Haití: mandíbulas, cráneos y teclados para evadirse del dolor tras el terremoto

  • Resurgiendo entre las ruinas, el arte haitiano se ha convertido en la mejor forma de canalizar el dolor tras el terremoto. Desde esculturas hechas con mandíbulas humanas hasta monstruosos hombres de cables, todo vale si hablamos de expresión.
Arte en Haití
Arte en Haití
Donovan Webster, Puerto Príncipe (Haití) | GlobalPost
Donovan Webster, Puerto Príncipe (Haití) | GlobalPost

En medio de un entorno de tremendas necesidades, de diversas formas de dolor, amenaza y pobreza, el Haití post terremoto ha logrado encontrar maneras de evadirse de la realidad.

Una de ellas es el arte. Siguiendo su larga y rica tradición de creación artística y musical, el desarrollo de la cultura continúa en la isla pese a las privaciones.

Para los haitianos, un pueblo sometido durante mucho tiempo a los intereses coloniales o empresariales, el arte siempre ha sido una forma de evasión.

Es más que una simple forma de autoexpresión; es una manera de reivindicar no sólo la individualidad, sino la independencia de las fuerzas que dominan la vida haitiana.

Es fundamental, no sólo para la vida cotidiana, sino para algo aún mayor: para tener una sensación de independencia y de moral personal. Los haitianos no sólo adoran y disfrutan el arte, sino que también lo protegen.

Según el músico haitiano Wyclef Jean (ex candidato presidencial a las elecciones post terremoto), "el pueblo haitiano es listo y capaz". "Son trabajadores, llenos de recursos. El truco es conseguir que salgan de las tiendas y de los campamentos y vuelvan a formar verdaderas comunidades. Sólo necesitan la capacidad de construir; no que les regalen cosas y ya está. Necesitan únicamente ese primer..." (y hace un gesto con las manos como ayudando a volar).

Para echar una ojeada a la vibrante escena artística haitiana, el fotógrafo Ron Haviv y yo nos dirigimos a una comunidad artística en el centro de Puerto Príncipe que celebra la Segunda Bienal del Gueto. Vemos un buen montón de arte con reminiscencias de África occidental y sacrificios vudú.

El vudú es una religión que practican unos pocos, pero que muchos conocen (y temen). Y es la fuente de un arte muy llamativo.

La Bienal del Gueto es una exhibición potente. Hay gente por todas partes. En el exterior hay unas esculturas altas, negras, de metal, coronadas por cráneos humanos auténticos también pintados en negro.

"Sí, son de verdad", me dice un hombre que mira las esculturas cuando pruebo a tocar uno de los cráneos con mi dedo índice. "El artista los consigue porque su taller está cerca de un cementerio".

Dentro hay más obras de arte: pinturas con mandíbulas humanas incrustadas y unas esculturas hechas con el interior de neumáticos viejos que parecen fantasmas oscuros y enfadados. Son trabajos del artista Cadet Gory.

Finalmente me reúno con Timoun Klere. Sus obras se han expuesto internacionalmente. "He expuesto con muchos artistas contemporáneos, como Damian Hirst", asegura, y me enseña un catálogo para demostrarlo.

Ahora, muchas de las esculturas de Klere son masas complejas de acero y cables en forma de cuerpo humano. A menudo utiliza teclados de ordenador para simular las cabezas. "Bueno, es que nos estamos convirtiendo en eso", explica. En algunas de sus esculturas ligeramente humanoides coloca patines en lugar de pies. "Son para recordar el terremoto".

Dirige una pequeña escuela de arte en la capital, en donde enseña a unos 20 artistas jóvenes desde pintura y escultura hasta multimedia.

Klere camina por la calle con aspecto animado, pese a reconocer que los dos últimos años han sido duros para Haití. "Odio decir esto, pero después del terremoto, cuando llegaron todas las ONG y toda la ayuda, Haití se murió un poco.

Las ONG se quedaron con todos los trabajos cuando llegaron. Distribuyeron cosas entre la gente, pero dieron poco trabajo a los haitianos. Y los haitianos necesitan trabajar. De ahí ha salido siempre nuestra confianza".

Se detiene durante un segundo y mira el frenético tráfico en una de las principales avenidas de Puerto Príncipe. Mira a la gente en las aceras. Empieza a caer el sol. "¿Sabes?", dice finalmente, y después sonríe moviendo la cabeza. "No es que no queramos ayudar. Es que no necesitamos sentirnos impotentes".

Con decenas de miles de muertos y 1,6 millones de desplazados y a nadie a quien culpar por ello, ONG, gobiernos, militares e individuos particulares llegaron a la isla tras el terremoto para cubrir las obvias y urgentes necesidades del pueblo.

Aún así, ese sentimiento de impotencia florce una y otra vez durante mi visita a la isla.

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