No somos lo que comemos, somos lo que pensamos que comemos

Investigadores de la Universidad de Yale descubren que nuestros estados mentales influyen en nuestro metabolismo y en la sensación de hambre y saciedad. Nuestro cerebro desencadena la reacción metabólica en función de lo que vemos en la etiqueta y lo que creemos estar tomando.

Imagen: Getty

Estás delante de un cremoso batido y alguien te ha advertido antes de que tiene un montón de calorías. Aunque parezca una nimiedad, esa información llega a tu cerebro y modificará la manera en que tu cuerpo procesa el alimento. Cuando hayas sorbido el último trozo de nata y chocolate, te sentirás más saciado que si alguien te hubiera dicho que es un batido "light".

Un grupo de investigadores de la Universidad de Yale, encabezados por el psicólogo Alia J. Crum, acaba de descubrir que la comida no solo entra por los ojos sino que, de alguna manera, la metabolizamos por lo que creemos que es. En otras palabras, lo que creemos estar comiendo influye en la manera en que nuestro cuerpo lo metaboliza.

Para comprobarlo, Crum y su equipo realizaron un experimento con 46 voluntarios a los que citaron en dos sesiones con una semana de diferencia y les hicieron beber dos batidos. A los sujetos se les explicó que el primer batido tenía 640 calorías y que el segundo era mucho más ligero y solo tenía 140. Además, se etiquetó cada batido de forma diferente, con una decoración de producto "cremoso" o de producto "light" según el caso, y después se hicieron análisis de sangre en diversas tomas.

A la izquierda, etiqueta del batido con más calorías. A la derecha, etiqueta para el batido "light"

Lo que no se explicó a los voluntarios es que el batido que habían tomado las dos veces era idéntico y tenía una cantidad de calorías intermedia: 380. Sin embargo, los niveles de ghrelina en su sangre, la conocida como "hormona del hambre", sí cambiaron sustancialmente en función de lo que ellos habían creído estar comiendo. En concreto, cuando tomaban el batido "grasiento" los niveles de ghrelina descendieron de forma notable mientras que los niveles se mantuvieron estables con la etiqueta de producto "light".

Durante la última década, los investigadores han avanzado mucho en la compresión de los mecanismos moleculares que regulan el apetito. En el año 1999 se identificó una hormona, bautizada como ghrelina, que se activa cuando el estómago está vacío o se detecta una falta de energía y regula el proceso junto a otra hormona llamada leptina. Una vez que la señal de la ghrelina llega al cerebro, se activa la sensación de hambre y, una vez que comemos, activa los mecanismos para detener el proceso y tener la sensación de saciedad.

Con el engaño del experimento, el cuerpo enviaba la señal equivocada al cerebro en función de un condicionamiento cognitivo previo, un fenómeno que podríamos entroncar con el efecto placebo.

Misteriosos efectos mentales

"Este estudio indica que el estado mental puede afectar a la sensación física de saciedad", asegura Alia J. Crum. "El cerebro fue inducido a pensar que el sujeto estaba lleno o insatisfecho. Esa sensación dependía de lo que la gente creía que estaba consumiendo, más que en lo que realmente estaban consumiendo".

El trabajo concluye que, como sucede con el efecto placebo, las alteraciones del estado mental influyen en la sensación de saciedad. La explicación última de cómo se produce está todavía muy lejos, pero los científicos llevan años haciendo aproximaciones al fenómeno. El propio Crum, por ejemplo, realizó hace unos años un interesante estudio con limpiadoras de hotel. Seleccionó a un grupo de trabajadoras con costumbres sedentarias y les aleccionó sobre los efectos saludables que tenía su actividad. Al cabo de un mes, el cambio de estado mental en las mujeres había provocado que la mayoría perdieran peso y mejoraran sus niveles de tensión arterial.

"El trabajo es muy similar", asegura Crum a lainformacion.com. "Cada uno de esos estudios pone encima de la mesa que nuestros estados mentales tienen importantes implicaciones en la parte fisiológica de nuestro cuerpo".

Consecuencias del mal etiquetado

¿Qué consecuencias puede tener este efecto en nuestra vida cotidiana? Como dicen los autores del trabajo, "nosotros hemos manipulado las etiquetas para realizar un experimento, pero en el mundo real la manipulación del etiquetado con otros propósitos está a la orden del día". Si las empresas etiquetan como saludables "bajos en calorías" que no son ligeros ni saludables se puede provocar una respuesta incorrecta de la ghrelina, que interpretará que no estamos saciados e incrementará el consumo.

"Esta yuxtaposición de nutrientes poco saludables con reclamos engañosos sobre la salud", explican, "podría ser especialmente peligrosa". No solo estaríamos comiendo un alimento poco sano, sino que nuestro cuerpo nos pediría comer más para compensar que hemos comido algo tan "ligero".

Por el lado contrario, bromean, y una vez que conocemos este efecto, "tal vez podríamos empezar a acercarnos a los alimentos saludables con otra mentalidad y experimentar la satisfacción fisiológica de habernos comido un pastel".

"Lo mejor para los individuos", nos explica Crum, "sería aprender a adoptar una actitud de "indulgencia" hacia la comida de manera consciente, es decir, comer con la sensación de que es suficiente y nos aportará el valor nutricional que necesitamos. Y sospecho que a esto puede ayudar comer más despacio, saborear la comida, apreciarla y usar todos los sentidos".

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