El error histórico de la Agencia Tributaria

    • La catarata de destituciones en la Agencia Tributaria necesita otra de explicaciones convincentes que no llegará. El Gobierno debería ser consciente de que los españoles las merecen.
    • Por suerte o por desgracia, ningún otro organismo es más cercano para el ciudadano, de la misma forma que en ningún otro tenemos tanto derecho a exigir la máxima seriedad y solvencia.
El Gobierno plantea hacer pasar una evaluación anual del desempeño a todos los empleados públicos de España.
El Gobierno plantea hacer pasar una evaluación anual del desempeño a todos los empleados públicos de España.
Enrique Utrera

Cuando un secretario de Estado no se corta un pelo y dice que es "probable" que la catarata de destituciones en la Agencia Tributaria continúe, más vale echarse a temblar por las consecuencias. Con la vara de mando en la mano, Miguel Farre ha hecho juegos malabares lingüísticos para justificar que no se puede menoscabar la independencia del organismo aunque los relevos se deban a la llegada de una nueva dirección a la Agencia. Como después de seis años de crisis ya no quedan ingenuos, lo peor del caso es que nos siguen tomando por tontos.No solo no son conscientes del nivel de hartazgo general de los españoles; además, se equivocan de cabo a rabo. Y lo hacen en todos los frentes. Uno, porque se están llevando por delante a funcionarios públicos de primerísimo nivel, descapitalizando lo que debería ser un equipo de élite.Dos, porque decir que la decisión ha servido para descubrir que la Unidad de Grandes Contribuyentes del organismo estaba llena de socialistas es lo mismo que insinuar que la Agencia Tributaria ya estaba politizada y que durante los dos últimos años los populares no la han podido manejar a su antojo, o por la oposición política de esos equipos o por su incompetencia. Y tanto la insinuación como las conclusiones son dos asuntos gravísimos -o deberían serlo- en democracia.Y tres, porque en un alarde de soberbia, el Gobierno tira a dar donde más duele a los españoles, que ven como mientras las élites se van de rositas, la presion sobre el contribuyente de la nómina es extraordinaria. Aquí no caben ni amnistías, ni vehículos de inversión muy eficientes fiscalmente. Por no caber, no cabe ni el derecho al pataleo.Jamás en democracia se ha pedido a la clase media un esfuerzo tan brutal como el que hoy realiza. El que trabaja ha estirado unas cuantas horas su jornada a cambio de menos sueldo y de un marco de garantías laborales que se desmorona. Y mientras pide un esfuerzo -el enésimo- más para salir del atolladero, el Gobierno nos regala es espectáculo menos edificante posible allá donde no se debería permitir una sola fisura.Y, lo que es más grave, allá donde más se pone en tela de juicio el principio de solidaridad. Eso se llama jugar con fuego con una sociedad al límite y, a la vista del comportamiento que ha mantenido hasta hoy, sencillamente ejemplar.El ruido de sables de la Agencia Tributaria es sencillamente intolerable. Por suerte o por desgracia, ningún otro organismo es más cercano para el ciudadano, de la misma forma que en ningún otro tenemos tanto derecho a exigir la máxima seriedad y solvencia. Y en ningún otro es más necesaria la continuidad, el mantenimiento de una hoja de ruta clara, precisa y hasta contundente, sin pliegues ni excepciones.O, lo que es lo mismo, sin ideología. Se trata de números que encajen al milímetro en unas reglas del juego fiscales predeterminadas. No hace falta ser socialista ni popular para que cuadren, a no ser que Montoro y sus huestes nos demuestren que los cambios obedecen a la profunda incompetencia de los funcionarios a los que han movido la silla, cuya labor pronto pasará al olvido gracias a los buenos oficios de sus sucesores. No estaría de más que a la catarata de destituciones le acompañara otra de explicaciones. Como si el Gobierno fuera consciente de que se está jugando la confianza de los 'paganinis' de a pie. Que no es poco.

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