Tokio y los cafés de gatos


Dos jóvenes japonesas, en uno de los populares cafés con gatos

Dos jóvenes japonesas, en uno de los populares cafés con gatos

Seguí las instrucciones del cajero y me quité los zapatos, me lavé las manos, dejé mi bolso en la taquilla y me colgué alrededor del cuello la tarjeta de identificación (cliente número 18). El cajero volvió a observarme cuidadosamente, hizo una leve inclinación y entré discretamente en el salón del café.

"Es la más guapa. Todos quieren tocarla, pero le pedimos a los clientes que sólo lo hagan si no se niega", me dijo una camarera.

No se negó. Y como había pagado por el privilegio de tocarla, me incliné y le acaricié la mejilla. Era tan encantadora como me había asegurado la empleada: una gata azul rusa, de dos años, con grandes ojos, obediente y suave como la seda.

Me encontraba en Calico, uno de los cada vez más populares cafés de gatos de Tokio, donde los clientes que buscan compañía felina pagan por tomar té y acariciar a uno de los más de veinte gatos del lugar, de 17 razas diferentes. En un país como Japón, cada vez más viejo y sin niños, los cafés de gatos han venido a llenar un vacío. Los japoneses más afortunados son las parejas maduras que tratan a sus perros salchicha como nietos mientras visitan un concesionario de coches y las mujeres jóvenes que alimentan de su mano a los cachorros malteses en los bancos del parque.

Pero aquéllos que trabajan largas horas, viven en pisos sin mascotas y viajan por negocio también tienen una opción: los cafés de gatos. La primera vez que oí hablar de Calico fue en marzo de 2007, cuando abrió sus puertas. Pero entonces era una rareza, propiedad exclusiva de mujeres solas y amantes de los gatos. Ahora es sorprendentemente popular. En marzo abrió un segundo local en Shinjuku, el elegante barrio de negocios y compras. En octubre pasado publicó un lujoso libro de grandes dimensiones sobre felinos. Y el Calico original está tan lleno que los fines de semana se recomienda hacer reserva.

Lugares para hacer amigos

Echando un vistazo a una revista en un librería encontré 39 establecimientos bajo el apartado "páginas amarillas de los cafés de gatos". Calico se promociona como un lugar ideal "para citas", para hacer "amigos" –tanto felinos como humanos-, y un "local divertido" para pasarse después del trabajo.

Pero Tokio no siempre fue así. Cuando era pequeña en los años 80, la gente tenía niños y mascotas. Sin embargo, en la última década, los japoneses han optado por menos hijos y más mascotas. En 1950, la tasa de fertilidad era de 3,65 niños, pero en 1970 ya había caído a 2,13. Cuando yo nací, en 1980, era 1,75. En la actualidad, la cifra ronda levemente por encima de un niño por mujer y las estimaciones para 2009 hablan de un promedio de 1,21 niños.

Un sábado por la tarde fui a Calico, estaba prácticamente lleno de jóvenes de cita amorosa, parejas mayores casadas pasando la tarde y mujeres jóvenes solas o con amigas. Sólo un hombre, tímido, intentaba llamar la atención de los gatos, de la gente y del personal del café. Un marido aburrido se dormía, con la boca entreabierta y los dedos sobre un gato de juguete en su regazo. Hombres y mujeres buscaban un lugar privilegiado cerca de los felinos despiertos y hacían fotos con la cámara del móvil mientras los gatos echaban la siesta o bebían agua.

Un camarero me pasó una hoja plastificada, con las reglas: use en todo momento su pase colgado en el cuello, no pueden entrar personas de menos de 10 años, los gatos demasiado pequeños para coger en brazos llevan bufandas en el cuello, no sostenga ni acaricie un gato que se resista, nunca despierte a un gato que echa la siesta, está estrictamente prohibido entrar con nébeda (también conocido como menta de gato) o alimento para gatos.

"¿Es de una raza especial aquel que parece un caniche?", pregunta una mujer a la empleada mientras su marido hace una foto del gato que mira con cara agría.

"Claro, Kukuru es muy especial. Sólo hay veinte como en ella en todo Japón", responde. El marido gruñe, impresionado y acaricia al gato dormido. No muy lejos, dos mujeres jóvenes libran una batalla muy educada y casi silenciosa por una bolsa de regalo con seis trozos de alimento (a los clientes se les permite usar la comida para que los gatos se acerquen).

Cuando salí del lugar, sólo había tres gatos despiertos y un salón repleto de adultos luchando por la atención de los felinos, arrastrándose por el suelo con gatos de juguete en forma de cañas de pescar y agitando la cámara del móvil.

Al salir y pagar, el cajero asintió con la cabeza y me dio una fotografía de gatos, del tamaño de una postal, que era una calcomanía. Había sido una verdadera ganga, aunque un poco extraña. Sin ningún compromiso posterior, una hora para acariciar un gato sólo me había costado cerca de 7 euros.