Los que han escapado del ERTE

¿Y los operarios, qué? La fuerza del mono azul que ha dado el callo durante la crisis

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Es 14 de marzo de 2020 a las tres de la madrugada. En Madrid será un día ajetreado, especialmente en Moncloa: durante la tarde, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decretará el estado de alarma con 292 personas muertas y casi 10.000 contagiadas por la Covid-19. A unos 600 kilómetros de distancia, en la provincia de Barcelona, A.M. baja al garaje ataviado con mascarilla y guantes para coger el coche y dirigirse a la fábrica. Algunas horas más tarde, en el municipio valenciano de Foios, J.V. hará lo propio. El primero trabaja el vidrio; el segundo, el acero y ninguno de los dos va a llenar titulares de prensa durante la pandemia ni lo hará después de ella. Hoy, a 23 de mayo, ambos pueden decir que han trabajado durante toda la crisis y que comparten la incertidumbre de los primeros días, el miedo de cuando los muertos se contaban por cientos y la relativa —y a veces ficticia— sensación de seguridad de ahora

A.M. tiene 53 años y lleva 23 como operario de máquina en una planta de producción de recipientes de vidrio. La vorágine del virus ha complicado todavía más las ya de por sí duras condiciones a las que se enfrentan a diario los trabajadores del sector. Los hornos en los que se funde el vidrio generan un calor extremo (con picos de 40 o 50 grados), que provoca una sensación de agobio y sofoco acentuado por el uso de las mascarillas. "Además", apunta A.M., "todas las máquinas son muy ruidosas". Pero ¿el ruido también es un factor a tener en cuenta a la hora de protegerse contra la Covid? Lo es. "Para comunicarnos tenemos que gritarnos al oído", dice A.M. "Desde que comenzó todo esto, más de una vez algún compañero se me ha acercado demasiado y he tenido que alejarlo de un empujón". El virus lo ha cambiado todo.  

Si A.M. funde el vidrio, lo introduce en los moldes y termina pariendo las botellas que —una vez frías, duras y etiquetadas— contienen la cerveza que a más de uno le habrá aliviado la cuarentena; J.V. hace algo parecido, pero con el acero. Tiene 59 años y desde los 35 trabaja en una empresa de fabricación de válvulas. Su papel en la fábrica, sin embargo, no se limita al puesto en la cadena de producción, toda vez que, además, es el enlace sindical. Por eso, cuando la pandemia comenzó a complicarlo se dio cuenta de que iban a ser unos meses exigentes para él y para el resto de sus compañeros. "Para nosotros no existe el teletrabajo", señala el día 21 de mayo, cuando su provincia ha dejado atrás —por fin— la fase 0 de la desescalada. "Desde primera hora tuvimos claro que teníamos que ser muy estrictos con nuestra seguridad", recuerda. 

Los obreros han tenido sus propias fases

A medida que avanzaba el estado de alarma, los ánimos se estabilizaron entre los trabajadores. "La empresa puso a disposición de los empleados geles desinfectantes y, a continuación, fueron llegando también las mascarillas". A.M. reconoce que los primeros días reinaba en la fábrica un cierto nerviosismo, pero que, poco a poco, esa fase dejó paso a otra, que más que de resignación fue de un cierto alivio. A lo ancho y largo del país, mucha gente se estaba teniendo que ir al ERTE y todo parecía indicar que en su caso no iba a ser así. El 29 de marzo, el BOE reflejó la decisión del Gobierno acerca de qué sectores iban a ser esenciales durante el estado de alarma y cuáles no. A.M siguió con atención las noticias del día y, tras algo de confusión y una confirmación oficial, comprobó que todo iba a seguir tal y como estaba. 

Con más atención si cabe las siguió J.V. en Valencia. Él y sus compañeros llevaban una semana en casa porque la compañía permanecía cerrada, aunque, finalmente, el Ejecutivo de Sánchez consideró esencial su labor. En estas circunstancias, casi nunca nada es blanco o negro. Por un lado, las noticias fueron buenas: más vale pájaro en mano que ciento volando. Por otro, tener que salir cada día a trabajar es más peligroso que quedarse en casa. Ese miedo "llevó a algunos compañeros a pedir las vacaciones porque consideraban muy peligrosa la situación". Recuerda que, en un principio, las condiciones de seguridad no eran óptimas y por eso varios empleados tomaron esa determinación. De forma paulatina, eso sí, la empresa comenzó a aplicar distintos mecanismos de seguridad. 

Los protagonistas de esta historia y, como ellos, tantos otros en España llevan dos meses entrando en calzoncillos a casa para reducir al máximo el riesgo de meter la Covid en sus hogares. Como si de sanitarios se tratara, A.M. y J.V. dejan zapatos, camisetas y pantalones en la entrada de sus viviendas como parte de un ritual que separa los dos mundos: la fábrica y el hogar. Pero nada tiene que ver con eso. La realidad es mucho menos romántica: el Gobierno recomienda no salir a la calle y ellos van cada día a trabajar, sudan, se relacionan con el resto de sus compañeros, se tocan la cara y se exponen al peligro. La suya no es una ocupación que se desempeñe en primera línea. Sin embargo, el riesgo existe

Solo un  30% de españoles puede teletrabajar

En un informe presentado el 12 de mayo, el Banco de España situó en un 30% el porcentaje de trabajadores españoles que potencialmente podrían teletrabajar. Por razones obvias, la industria no entra en esa ecuación, al menos los operarios rasos, los de maquinaria pesada, etc. En nuestro país, la industria es el tercer sector que más aporta a la economía (por detrás del turismo y del sector público), con un 14,2% de peso en el PIB (en datos de 2019), que se sustenta en el trabajo de más de dos millones setecientos mil operarios (según datos del primer trimestre de 2020). 

El papel de héroes en esta crisis lo han jugado, y con mucho mérito, los sanitarios, y las circunstancias han llevado al turismo y a los autónomos a copar las portadas de los diarios. Pero el obrero más paradigmático, el que siempre llega a casa con las uñas sucias de grasa y ahora también con la mascarilla negra por el humo, ha dado el callo como el que más durante la pandemia. Ha soportado cambios de turno para evitar aglomeraciones, ha visto cómo su trabajo se volvía más solitario y cómo miles de españoles enfermaban y morían mientras él seguía con un ritmo laboral idéntico al de la 'vieja normalidad'. Pero no se le ha oído quejarse. Ha entendido su papel, se ha arremangado y ha seguido adelante. 

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