama Shingon han encontrado otra solución a la crisis. Estos religiosos han abierto una rama de bares llamada Vows, donde los monjes ejercen de camareros y ofrecen no sólo cócteles, sino también consejos espirituales. Los bares, que tienen un cierto aire a confesionario, son acogedores, silenciosos, decorados para evocar un estado de paz celestial. Algunas veces acogen conferencias, pero nada que ver con sermones dominicales. Este mes, uno de los bares Vows organizó una charla con un antiguo miembro de la yakuza (mafia japonesa) convertido a monje y que habló sobre su despertar espiritual.

Grupo de seguidoras

En los conciertos que promueve Natori, los monjes van vestidos con túnicas color vino y negro, además de cinturones de metal. Unas cuantas abuelas devotas juntan sus palmas en señal de respeto durante la actuación, pero los demás asistentes simplemente continúan charlando mientras saborean sus cervezas y johnny walkers. Algunas de las ancianas son seguidoras acérrimas, como Sachiko Tomisawa, de 66 años. Con sus gafas y su pelo teñido de naranja, este pensionista asegura que acude a la cita todos los meses, a no ser que la salud se lo impida. Ha convencido a sus hijos y nietos para que vayan con ella el mes que viene. “Podemos sentir su amor”, dice una entusiasmada Tomisawa. “¡Es maravilloso!”, añade.

Al otro lado de Tokio, el monje Kansho Tagai, también conocido como el señor Happiness, ha decidido modernizar los métodos para encontrar fieles. Este monje de 49 años escribe un blog, se encarga de una línea de atención telefónica sobre budismo, presenta un programa de radio y acaba de adaptar unos textos religiosos al estilo rap. Apoyado por músicos jóvenes, recita rap evangelizador en su templo de 420 años de antigüedad.

“Al principio muchos monjes me criticaron por tocar este tipo de música en la sala principal de este templo histórico”, dice el afable Tagai, cuyo gusto musical personal tiende más hacia las melodías de Carly Simon y las composiciones de Pat Metheny. Viendo rapear a Tagai en el templo, con su túnica marrón, rodeado de estatuas de Buda y otras reliquias religiosas, parece que su recorrido en la lista de grandes éxitos será limitado.

Sin embargo, sus actuaciones logran el efecto deseado, dando al budismo un toque de modernidad y un poco de publicidad. La comunidad asistente a su templo ha aumentado de 200 a 300 familias. “Mucha gente corriente viene aquí por primera vez para ver uno de los conciertos y después vuelve para quedarse en un retiro espiritual de un día completo o para aprender más sobre la religión”, afirma Tagai.

Las soluciones para la falta de recursos son amplias. El templo Tsukiji Hongwanji, también en Tokio, sirvió de escenario para una pasarela de moda por la que desfilaron monjes y monjas luciendo prendas modernas.

“En el mundo moderno tenemos que ser eficaces”, dice Notori. “Si las personas no vienen a mi templo porque sienten que les es un espacio ajeno, pues yo debo de llevar el budismo a la gente. Soy el que les lleva el mensaje”.