Problemas para el comercio

Estados Unidos tiene ahora problemas de escasez de monedas tras la Covid

El efectivo es una forma popular de pago pero la circulación de monedas se paró con el confinamiento

Los peniques de dólar escasean
Los peniques de dólar escasean
EFE

La pandemia está plagando de inconvenientes la vida cotidiana. Empezó con carreras al supermercado para comprar papel higiénico por temor a la escasez, como con las mascarillas. Pasó después con la carne y la harina. Ahora el problema llega a la caja de las tiendas y restaurantes. Las restricciones impuestas a la economía les dejaron sin cambio. Algunos negocios de barrio están incluso redondeando precios y rechazan que se les pague en efectivo.

El miedo a que se viviera una situación de confinamiento total como en Milán o Madrid ya provocó que muchos vecinos en las zonas más pudientes de Nueva York acudieran a los bancos para retirar grandes cantidades de efectivo. Se dieron casos de sucursales en las que se agotaron temporalmente los billetes de 100 dólares. Eso fue una semana antes de que la capital financiera mundial se convirtiera en el epicentro de los contagios y la gente tuviera medio a tocar el dinero.

El pánico no tuvo mucho recorrido y los billetes se repusieron rápido. No pasó nada con los de 20 ni de 50 dólares. La reacción tampoco era casual. Manhattan ya se quedó sin efectivo tras los atentados del 11-S. Se debió a la vez al efecto de la ansiedad y a un problema logístico, ya que las reservas de billetes estaban entonces en Nueva Jersey y la conexión a través del Hudson quedó cortada durante días. Tampoco se hacían tantas transacciones electrónicas como ahora.

La escasez de monedas, en esta ocasión, afecta a todo el país. Se explica por las órdenes de las autoridades locales y estatales que forzaron a cerrar negocios no esenciales, lavanderías y sucursales bancarias. Eso provocó que se estancara de golpe la circulación de efectivo por la economía real. La producción de monedas también se frenó en primavera para proteger a los empleados la US Mint. Afectó a los dime (diez centavos), nickel (cinco) y penny (uno).

El presidente de la Fed, Jerome Powell, se refirió al asunto en público. “Con el cierre parcial de la economía”, explicó respondiendo a un congresista, “la circulación de monedas se detuvo. Las tiendas estuvieron cerradas y todo el sistema se paró”. Auguró, sin embargo, que sería pasajero y que se resolvería conforme la economía se reactivara gradualmente, con el consumidor volviendo a comprar físicamente y se incrementen los intercambios.

Pero aunque desde la Fed se asegura que las monedas empiezan a moverse, todo indica que llevará tiempo recuperar la situación previa a la crisis. “Mucha gente cambió la manera de pagar por las cosas que compra a raíz del brote”, señalan desde la Community Bankers of America, una asociación que representa a los pequeños bancos locales, “al no pagar en efectivo, el dinero no llega a los restaurantes y estos no los depositaban en las instituciones financieras”. 

La US Mint, la agencia que se encarga de acuñar las monedas, retomó la plena producción hace un mes. El problema de circulación sería, más bien, por el abandono del consumidor. Walmart, la mayor cadena minorista del país, coloca carteles exponiendo la situación mientras en los supermercados Kroger se indica a los clientes que aceptan efectivo y se les devuelve el cambio en dinero digital en tarjetas que pueden canjear con la próxima compra.

Para los emisores de tarjetas de crédito y débito esta situación representa una doble victoria. Ya al comienzo de la crisis sanitaria se beneficiaron de los rumores que apuntaban a que los billetes y las monedas transmitían al virus. Y ahora, con la escasez de monedas, son las grandes cadenas que usan sus sistemas de pago las que promueven el uso del dinero plástico entre los consumidores pese a las comisiones que deben pagar cada vez que se pasa la tarjeta por la terminal. 

Como en otros aspectos de la vida, la crisis expone agujeros a los que no se suele prestar atención. La escasez de monedas es en realidad un inconveniente menor para el consumidor que puede pagar con dinero plástico o desde su móvil con aplicaciones para hacer transacciones electrónicas. Son la mayoría. Pero hay personas de bajos ingresos o en situación irregular que, sin embargo, están excluidas del sistema bancario y dependen del efectivo para hacer sus compras.

La Fed calcula que una cuarta parta de las transacciones de pago se realizaba en efectivo en 2019. En el caso de las inferiores a los 10 dólares representa casi la mitad. El Tesoro, por su parte, señala que hay 47.800 millones de monedas en circulación. Son más que hace un año, pero el ritmo más lento de circulación provoca que el cambio no esté disponible donde se necesita. El sentimiento negativo hacia el efectivo y la sensación de escasez aviva, a su vez, otro debate.

El 60% de las monedas que se acuñaron el año pasado fueron de un centavo de dólar. Hay desde hace tres décadas un movimiento que pide acabar con el penny, bajo el argumento de que ahorrará dinero al gobierno federal -cuesta dos centavos producir la pequeña moneda. Y no es solo que su valor real esté en cuestión. Se calcula que un empleado medio gana un centavo cada dos segundos, cuando lleva más tiempo rastrear entre el cambio para contarlo al pagar. 

Ya puestos a hacer cuentas, la US Mint perdió el pasado ejercicio 72 millones de dólares acuñando monedas de un centavo. Pero comparado con el déficit en las cuentas federales, esa cantidad es menos que calderilla. Los que defienden que esta denominación siga como moneda de curso legal advierten, por su parte, de que eliminarla dañará al consumidor, porque elevará los precios con el redondeo. Pero en este caso lo que determina el último dígito es el impuesto que se aplica después, no lo que se indica en la etiqueta.

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