Por la dignidad del deporte, los futbolistas tramposos deben ser suspendidos


  • ¿No ha llegado la hora de tomarse en serio a los corruptos, sean del partido que sean, o del equipo que sean?

  • Cada jornada asistimos a episodios que devalúan un valor fundamental en cualquier competición y en cualquier sociedad: la honradez.

Fingir agresiones para lograr la expulsión de un rival debería estar penado con varios partidos de suspensión.

Fingir agresiones para lograr la expulsión de un rival debería estar penado con varios partidos de suspensión. L.I.

Seamos claros. Ahora que criticamos tanto a los políticos corruptos, ¿por qué no aplicamos una vara más rígida a los futbolistas sorprendidos en flagrantes actos de corrupción? Sí: un futbolista que finge una agresión o que claramente se tira en el área (hay tomas de televisión que no admiten dudas) corrompe al fútbol. Corrompe al juego, al público, al mismo deporte...

Sobran los motivos para que las autoridades deportivas españolas no dejen pasar ni una más. Y mucho menos en la alta competición.

Otras ligas están aplicando soluciones más eficaces que la nuestra para solventar este problema. Inglaterra ya impone sanciones económicas y suspende partidos a los jugadores que simulan penalties o agresiones. Hacen muy bien. Deberíamos imitarles aquí a la voz de ya.

Conozco a viejos aficionados al deporte cuyo interés por el fútbol ha decaído por la degeneración del llamado ‘fair play’ o juego limpio: las protestas injustificadas, las pérdidas de tiempo, las faltas inventadas… un sinfín de actitudes que en no pocas ocasiones contagian a los aficionados y devalúan un elemento capital en cualquier competición y en cualquier sociedad: la honradez.

El ejemplo de un simple colegio

Ha tenido que ser un colegio quien hace unos días nos recordaba la importancia de los valores del deporte cuando retiró de la competición a su propio equipo de baloncesto porque sus jugadores se burlaron del rival, tras haber ganado el partido. Los aplausos no se hicieron esperar desde las redes sociales y desde los medios de comunicación.

(Te interesa leer: Un colegio retira a su equipo de baloncesto porque sus jugadores insultaron al rival)

Ahora bien: ¿Por qué la actitud antideportiva que motivó la decisión draconiana de un simple colegio campa por sus respetos en los campos de Primera División? ¿Acaso un simple profesor está más obligado a proteger el buen nombre del deporte que los responsables de sus competiciones profesionales?

Ni la honradez ni la deportividad han estado jamás reñidas con el juego duro, la agresividad o la picardía. Me parece admisible que, en su legítimo fin, los participantes bordeen las líneas del reglamento con la esperanza que el árbitro no se percate o al menos se llene de dudas: ese balón que sobrepasa la línea blanca, esa pierna que derriba a un contrario, ese empujón excesivo en un remate de corner…

Al árbitro corresponde calibrar en qué medida las pugnas exceden la legalidad. Los jugadores son conscientes de que esas decisiones se toman en décimas de segundo, y de ahí que se arriesguen a inclumplir el reglamento, en el entendido que no todos los árbitros son iguales y que no siempre ejecutan las normas con el mismo criterio. Pero eso, como digo, forma parte del juego, de la emoción y del componente humano indisoluble a cualquier deporte.

Hay que decir '¡basta!'

Pero… ¿fingir una agresión? ¿Echarse las manos a la cara sin que medie el más mínimo contacto? O, como ha hecho este fin de semana Joey Barton, jugador de la Premier, ¿golpear con la cara el brazo de un rival para inmediatamente tirarse al suelo fingiendo haber sido objeto de una agresión? Si el árbitro se hubiera tragado el engaño, habría expulsado al jugador del equipo contrario. Habría cometido una injusticia que miles de personas habrían percibido como tal en el campo, y millones en la televisión. Habría lanzado un mensaje terrible a los más pequeños: hacer trampas está bien.

¿Y qué me dicen del gesto del holandés Joel Veltman, que tras pedir al contrario que no atacara porque un compañero estaba lesionado en el suelo, aprovechó la subsiguiente relajación del rival para fabricar una ocasión de gol?

¿Cuántas jugadas como estas vemos en España todas las jornadas? ¿No ha llegado la hora de considerarlas con la gravedad adecuada? ¿No es el momento de decir ‘¡basta!’? Algo falla en una sociedad que apedrea al político corrupto y jalea al futbolista embustero.

A todos los que realmente disfrutamos con el fútbol: alcemos la voz. Tolerancia cero con los tramposos. Sean del partido que sean. Sean del equipo que sean.

Sigue @martinalgarra