Martes, 22.01.2019 - 14:30 h
Junto a 'La Biblia', la obra más influyente

El año de Marx y 'El Capital', el libro de economía que pudo cambiar la historia 

Este año que se va se cumplió el 200 aniversario del nacimiento del pensador, cuya principal obra aún genera debate sobre su validez.

Monumento a Marx en Chemnitz, en la antigua RDA / Pixabay
Monumento a Marx en Chemnitz, en la antigua RDA / Pixabay

El año que se esfuma ha sido calificado por algunos como el año de Karl Marx. Hace 200 años que nació este alemán que fue filósofo, economista, político y periodista, y cuya obra ha ejercido una influencia sin parangón en toda la humanidad.

Salvo la Biblia, no se ha escrito ningún libro con mayor impacto en la humanidad como 'El Capital'. Al igual que la interpretación de la Biblia desató las guerras de religiones de los siglos XVII y XVII que causaron millones de muertos, 'El Capital' ha sido la obra fundacional de los movimientos comunistas desde la Comuna de París en 1871 hasta los regímenes comunistas de hoy.

¿Cómo es posible que ese libro haya tenido tal impacto?

Fundamentalmente por dos razones: la primera, porque ofrecía un patrón sencillo para interpretar la historia. La historia de la humanidad es la historia de la lucha por el control de los medios de producción, decía Marx. Por un lado, las clases dominantes tratan del someter a las clases más débiles usándolas como mano de obra.

En ese proceso, la clase dominante se apropia del trabajo de los obreros para explotarles, obtener una plusvalía y expandir su poder a través del comercio mundial. La lucha entre los intereses de la clase trabajadora y la clase dominante al final generará una rebelión que, como una ley física inevitable, desembocará en el control de los medios de producción por la clase obrera para distribuir esa riqueza entre todos e implantar una nueva forma más justa de organizar la sociedad: la dictadura del proletariado.

La segunda razón del éxito de 'El Capital' era que el libro nació en el momento adecuado, cuando la Revolución Industrial mostraba su cara más cruel, con fábricas que empleaban a mano de obra infantil, horarios inhumanos y condiciones de vida paupérrima para los trabajadores.

También nació en el sitio adecuado, el continente europeo donde se estaban fraguando profundas revoluciones sociales: las revoluciones nacionalistas (nacimiento de la nueva Alemania, la nueva Italia, la nueva Polonia), y las revoluciones sociales de 1848, y de 1871.

Esta última se inspiró en las ideas de Marx, razón por la cual el periódico Financial Times definió a Karl Marx como "el pensador más peligroso de Europa".

Tras su aparición en idioma alemán ('Das Kapital' fue publicado en varios tomos entre 1867 y 1883), fue traducido al inglés, francés, italiano, español, ruso… En principio, la idea sonaba bastante atractiva, sobre todo para los trabajadores que vivían en condiciones deplorables. La dictadura del proletariado les prometía que ellos serían los nuevos dueños, eliminarían las causas de su pobreza y crearían una sociedad sin distinción de clases: todos iguales.

Sin embargo, había algunos detalles que se les pasaron por alto a los que anhelaban ese paraíso: en ese nuevo estadio de desarrollo social, alguien tenía que dar las órdenes y organizar las cosas. Es decir, unos pocos dominarían a la mayoría. Era imposible que todos los proletarios fueran jefes y súbditos a la vez, sobre todo si hablamos de comunidades de millones de personas.

Porque una cosa era la Comuna de París de 1871 formada por miles de trabajadores que se levantaron contra el Estado francés, y se organizaron en comunas autogestionadas regidas por decretos revolucionarios, que tomaron las fábricas, crearon guarderías, abolieron las deudas de los trabajadores y funcionaron con asambleas durante 60 días hasta que la represión del ejército acabó con aquella pequeña ‘dictadura del proletariado’, como la calificó Marx, viéndola como un ejemplo.

Y otra cosa era imponer esa dictadura a mayor escala. Eso fue lo que sucedió en Rusia, que dio pie a la dictadura de un partido sobre la masa. Tras 70 años, la Unión Soviética cayó, como diría Marx, víctima de sus contradicciones: represión, pobreza, atraso, y sobre todo, explotación y aniquilamiento de los trabajadores.

Otro de los detalles que Marx no contempló es la natural simbiosis entre el hombre y la propiedad. A pesar de que 'El Capital' se presentaba como un estudio científico para demostrar que la propiedad capitalista alienaba al trabajador convirtiéndolo en un instrumento (por lo cual había que eliminarla en el estado comunista), desde Darwin, las ciencias de la naturaleza han ido destapando lo contrario: la propiedad es una extensión natural del ser humano. Incluso, una obra de dos economistas del MIT y de Harvard titulada 'Por qué fracasan los países' (Acemoglu y Robinson), venía a proponer que la prosperidad de las naciones se debía, sobre todo, al respeto de la propiedad privada de los ciudadanos.

De hecho, como recuerdan los autores, la nueva China, nacida en los años 70 con la apertura de Deng Xiaoping, se basó en acabar con la colectivización de la propiedad que seguía las tesis marxistas.

Una de las más terribles críticas al estado marxista, la escribió un autor del que casualmente, este año se ha celebrado (aunque de forma desapercibida) el centenario del nacimiento: Alexander Solzhenitsin. Aprovechando cierta apertura del régimen, este escritor ruso comenzó denunciando en los años 60 la brutal represión del estado soviético, plasmándola en los años 70 en una obra en tres volúmenes que sorprendió a Occidente: 'Archipiélago Gulag'. Porque los gulags, los campos de concentración soviéticos, eran la cara verdadera de la soñada dictadura del proletariado.

Esos gulags se repitieron allá donde se imponía por las armas o las revoluciones la dictadura de los partidos comunistas: China, Vietnam, Camboya, Cuba, los países del Este y ahora Venezuela.

También casualmente, en 2018 se cumplieron 20 años de la publicación en español por Espasa Calpe de 'El libro negro del comunismo'. Es un voluminoso compendio de los genocidios, ejecuciones extrajudiciales, deportaciones, los campos de trabajo (gulag), asesinatos, las hambrunas y el atraso económico creados artificialmente por los regímenes comunistas en todo el mundo. El resultado: más de cien millones de muertos. Todo ello, el resultado de un libro escrito hace más de un siglo por Karl Marx.

Sin embargo, para muchos círculos académicos, Marx no es el culpable de este derroche de sangre, porque él se limitó a un análisis del capitalismo. Un análisis que vuelve a resurgir cada vez que el mundo sufre los embates de las crisis financieras, como la de 2008.

La ciudad de Tréveris le levantó en 2017 una enorme estatua de cuatro metros de altura financiada por el estado chino. Hay calles en todo el mundo (en Gijón, por ejemplo) dedicadas a Karl Marx. Hay cátedras Karl Marx, ensayos sobre Karl Marx relacionados con cualquier faceta de la vida, y especialmente este año, incluso la prensa más capitalista como Financial Times se rendía ante el "gigantesco esfuerzo intelectual" de Karl Marx. Decir que uno es marxista es como decir que es una persona que practica un profundo análisis de la economía política que busca el bien social.

Para millones de personas, las obras de Marx han sido libros de instrucciones a los que había que seguir al pie de la letra. Lo inexplicable es que en lugar de reconocer que los hechos demostraban que esos libros de instrucciones estaban equivocados, los comunistas pensaron que los equivocados eran los humanos. Por eso suprimieron a todos los que no se adaptaron.

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