15 años después del 'Katrina'

El peor huracán sobre Nueva Orleans se llama 'Desigualdad' y suma ya 300 años

La ciudad más famosa de Luisiana arrastra siglos de pobreza, delincuencia, marginación y olvido por parte de las autoridades. Se siente la gran olvidada del Gobierno federal y la catástrofe de 2005 fue la puntilla.

Dos vecinos esperan ser rescatados de un tejado en los días siguientes al paso del 'Katrina' por Nueva Orleans.
Dos vecinos esperan ser rescatados de un tejado en los días siguientes al paso del 'Katrina' por Nueva Orleans.
FEMA

Nadie ha podido entrevistar estos días a Ronald D. Lewis en el 15 aniversario de la masacre que el huracán 'Katrina' extendió sobre Nueva Orleans en la última semana de agosto de 2005 y que, justo ahora, bajo la sombra de otro huracán con nombre de mujer, hace temblar los recuerdos en una ciudad que cumplió 300 años de historia en 2018. Lewis murió el pasado 20 de marzo, a los 68 años de edad, por complicaciones pulmonares y cardiacas agravadas por el coronavirus. También sufría diabetes. Mientras que las cámaras nacionales, una vez más, se olvidaban de Nueva Orleans y ponían toda su atención sobre Nueva York o Seattle, la ciudad más poblada de Luisiana sumaba la peor evolución proporcional de la enfermedad en esa segunda quincena de marzo, agravada la crisis sanitaria por la histórica desigualdad económica y racial que campa por sus barrios y que los sitúan desde hace décadas entre los más peligrosos, pobres y abandonados de Estados Unidos. 

El color importa, como casi en ningún otro sitio de Estados Unidos, en Nueva Orleans. Según los últimos datos del Censo oficial de EEUU, el 13,4% de la población nacional es negra. Pues bien: en Luisiana esa cifra más que se duplica, hasta el 32,8%, y la sitúa solo por detrás de Mississippi (con el 37,8%) como el Estado con más peso de esta población. Al mismo tiempo, Mississippi es el Estado con mayor tasa de pobreza, del 19,7% de su población. Luisiana, con el 18,6%, es el tercero, con la muy hispana Nuevo México en medio de ambas. 

Así que si a todos estos porcentajes que equiparan presencia de población negra con mayor pobreza se añade que en Nueva Orleans el 60% de sus habitantes son de color (entre las diez primeras ciudades de todo el país), no es de extrañar que la desigualdad sea lo que más importa cuando el río crece. Un informe de la organización Prosperity Now en colaboración con JP Morgan fijó los ingresos medios por hogar en Nueva Orleans en 25.806 dólares entre las familias negras (en el conjunto del país supera los 36.000) frente a los 64.377 de las blancas (la media nacional es de 61.000). La desigualdad se estira por ambos extremos: los negros de Nueva Orleans son mucho más pobres que nadie y los blancos, algo más ricos que incluso en los estados más boyantes. 

En el Lower Ninth Ward odian que hablen de ellos como una especie de zona cero sin ley durante la tragedia del 'Katrina'. La mitad del barrio sigue sin existir, las parcelas donde antes se erigieron ‘shotguns’ (viviendas alargadas características del Sur americano) están ahora tomadas por hierbas del tamaño de un pívot de la NBA. No eran pobres ni había más delincuencia que en otras esquinas. Casi al contrario: este barrio, que sí que fue desde el punto de vista de la catástrofe el más castigado de una inundación que afectó dos tercios de la superficie total de la ciudad, también era un lugar de clase trabajadora, con el mayor porcentaje de gente de color que tenía su casa en propiedad. Como el mismísimo Fats Dominó, cuyo piano destrozado suele presidir las exposiciones temporales sobre el huracán que organiza la ciudad cada pocos años. 

Ronald D. Lewis, el protagonista que pone nombre y apellidos a este reportaje, trabajó como mecánico de la histórica red de tranvías de la ciudad hasta principios de siglo. Por aquel entonces ya era una institución cultural en Nueva Orleans. Después de 2005 se empeñó en no arrojar la antorcha del legado etnográfico pero también pasó a ser memoria viva de las tragedias naturales. Por ello, fueron tantos los medios los que acudieron a su casa, a oírle contar -y sonreír, porque nunca dejaba de sonreír, la dentadura muy blanca bajo un bigote cano en contraste al color oscuro de su piel- cómo sobrevivió a la inundación de 2005 y reconstruyó a pulso su museo de carnaval y tradición local, la Casa del Baile y las Plumas, tras ser barrido por el agua.

Pero también había salvado la vida de milagro cuando en septiembre de 1965 el huracán 'Betsy' (conocido como 'Billion Dollar Betsy' porque fue la primera catástrofe natural que superó esa cifra en el país a cuenta de las reparaciones posteriores) demostró que eso de vivir por debajo del nivel del mar en un lugar como la desembocadura del Mississippi no es una buena idea. 

No, para nada es buena idea extender una ciudad desafiando al mar. Pero se hizo: a principios de la década de los 60 del siglo pasado, Nueva Orleans alcanzó su pico de población histórica: 627.000 personas, según un estudio de Richard Campanella, geógrafo y profesor de la Universidad de Tulane y uno de los mayores expertos en la historia de Nueva Orleans. El problema es que de esas personas, más de la mitad vivía ya por debajo del nivel del mar porque las especulaciones urbanísticas no entienden demasiado bien el lenguaje de la prevención ante la naturaleza. Luego vinieron las inundaciones causadas por 'Betsy' y para el año 2000 la ciudad había perdido una cuarta parte de la población. Con todo, el 38% de la que resistía todavía lo hacía en terreno inundable. Hoy día no viven ni 400.000 personas en la ciudad, pese a que ha recuperado en torno a 100.000 habitantes que se exiliaron tras el golpe del 'Katrina' por quedarse sin casa a la que volver. 

La 'Scrap House', escultura de homenaje a las víctimas del 'Katrina' en Nueva Orleans construida con desechos de la tragedia.
La 'Scrap House', escultura de homenaje a las víctimas del 'Katrina' en Nueva Orleans construida con desechos de la tragedia.
La Información

Entre los que jamás se fueron están las 1.833 víctimas oficiales que murieron en el tramo final del verano de 2005 (una cifra que crece según pasan los años, dado que en 2006 no llegaban ni a mil)… o los casi 600 que han fallecido por la Covid y que dejan una tasa de mortalidad de 147 por cada 100.000, frente a los 54,6 de media en Estados Unidos o los 62 de España. Para la estadística a posteriori (que, tal y como enseña el coronavirus son las únicas fiables) quedan datos como que la mitad de las personas que murieron en 2005 tenían más de 75 años. 

Es decir, hubo centenares de víctimas ahogadas, golpeadas por objetos que se desprendían y volaban salvajemente… pero la verdadera carnicería vino en los días posteriores al rugido de la naturaleza y casi un millar de personas murieron deshidratadas y solas esperando que alguien las salvase del techo o del ático de sus viviendas. Los mayores, una vez más, no pudieron escapar del revés. Mayores y débiles en general, porque en Nueva Orleans un 39% de la población tiene algún tipo de problema con la tensión arterial y el 13%, de azúcar (en Nueva York esos mismos porcentajes son del 20% y por debajo del 10%). 

Lewis, cuyo cuadro médico y social cumple con todos los requisitos posibles para ser una víctima del coronavirus, sí logró salir de la ciudad en 2005 pero terminó en un campamento temporal en Thiboudeaux, cien kilómetros al este de su casa engullida por la crecida. Allí mismo, mientras que algunos vecinos de su barrio y él se reunían cada noche a cantar canciones indias y del Mardi Gras, se tatuó en el brazo: "Dos veces en mi vida, esto ha sucedido". Él sabía de sobra que la historia de Nueva Orleans es una biblia de los desastres naturales agrandados por la incompetencia humana y la desigualdad secular.

Como ejemplo más doloroso y vergonzoso en sus 300 años de historia, aquella vez en 1927, cuando se vivió la peor inundación de la historia americana y se anegaron los aledaños del río Misissippi desde Memphis a Nueva Orleans (que están a una distancia similar a la de Madrid y Cádiz). Además de cientos de miles de desplazados en todo el Delta (en su mayoría negros que vivían en establos junto a las plantaciones), en la ciudad más al sur se temieron lo peor, que las aguas alcanzaran a los barrios ricos (situados en las zonas por encima del nivel del mar y hoy lugar de peregrinación del turismo alcohólico más salvaje). Para evitarlo, los ingenieros decidieron abrir las esclusas que habían contenido la crecida hasta el momento en otros puntos de la ciudad donde se agolpaban los pobres (y negros).

Casi un siglo después, las consecuencias del 'Katrina' eran una fatalidad segura -y una cuestión pura de ingeniería también- desde décadas atrás. Justo desde 1965, cuando 'Betsy'. Por dos razones fundamentales: jamás se terminaron las obras de protección tras aquel huracán y de lo poco que se hizo, una serie de canales nuevos en torno al Lower Ninth Ward que exigieron la tala de los cipreses que hacían de escudo natural en la ribera, solo empeoró las cosas. "Los pescadores de la zona no dejaron de advertirlo en estos 40 años", cuenta Lewis en su libro de memorias publicado en 2009. En cuanto el 'Katrina' se alejó con sus rachas de 200 kilómetros por hora, vino el río a cobrar su tasa y no tuvo más que asomarse para llevarse por delante todo el barrio.

Ronald D. Lewis, sentado en su museo cultural y local situado en el corazón del barrio más castigado por el 'Katrina'.
Ronald D. Lewis, sentado en su museo cultural y local situado en el corazón del barrio más castigado por el 'Katrina'.
La Información

A 29 de agosto de 2020, las nuevas obras de seguridad iniciadas tras el 'Katrina' todavía no han terminado. Falta poco, pero si Laura hubiera pasado sobre la ciudad, los medios locales daban por segura una nueva debacle. Se han gastado 14.600 millones de dólares, pero los responsables del proyecto necesitan otros 3.200 millones para terminarlas (y detener el hundimiento que ya se está produciendo en algunas zonas), supuestamente, en 2021. Solo entonces, se podrá decir que el sistema estará listo. 

Para entonces, la ciudad también habrá recuperado parte de su ritmo. Nueva Orleans recibió cerca de 19 millones de turistas en 2019, una cifra récord tras crecer otro 6% anual. Según un reciente informe de The Data Center, la industria del turismo (hoteles, casinos, museos...) emplea a casi 16.000 personas de los alrededor de 200.000 trabajadores de toda la ciudad. A esto hay que sumar de algún modo otros 30.000 trabajos en la restauración (aunque no sea toda para turistas, obviamente). Sea como sea, uno de cada cuatro empleos depende en gran parte de una industria ahora paralizada. Un informe de la propia Oficina de Turismo de Luisiana calculó que al finalizar junio había un 24% menos de empleos dedicados al turismo que un año antes. Otro estudio calcula que cada semana sin volver a la normalidad resta 200 millones de dólares de ingresos.

La normalidad. Esa gran desconocida para Nueva Orleans. Varios investigadores de la Universidad de Luisiana y de Texas analizaron sobre el terreno (lo hicieron en bicicleta y puerta por puerta) en 2005 el regreso a la actividad de los negocios y ahora han retomado aquel estudio, con una muestra de más de 600 empresas y comercios para extrapolar las posibles consecuencias del parón económico debido a la pandemia. Entonces, a los seis meses del huracán, en los barrios de clase media y alta habían reabierto su puerta el 95% de los negocios frente al 60% de los pobres. Kelley Pace, profesor de Economía de la LSU, y uno de los expertos del informe, considera que "como ocurrió con el 'Katrina', los negocios con una clientela más pobre sufrirán más" y predice que "muchos negocios que ya tenían problemas antes de la actual crisis y con un propietario de mayor edad decidirán no volver a abrir". 

La resistencia de Ronald D. Lewis fue quedarse en su propio barrio. Incluso en mitad del desastre y de la pobreza extrema. En una ciudad donde solo el 16% de los negros termina la educación superior (por un 62% de los blancos) y que está a la cabeza de tasas de criminalidad y forma parte del 2% de los lugares más peligrosos del país para vivir, este mecánico no sabe la diferencia entre resiliencia y resistencia. Ni falta que le hace. Él reconstruyó su museo que enlaza el pasado indígena de los negros que fueron traídos encadenados a Luisiana (los primeros barcos de esclavos, con 451 personas a bordo, arribaron a su puerto en 1719, solo un año después de su fundación) con el presente. Lewis se quejaba en 2015, a los diez años del 'Katrina', ante un grupo de turistas de lo mismo que aseguran tantos ciudadanos negros estos días ante los casos de brutalidad policial: "Soy un ciudadano americano y lo que más me duele es que mi Gobierno nos abandonó. No nos trataron como americanos". 

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