Miércoles, 22.11.2017 - 00:25 h

Carl Barât, de los Libertines, pincha con una maleta de discos encontrados

El músico británico visita Madrid para ejercer de dj. Le acompañamos del hotel a la discoteca y él nos invita a curiosear en su misterioso estuche de cedés en los camerinos del club Yes, We Dance!

Carl Barât, libertino de día, dj de noche

Es Carl Barât. El socio de Pete Doherty. Uno de los músicos más adorados por los fans en la década de los años 00 debido a su banda The Libertines. El esplendor del britpop en los años 90 (Blur, Oasis, Suede, Pulp) agotó la escena más fértil del pop mundial en la década siguiente y Libertines fueron, durante un buen tiempo, los más grandes. Reinaron en solitario.

Después el grupo rompió y Barât y Doherty se dedicaron a sus asuntos. Carl a sus "cositas sucias" (Dirty Pretty Things) y a su carrera en solitario; Pete a su rock y a su roll de excesos, prensa amarilla y otros tópicos del género, además de su grupo Babyshambles.

Barât, llamado por su madre Carl Ahsley Raphael, era el chico bueno de la banda, el guapo y talentoso genio que sabía llevar el ritmo de Doherty. La ruptura no duró mucho tiempo y la reconciliación llegó en forma de pequeños gestos. Próximamente, los dos genios recompondrán las piezas rotas del jarrón de los Libertines.

Es fácil ser dj

Mientras tanto, visitar ciudades pinchando en sus clubs no es una mala ocupación. El madrileño Yes, We Dance!invita a Barât a mover un poco la noche. Pero o los más jóvenes ya se olvidaron de ellos sustituyéndolos por unos The Wombats o The Vaccineso es que ya nadie se impresiona con una estrella del pop británico poniéndote los discos.

Tan sólo un grupo de unas diez personas transgreden la barrera de la cabina del dj, reclamándole un apretón de manos y una firma de un disco. Los demás, bailan a sus espaldas. Poco antes de salir, en los camerinos, Barât nos cuenta que una de las canciones especiales que piensa poner esta noche es Spanish Bombs de los Clash, en homenaje nuestro. A excepción del dj residente, pocos más celebran la canción cuando suena en la pista de baile.

El estuche de cedés grabados que trae el músico en la mano se lo encontró la última vez que pinchó en un local, y con eso le vale. Ejerce de pinchadiscos de vez en cuando, hasta ahora lo ha hecho unas cuarenta veces. Le gusta que le inviten, que le traigan, que le enseñen ciudades. Que le lleven a cenar a un sitio rico, como en la noche de sus sesión, y le dejen divertirse.

En el trajín de su camerino hay un zumbido de charlatanería en español que él mira sonriendo, sin entenderlo, sin importarle. "Es divertido", dice. En la pista de baile ocurre algo parecido. Los cuerpos bailan, charlan, beben, sonríen. Se miran, se divierten, sin entenderse, sin importarse.

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