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Kike alpinista Monte Perdido
Kike Fernández, guía de montaña y alpinista oscense, es uno de los testigos de la transformación del glaciar de Monte Perdido.
SERGIO PADURA

Testigos del cambio climático: así ven cuatro alpinistas el deshielo de Monte Perdido

Dos alpinistas, un guía de montaña y un geólogo son los ojos que nos acompañan en un viaje para comprender el deshielo de Monte Perdido, uno de los últimos glaciares que quedan en nuestro país. Situado en la cordillera pirenaica, es el que mejor refleja el impacto del cambio climático sobre el deshielo, un proceso natural ahora acelerado.

El Pirineo Aragonés encierra una de las grandes joyas geológicas de España, un gran tesoro que guarda información relativa al clima de los últimos 2.000 años y que está abocado a desaparecer. El glaciar de Monte Perdido es el punto de unión de cuatro enamorados de esta cordillera, la misma que guarda los últimos ocho glaciares de nuestro país y cuya desaparición está cada vez más cerca a causa de los efectos del cambio climático. De hecho, se calcula que en los próximos 20 o 30 años ya no quede nada del glaciar de Monte Perdido.

En la actualidad, el Pirineo alberga 19 glaciares: 11 en la zona francesa y ocho en España. En 1850, se contaban hasta 52. Un cambio que Ánchel Belmonte, el director científico del Geoparque Mundial UNESCO “Sobrarbe-Pirineos”, ha visto con sus propios ojos. Monte Perdido fue para él un punto de inflexión en su vida, subirlo significó entender que quería hacer de su amor por la montaña, su profesión: “Tenía 17 años la primera vez que lo crucé. Salí del refugio con mis amigos y bajamos por la cara norte de Monte Perdido. Esa fue la primera vez que lo vi y la impresión fue duradera, porque todavía continúa y esa visión influyó en mi interés por estudiar geología después”.

Glaciar Monte Perdido
El glaciar de Monte Perdido en 2018.
ÁNCHEL BELMONTE

Situado en el corazón de la cordillera, en la provincia de Huesca, desde aquí cualquiera puede visitar las reservas de hielo más meridionales de todo el continente europeo. “Monte Perdido fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 1997 y seguramente desaparezca en unos 20 o 30 años”, junto con el resto de glaciares del Pirineo, tal y como asegura Ánchel.

“No es un glaciar más”, explica Kike Fernández, alpinista, guía de montaña de la zona y aficionado a la geología. “Es un sitio donde te quedas con la boca abierta, seas ‘pirineista’ o no, solo te hace falta ser normal para no poder cerrar la boca”. Monte Perdido destaca por ser el glaciar español más estudiado de todos y por sus dimensiones: su pico alcanza los 3.355 metros de altura y tiene una extensión de entre 2.700 y 3.250 metros, divido en dos volúmenes, lo que lo convierte en la montaña calcárea más alta de Europa occidental.

Ánchel Belmonte, Director Científico del Geoparque Mundial Unerco “Sobrarbe-Pirineos”
Ánchel Belmonte, Director Científico del Geoparque Mundial Unerco “Sobrarbe-Pirineos”
SERGIO PADURA

Para Kike, al igual que para Ánchel, el glaciar tiene un significado muy personal. “Quien va a escalar Monte Perdido porque cree que tiene que hacerlo y conquistar otro pico; llega, sube y se baja, no ha aprendido nada de la vida”, resalta Kike. Por eso, sus esfuerzos se centran en intentar admirar esta joya geológica mientras esté con nosotros, porque, tal y como cuenta el geólogo: “Que los glaciares aparezcan y desaparezcan es algo natural, ha ocurrido infinidad de ocasiones y seguirá ocurriendo. La diferencia con el presente es que el calentamiento climático actual, que contribuye a su disminución, está acelerado por la actividad humana”.

“Quien va a escalar Monte Perdido porque cree que tiene que hacerlo y conquistar otro pico; llega, sube y se baja, no ha aprendido nada de la vida”

Una rareza que desaparece

El glaciar de Monte Perdido es único por su localización y morfología. “Es muy raro”, explica Ánchel, que el Pirineo Aragonés cuente con un glaciar como este, “ya que se suele encontrar en montañas mucho más altas y latitudes polares. Que esté donde nos encontramos es una verdadera rareza”.

En cuanto su morfología, para el geólogo llama la atención “la forma que tiene, cómo se dispone en la ladera norte. Es una morfología bastante peculiar y muy bonita” que, además, está en activo. Que un proceso geológico de este calibre este vivo significa que está en movimiento. El día que su masa de hielo permanezca estática, también se detendrá su existencia como tal, un proceso que el propio Kike, a sus 58 años, ha ido viendo a lo largo de las décadas: “Hasta los años 70, siempre se escalaba en verano, era raro hacerlo en invierno. En cambio, a partir de los años 80, prácticamente siempre se ha escalado en invierno, con lo que la fisionomía del glaciar ya no es la misma”.

Se han perdido 1.800 hectáreas de hielo en todo el Pirineo Aragonés y se calcula que, cada año, Monte Perdido pierde 1 metro de espesor de hielo

Echando la vista atrás, el alpinista recuerda cuando escaló el glaciar por primera vez hace ya más de 25 años: “La gente de mi generación, cuando jugábamos a ser alpinistas nos leíamos todos los libros habidos y por haber de los ‘pirineistas’ clásicos, y Monte Perdido era una norte que tenías que hacer sí o sí y en cuanto pudimos hacerla, la hicimos. En aquellos tiempos era una aventura, imagínate: ibas en un coche destartalado desde Jaca andando hasta allí con los mochilones, subías a la cima… era otro mundo, ahora la gente la hace en nada”.

Tal y como cuenta, Monte Perdido lucía en todo su esplendor en los años 70, hasta que en los 90 se produjo el cambio más notable y quedó separado en dos franjas de hielo. Unos años después, en 2008, las rocas comenzaron a aparecer en su centro, las mismas que hoy se esparcen por toda su base y la calientan, acelerando el deshielo. Así respaldan los datos lo que cuentan los propios alpinistas, recogidos en el estudio El cambio climático en los Pirineos: impactos, vulnerabilidades y adaptación, elaborado por el Observatorio Pirenaico de Cambio Climático (OPCC): se han perdido 1.800 hectáreas de hielo en todo el Pirineo Aragonés y se calcula que, cada año, Monte Perdido pierde 1 metro de espesor de hielo. En 2019 contaba con 35 metros.

Ha cambiado mucho, sobre todo recuerdo verlo en mi primera misión el plano desde abajo, el labio inferior era una cascada de seracs [bloques de hielo fragmentados por el movimiento] de unos 30 o 40 metros que llegaban hasta abajo casi de la roca. Ahora vas y todo eso es un bisel. Ya queda muy poquito de espesor”. Kike sabe bien de lo que habla, ha llegado a visitar el glaciar hasta en seis ocasiones.

Ahora, “el glaciar son dos glaciares”, cuenta el guía de montaña, ya que el hielo ha quedado separado por una franja de roca en el medio. “En verano siempre están separados uno de otro, aunque en invierno parece que se junten por la nieve, pero no quiere decir que la rimaya ya no esté”. Este es el glaciar que mejor refleja el impacto del cambio climático y la consecuente aceleración de pérdida de hielo en la cordillera aragonesa gracias al esfuerzo del Instituto Pirenaico de Ecología-CSIC (IPE) por llevar a cabo mediciones anuales en el terreno. De las 2.000 hectáreas de masa glaciar que se calcula que ocupaban la zona en 1850, ya han desaparecido el 90%. En la actualidad, el glaciar ocupa una superficie de 37 hectáreas, más de diez menos que en 1981.

Ante este proceso de desaparición, Kike prefiere ser práctico: “El glaciar es un ente vivo que vive y se muere, como todos”. La “pena” no tiene cabida en sus sentimientos ante una joya como Monte Perdido.

“El glaciar es un ente vivo que vive
y se muere, como todos”

Desaparecer para dar vida a algo nuevo

¿Qué significa realmente que se pierda un glaciar? “Desde un punto de vista geológico, estamos perdiendo un archivo del clima del pasado, indispensable para poder entender el clima del presente y el clima al que nos estamos enfrentando”. Ánchel Belmonte presenta a Monte Perdido como un gran libro que contiene datos del pasado que no se pueden buscar en ningún otro lugar.

Rafael Redondo, alpinista
Rafael Redondo, alpinista
SERGIO PADURA

En un lugar donde la temperatura se ha incrementado 1,5 grados (frente a los 0,7 grados en el resto del Planeta), los vecinos enamorados de la montaña son los mejores testigos de la desaparición de Monte Perdido. Rafa Redondo subió en 1994, cuando sintió una “impresión muy fuerte, muy agradable”. Ahora, explica que “el glaciar es hielo cristalizado. Está perdiendo un metro de espesor casi cada año. Desde el 2011 hasta el 2018, ha perdido 7 metros de espesor”.

Rafa suele atravesar el glaciar cada dos o tres años para llegar a Ordesa en compañía de su compañero Jesús Martín, quien cuenta que suelen detenerse en el Marmoré “para admirarlo de frente”. Con 63 años, Jesús, alpinista de la zona desde joven, cuenta su relación con el glaciar: “Hemos visto el glaciar desde siempre. Llegué a subirlo con 15 años, pero entonces no sabías ni lo que era un glaciar, subías y listo. Para mí, ha sido el valle que más me ha impresionado. En la última parte, que se llama el embudo, iba subiéndolo con un compañero y ni nos veíamos de la niebla que había, pero, al llegar arriba, de repente daba una luz muy directa y se veía tan intenso el azul del hielo… me quedé impresionado”. Para él, no hay joya geológica que se pueda comparar a Monte Perdido. “Hay valles mucho más majos, pero como este, ninguno. Es uno de los que más me han marcado en toda mi vida. Es como si llegaras a otro mundo”.

Jesús Martín, alpinista
Jesús Martín, alpinista
SERGIO PADURA

Todos ellos sienten como nadie la desaparición del glaciar, que no quieren tratarlo como si se tratase de una “muerte”, tal y como explica el geólogo Ánchel: "En los puntos donde está desapareciendo el glaciar, ves cosas nuevas, como por ejemplo los lapiaces. Son preciosos, una auténtica muestra de orfebrería geológica, es una maravilla. Pero no es un glaciar, es otra cosa. No es ni mejor ni peor, sino un elemento geológico que desaparece y cede su espacio a otro”.

“Para mí es cambio”, coincide Kike: “Cambian los hielos, la roca, lo que le rodea… lo que no cambia es la quietud y el silencio de estar ahí en medio tú solo”. Y cree que la cura está en acercarse a conocer el glaciar, porque “cuando conoces el medio, lo amas, y cuando lo amas, lo cuidas más. La ignorancia es lo que mata el mundo”.

Los alpinistas como Rafa sienten “resignación”, pero ve el destino del glaciar con cierta esperanza: “Hay que intentar sacar toda la documentación que se pueda del hielo para que quede para las generaciones futuras. Lo único que se puede hacer es disfrutar de todo lo que se pueda recopilar”.

Jesús y Rafa frente al glaciar de Monte Perdido en 1994.
Jesús y Rafa frente al glaciar de Monte Perdido en 1994.
SERGIO PADURA

Frente a esa mirada catastrofista de algunos, Ánchel anima a disfrutar de esta joya geológica: “De momento tenemos glaciares para muchos años y lo que hay que hacer es aprovechar y subir a gozar de él”. Lo dice quien ama este glaciar como a su propia familia: “A lo largo de los años he visto cómo a mis padres se les encanecía el cabello, les iban saliendo arrugas, iban perdiendo fuerza, y los he querido igual o más; pues con el glaciar me pasa lo mismo. Ver cómo evoluciona, se deteriora la frescura de sus formas, se reduce el volumen de su espesor de hielo... Para mí es un regalo haberlo conocido en un estado mucho mejor y es un regalo también el estar siendo testigo de un proceso natural como es la evolución de un glaciar hacia su extinción, de manera que lo disfruto lo mismo, lo quiero lo mismo; con glaciar o sin él. Esas montañas son mi lugar en el mundo y las apreciaré con lo que me ofrezcan en toda circunstancia”.

“De momento tenemos glaciares
para muchos años y lo que hay
que hacer es aprovechar y subir
a gozar de él”

La luz que refleja el hielo milenario de Monte Perdido se apaga cada día a una velocidad superior, pero todavía sigue siendo hermoso en sus últimos estadios y, tal y como explica este geólogo, si hay que sacar una enseñanza de esto es la de frenar el cambio climático reconduciendo nuestra forma de estar en el planeta, de forma que no perturbemos los procesos naturales.

Sostenibilidad: la clave para preservar las joyas del futuro

La lucha contra el cambio climático y la preocupación por el medio ambiente es uno de los pilares de Coca-Cola, que lleva años apostando por la sostenibilidad a través de su modelo de negocio. En 2017, la empresa presentó su estrategia Avanzamos para Europa Occidental, con la que se marca nuevos y ambiciosos objetivos para 2025 y que se divide en seis ejes: ofrecer bebidas con menos azúcar, utilizar envases más sostenibles, ser un agente de cambio positivo en la sociedad, hacer un uso eficiente del agua, reducir emisiones y trabajar con una cadena de suministro responsable.

Coca-Cola se ha comprometido a reducir en un 50% sus emisiones en operaciones directas para 2025 con respecto a 2010

Entre sus proyectos, Coca-Cola se ha comprometido a reducir en un 50% sus emisiones en operaciones directas para 2025 con respecto a 2010. El objetivo fijado inicialmente era disminuir un 35% las emisiones en toda su cadena de valor para 2025 con respecto a 2010, algo que casi había alcanzado (30,5%). Ahora, sin embargo, refuerza su compromiso: se ha propuesto rebajar esas emisiones un 30% más para 2030, y alcanzar la neutralidad de carbono en 2040.

Además, dentro de cinco años esperan recoger y reciclar el 100% de sus envases comercializas, que el 100% sean reciclables y que el 50% del plástico utilizado sea reciclado. Como prueba de su compromiso, la compañía se ha unido a iniciativas recientes como la Alianza Europea para una Recuperación Verde, promovida desde el Europarlamento para que las inversiones futuras cumplan los principios ecológicos; Recover Better, impulsada por el Pacto Mundial de la ONU para que los gobiernos den prioridad a la acción climática; y Build Back Better, de la Fundación Ellen MacArthur en apoyo de la economía circular.

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