Calcuta o la fiebre india por el fútbol

  • En el Salt Lake Stadium de Calcuta, tras Maracaná, el segundo estadio más grande del globo, una prensa sensacionalista cubre a diario los entrenamientos y las crisis semanales de los equipos, lo que refleja la fiebre por el fútbol en este país Hablar de balompié en el gigante asiático significa referirse a la región oriental de Bengala y a su capital, la populosa Calcuta, por la que se han pasado ilustres de la talla de "la araña negra" Yashin, Maradona, Oliver Khan o más recientemente Messi

Igor G. Barbero

Calcuta (India), 22 oct.- En el Salt Lake Stadium de Calcuta, tras Maracaná, el segundo estadio más grande del globo, una prensa sensacionalista cubre a diario los entrenamientos y las crisis semanales de los equipos, lo que refleja la fiebre por el fútbol en este país

Hablar de balompié en el gigante asiático significa referirse a la región oriental de Bengala y a su capital, la populosa Calcuta, por la que se han pasado ilustres de la talla de "la araña negra" Yashin, Maradona, Oliver Khan o más recientemente Messi.

En esta ciudad, el críquet ve seriamente discutido su trono, y se levanta desde hace casi tres décadas el Salt Lake Stadium, con capacidad para 126.000 espectadores, que se desperdigan en unas gradas más nutridas de hormigón que de asientos y butacas.

Hasta tres equipos locales de "Primera" juegan habitualmente en su abrasadora hierba artificial, incluido el de mayor solera en el país, los bogavantes "vinotinto" del Mohun Bagan AC.

Fundado en 1889, bastante antes que muchos de los grandes clubes europeos, el decano indio pasa en los últimos años por una fase de vacas flacas, muchos cambios y pocos trofeos.

La gloria se la llevan ahora su acérrimo rival y vecino, el East Bengal, que ganó esta semana la Supercopa, y combinados del sur de la India, el otro islote futbolístico del país.

Los rojigualdos del East Bengal tienen su caladero en descendientes y emigrantes de la parte del territorio histórico de Bengala perteneciente hoy a Bangladesh, un país que de hecho está 25 puestos por delante de la India en la clasificación de la FIFA.

"Aquí se vive mucho el fútbol y la gente está dividida, aunque el Mohun es el equipo nacional", zanja el aficionado Partha Banerjee, cuyo discurso es similar en muchos otros consultados a pie de calle por Efe.

"Nosotros somos el club con mayor número de seguidores", presume con seguridad el secretario financiero del Mohun, Debasis Dutta, mientras observa con atención desde la zona VIP el amistoso que el equipo disputa a primera hora de la mañana de un miércoles.

El encuentro se acaba resolviendo con facilidad e incluso marca su rutinario gol el fichaje estrella, el delantero nigeriano Odafa Okolie, pichichi de las últimas cuatro temporadas.

No sirve, en cambio, para atajar las ácidas preguntas al entrenador británico Steve Darby, el sexto en 18 meses, al que una veintena de cámaras y reporteros -y decenas de niños- persiguen desde el pitido final por el césped y vestuarios.

"Entrenar en este país es un desafío. El Mohun es el FC Barcelona de la India aunque nunca se sabe cómo está el equipo, unos días lo hacen espléndidamente y otros fatal", bromea a Efe Darby, un técnico con amplia experiencia en potencias futbolísticas emergentes.

Ya luego, con un semblante algo más serio, admite: "He estado aquí sólo tres meses y han sido los más largos de mi vida. Los medios se inventan las historias. Vine básicamente por dinero pero no hay infraestructuras, programas de desarrollo".

Tres días después de estas palabras, justo en la víspera del comienzo de la liga nacional, el inglés dimitió harto de la presión y de la falta de sintonía con el equipo directivo, que le había impuesto incluso un comité técnico.

Se trata de la última vuelta de tuerca de un equipo valorado en apenas 2,6 millones de dólares y de un liga con estructuras semi profesionales que permiten vivir a unos 300 jugadores pero que tiene un intríngulis más digno de los grandes campeonatos de Occidente.

El fútbol en Calcuta se mantiene vivo gracias a una legión de seguidores de entorno económico modesto, capaz de llenar el Salt Lake por unas entradas que cuestan sólo 50 rupias (un dólar) y de consumir luego unos diarios deportivos de dos rupias.

"Las cosas están difíciles. Contamos con buenos jugadores pero la estrategia no funciona", dice a Efe con una sonrisa Sangita Bose, un joven aficionado.

"Eso sí, te aseguro que creemos en Dios más que en otros lugares y tenemos a miles de dioses a los que rezar", remata.

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