Viernes, 03.04.2020 - 01:54 h
El ambiente vuelve a ser optimista tras años de temor 

El FMI abre la puerta al salario mínimo universal y subir impuestos a los ricos

Pese al ambiente de optimismo empieza a surgir el temor de una crisis financiera debido a la baja inflación y a los estímulos monetarios.

Merkel y Lagarde recalcan su voluntad de estabilizar a los países y a los bancos de la eurozona
Merkel y Lagarde recalcan su voluntad de estabilizar a los países y a los bancos de la eurozona

No todo son malas noticias. El FMI respira más aliviado que en los últimos años, donde el temor a un colapso en la UE era más que fundado. Hay nubarrones, como el populismo, las consecuencias de los estímulos monetarios y la baja inflación, pero las perspectivas son halagüeñas. Aumenta la confianza y la economía global se está "fortaleciendo" aupada por "un notable repunte en el comercio, la inversión y la confianza".

Esas son las conclusiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) al cierre de su asamblea anual en la que ha vuelto a romper una lanza en favor de propuestas consideradas tabúes hasta hace poco en la ortodoxia económica como la subida de impuestos a los más ricos y el salario mínimo universal como medidas válidas para reducir "la creciente desigualdad de ingresos".

"Las perspectivas están fortaleciéndose, con un notable repunte en la inversión, comercio y producción industrial, junto con una confianza al alza", remarcó el comunicado final del Comité Financiero y Monetario del FMI.

En un tradicional gesto de cauteloso optimismo, el documento advierte de que "la recuperación todavía no es completa, con la inflación por debajo del objetivo en la mayoría de las economías avanzadas, y el crecimiento potencial sigue siendo débil en muchos países".

Sin embargo, lo cierto es que el ambiente en las innumerables reuniones y conferencias que congregan esta semana a los principales líderes económicos mundiales era casi radiante, especialmente en comparación con los años precedentes en los que se encadenaron varias crisis que situaron a la economía global al borde del colapso.

La directora gerente del Fondo, Christine Lagarde, trató de rebajar la excitación de unas previsiones de crecimiento global del 3,6% para este año y 3,7%, las mayores desde 2010, al advertir que el principal riesgo es "la complacencia".

Incluso el tradicionalmente austero y poco llamado a la exaltación ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, reconoció al término de la reunión del G20 que el ambiente era más "relajado y optimista". "Las cosas no han salido tan mal como se preveían", dijo Schäuble.

Pero el buen ambiente generalizado, no ocultó desafíos en el horizonte económico. En concreto, el Fondo alertó sobre la formación de burbujas financieras como consecuencia del prolongado estímulo monetario en las economías avanzados y la baja productividad que contribuye a que la inflación siga siendo inferior a los objetivos de los bancos centrales.

Por su parte, el presidente del Banco Mundial (BM), Jim Yong Kim, que ha pedido un aumento del capital, lamentó el auge de los populismos nacionalistas.

"A menudo parece que en nuestro mundo cada vez más interconectado está resquebrajándose y los países y sus gentes se están separando unos de otros", apuntó en su intervención en la plenaria de la asamblea.

En esta ocasión, además, las tensiones entre la institución financiera internacional y el nuevo gobierno estadounidense encabezado por el presidente Donald Trump, con una agenda proteccionista y recelosa del multilateralismo han bajado de intensidad.

Aunque, una vez más, el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, exigió reformas profundas tanto en el FMI como el BM, y en este último llegó a pedir que ponga fin a los préstamos a China, la segunda economía global.

En su discurso en la plenaria, Mnuchin recomendó que "a medida que el FMI pasa al periodo tras la crisis financiera global, urgimos a la institución a estructurar sus programas de préstamo para priorizar reformas que impulsen el crecimiento económico guiado por el sector privado".

Esta posición de Washington, principal accionista y contribuyente en el FMI y el BM, supone un giro de 180 grados respecto a las políticas defendidas por el anterior gobierno de Barack Obama (2009-2017), y ha forzado al resto de la comunidad internacional a adaptarse al nuevo rumbo marcado por la primera economía mundial.

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