Miércoles, 08.04.2020 - 21:11 h

Rotunda actuación de Miguel Ángel Perera en Sevilla

El diestro extremeño Miguel Ángel Perera tuvo hoy una rotunda actuación en el ruedo de la Maestranza de Sevilla, en una corrida en la que el fallo con la espada le impidió cortar alguna oreja más de la que finalmente paseó.

Paco Aguado

Sevilla, 28 sep.- El diestro extremeño Miguel Ángel Perera tuvo hoy una rotunda actuación en el ruedo de la Maestranza de Sevilla, en una corrida en la que el fallo con la espada le impidió cortar alguna oreja más de la que finalmente paseó.

FICHA DEL FESTEJO.- Toros con los hierros de Hermanos García Jiménez y Olga Jiménez, sueltos de carnes, de desigual volumen y dispares de cabezas. De juego noble y manejable pero en general, varios resultaron deslucidos por falta de raza y fuerzas, mientras que el tercero fue complicado y peligroso.

Manuel Jesús "El Cid": pinchazo y estocada caída atravesada (ovación); y estocada contraria delantera (vuelta al ruedo tras leve petición).

Sebastián Castella: pinchazo y estocada honda (silencio); y media tendida trasera (silencio).

Miguel Ángel Perera: estocada (oreja); y pinchazo y bajonazo (gran ovación).

Entre las cuadrillas destacó la brega de José Chacón con el segundo. Joselito Gutiérrez, Guillermo Barbero, Juan Sierra y Guillermo Barbero saludaron en banderillas.

Segunda corrida de la feria de San Miguel. La plaza se cubrió en más de las dos terceras partes de su aforo, en tarde ventosa.

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TAMBIÉN EN LA MAESTRANZA

A Miguel Ángel Perera le faltaba una tarde así en Sevilla para terminar de redondear una temporada en la que ha mostrado una contundente y gran regularidad en el triunfo.

Sin suerte en la feria de Abril, esta era la última oportunidad del extremeño para anotar en su repleto casillero un nuevo tanto que sumar en las plazas de máxima categoría.

Y con esa disposición, buscando el triunfo sobre cualquier otra circunstancia, salió Perea al albero sevillano, donde se las vio en primer turno con el único toro realmente complicado y con peligro de un encierro de García Jiménez muy bajo de raza.

Tuvo ese tercero de la tarde, de cinco años cumplidos, seriedad y hondura en su trapío, y también una actitud inquietante durante toda la lidia pues amagaba y probaba las embestidas hasta el límite antes de tomar las telas.

Perera se lo dejó prácticamente "crudo" en varas, confiando como siempre en el poder de su autoritaria muleta, pero las ráfagas de aire le impidieron moverla con precisión en la primera parte de la faena. Fue así como el toro, sin el suficiente sometimiento, fue creciéndose y desarrollando más complicaciones.

Esa incertidumbre le añadió suspense a un trasteo que Perera fue remontando con una impávida quietud, sin dudar ni una vez al toro y aguantando varias coladas amenazadoras hasta que se terminó imponiendo.

Asentado con una férrea plomada, le ligó Perera finalmente quince o veinte pases por alto al de García Jiménez, trayéndoselo alternativamente por uno y otro pitón en apenas un metro cuadrado de terreno. Y con tal seguridad y aplomo que los tendidos fueron enervándose también pase a pase hasta romper a aplaudir con auténtico delirio.

Una gran estocada tras varias manoletinas de escalofrío le valieron definitivamente al extremeño una de las orejas de más peso de todas las cortadas este año en Sevilla.

Salió en busca de la Puerta del Príncipe con el sexto, otro hondo cinqueño al que saludó con una larga a portagayola. Fue este un toro noble pero muy medido de fuerzas. Pulseándolas con temple, Perera fue alargando serie tras serie las embestidas por el pitón derecho -por el izquierdo se vencía sin entrega- redondeándolas y tirando del animal hasta el extremo.

Tenía así otro trofeo en la mano, hasta que pinchó en un primer intento con la espada para luego rematar la obra de un feísimo bajonazo. Pero, por encima de trofeos, la tarde de Perera fue absolutamente rotunda, tanto como ha sido todo el resto de su temporada.

A El Cid le tocaron dos toros nobles y con clase. Aunque medidos de fuerza fueron, con diferencia, los de más posibilidades. Con ellos hizo el sevillano dos faenas de decreciente intensidad, en las que sobresalieron sobre todo los largos pases de pecho. Y ambas fueron insuficientes para, aparte de algún pinchazo, provocar una suficiente petición de orejas.

Al francés Sebastián Castella le correspondieron dos toros de nulo juego. El primero, lastimado en una voltereta, se encogió afligido e incapaz de embestir, mientras que el quinto, deslucido y desfondado, se defendió topando los engaños. Ambos significaron dos nuevos capítulos del largo desencuentro de Castella y la Maestranza.

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