Expertos señalan que la acción de la hormona ghrelina favorece la acumulación de grasa abdominal

PAMPLONA, 17 (EUROPA PRESS)

La hormona ghrelina no sólo estimula el cerebro provocando un aumento del apetito, sino que también favorece la acumulación de lípidos en la grasa visceral, aquella que se sitúa en la zona abdominal y está considerada la más nociva.

Así se desprende de una investigación llevada a cabo por el Laboratorio de Investigación Metabólica de la Clínica Universidad de Navarra, que ha sido publicado en la revista científica 'International Journal of Obesity'.

El Laboratorio de Investigación Metabólica, dirigido por la doctora Gema Frühbeck, está integrado en el CIBER (Centro de Investigación Biomédica en Red) de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición, un grupo de laboratorios coordinado por el Instituto Carlos III. Junto al citado laboratorio, en el estudio han participado los departamentos de Endocrinología y de Cirugía de la Clínica Universidad de Navarra.

"La ghrelina es una hormona producida por el estómago, cuya función es informar al cerebro de que el cuerpo debe alimentarse. Así, su nivel aumenta antes de comer y disminuye después. Hasta ahora se sabía que era importante en desarrollo de la obesidad, pues, al estimular el apetito, favorece el aumento el peso corporal", explicó, en un comunicado, Amaia Rodríguez, doctora en Biología e investigadora principal del estudio.

Sin embargo, los investigadores de la Clínica de la Universidad de Navarra han descubierto que, además de estimular el hipotálamo para generar el apetito, la ghrelina actúa sobre la grasa. "Hemos visto que esta hormona favorece la acumulación de lípidos en la grasa visceral. En concreto, provoca la sobreexpresión de los genes de la grasa que participan en la retención de lípidos", detalló la experta.

Precisamente, señaló, la grasa acumulada en la región del abdomen está considera la más perjudicial, pues conlleva la aparición de comorbilidades al relacionarse la obesidad visceral con mayor incidencia de hipertensión o diabetes de tipo 2.

"Además, al estar situada en la zona abdominal en contacto directo con el hígado, este tipo de grasa favorece la formación de hígado graso y aumenta el riesgo de desarrollar resistencia a la insulina. Normalmente, al asociarse con hipertensión, niveles elevados de triglicéridos, resistencia a insulina y hipercolesterolemia, la grasa visceral favorece la aparición del síndrome metabólico", destacó.

La ghrelina puede presentarse en forma acilada o desacilada, cuya diferencia consiste en un ácido octanoico presente en la composición de la primera, según explica Amaia Rodríguez. Según dijo, "antes se pensaba que sólo la forma acilada era activa en el proceso de aumento de peso, pero muchos estudios han demostrado que ambas hormonas son biológicamente funcionales".

El descubrimiento de la doble actuación de la ghrelina sobre el organismo abre la puerta a futuros tratamientos contra la obesidad que, de momento, se reducen a estudios in vitro en modelos celulares y animales.

Por este motivo, a juicio de la experta, "es necesaria esa visión global del funcionamiento de una hormona para poder diseñar fármacos efectivos". "Hay muchas hormonas que intervienen en el control del apetito en el hipotálamo y al mismo tiempo pueden actuar en otros órganos, como el hígado, los músculos o la grasa, por ejemplo. Por tanto, el medicamento que se desarrolle debe bloquear la acción de la ghrelina tanto sobre el hipotálamo como sobre la acumulación de grasa abdominal", apuntó.