Para reducir el coste de mantenimiento de sus centrales

Peligro inminente: las eléctricas se conjuran contra la burbuja renovable

El ‘sorpasso’ a las energías convencionales provoca un desbordamiento de MW limpios, pero sin la suficiente cobertura que proporcionan las centrales térmicas, nucleares o de ciclos combinados.

EFE
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Hace tan solo diez años pensar que la generación de energías renovables superaría a las no renovables o convencionales era un anatema. Una especie de aventura quijotesca en la que no cabía espacio para la lógica científica ni para la planificación tecnológica. Sin embargo, el tercer trimestre de 2020 supuso un punto de inflexión. Por primera vez, la generación renovable en España superó a la convencional en una línea ascendente directamente proporcional al declive de la generación basada en energías fósiles.

El acelerón definitivo se produjo en 2019, momento en el que España cerró el ejercicio con un 10% más de potencia instalada de generación renovable con respecto al año anterior. En ese momento, las renovables representaban ya el 49,3% del total del parque generador de energía eléctrica en nuestro país, gracias a los 5.000 MW verdes inyectados en el sistema. Pero no todo son buenas noticias para el sector. Desde entonces está apareciendo en el horizonte la temible sombra de una palabra: burbuja.

Este fenómeno económico se produce cuando existe un exceso de oferta para la demanda prevista en un mercado que se está convirtiendo en altamente especulativo. Gracias a las subvenciones y estímulos fiscales del regulador, se anima a invertir desmesuradamente en un único sector, provocando un efecto que en el pasado fue demoledor: convertir un producto industrial en otro financiero. Ante esta realidad, las salidas a bolsa para obtener más financiación o las compras compulsivas de todo aquello que huela a verde para obtener valor a corto plazo, se explican por sí solas.

Reacción de las eléctricas tradicionales

En este escenario es imprescindible que alguien ponga algo de cordura y garantice un despliegue ordenado de las energías renovables, garantizando el suministro continuo al sistema de energía contaminante, sí, pero que sirva de respaldo hasta que el cambio de modelo energético sea una realidad.

Las señales de alarma han llegado a la CNMC. Paula María destapó en estas mismas páginas el interés del regulador para que Endesa mantenga, al menos parcialmente, la central térmica de Carboneras y ponga fin a la fiebre renovable. El ánimo del organismo que preside Cani Fernández no es mantener el empleo en la central, de la que Endesa ya ha anunciado su intención de desmantelarla, sino garantizar la estabilidad del sistema. El ‘sorpasso’ dado por las energías renovables a las convencionales ha provocado un desbordamiento de MW limpios, pero sin la suficiente cobertura que proporcionan las centrales térmicas, nucleares, de ciclos combinados o de cualquier otra tecnología identificada con la generación tradicional. Y esto es un problema.

Los esfuerzos de los nuevos actores por entrar en el mercado renovable como Repsol, que acaba de iniciar las obras de su mayor proyecto renovable en España (860 MW eólicos), chocan con la prudencia de Endesa, Iberdrola o Naturgy, que parecen más interesadas en el mercado exterior renovable que en aumentar su parque verde en España.

Los esfuerzos de los nuevos actores por entrar en el mercado como Repsol chocan con la prudencia de Endesa, Iberdrola o Naturgy, que parecen más interesadas en el mercado exterior renovable que en aumentar su parque verde en España

Apuntalando esta tesis se localizan sus esfuerzos por encontrar una salida razonada y razonable a sus activos nucleares ante el inminente cierre programado para 2035. En estos 14 años que quedan, las convencionales tendrán que pensar un sistema alternativo para la potencia instalada que generan los siete reactores con los que cuenta España y que se encuentran repartidos entre las tres grandes eléctricas del país.

Lo mismo ocurre con los más de 25.000 MW de ciclos combinados que se instalaron en España en la primera década de los años 2000. Las buenas perspectivas económicas propiciaban un aumento de la demanda energética que apresuradamente se llegó a tildar de interminable. Ante esta señal del mercado, Iberdrola, Endesa y especialmente la actual Naturgy se lanzaron a construir plantas con esta tecnología basada en el gas. Más de diez años después y tras una inversión estimada en 13.000 millones de euros, el grado de utilidad de estas plantas es irrisorio, proporcionando apenas un 10%.

La lógica económica dictaría al menos hibernar estas centrales, es decir, parar su producción, pero mantenerlas latentes por si acaso, en el futuro, fuera necesaria su aportación al mix energético nacional. Sin embargo, el Gobierno, sabedor de que esta hibernación podría poner en peligro el despliegue de las renovables y consciente de que su paralización implicaría algún tipo de compensación económica para las grandes, ha sido siempre reacio, tanto en Ejecutivos del Partido Popular como del Partido Socialista, a encontrar una solución para estas máquinas de perder dinero.

La 'presión' de las grandes eléctricas se centra en proporcionar soluciones que permitan reducir el coste de mantenimiento de estas centrales, pero también asegurar que el suministro eléctrico no se vea comprometido en caso de ser requerido por REE para cubrir el déficit connatural a la generación renovable. Los más altos representantes de las empresas han manifestado en más de una ocasión la necesidad de poner fin a esta situación. El Consejero Delegado de Endesa, José Bogas, siempre se ha mostrado contrario al incremento masivo del contingente renovable sin control alguno, un aspecto que, además, según el directivo en la actualidad seguimos pagando una “carga extraordinaria” que encarece desmesuradamente el recibo de la luz.

Por último, la estrategia (y responsabilidad) de las grandes eléctricas se ha basado en proponer la limitación de las subastas de energía ante el fracaso que supuso la puesta en el mercado de más de 9.000 MW renovables del Gobierno de Mariano Rajoy. Plazos incumplidos, licencias sin conceder, proyectos fallidos… se acumulan en un sector que, como si de una maceta se tratara, ha demostrado un exceso de agua para una tierra que no es capaz de absorber la cantidad de minerales necesarios para que crezca de manera sostenible.

Si en el pasado el temor de las grandes era que los ladrilleros entraran en el sector, ahora están más convencidas de que el auténtico enemigo del sistema no es otro que el financiero, dispuesto a invertir en un mercado próximo a reventar, en un terreno abonado para aquellos que desean ganar dinero en muy poco tiempo y en el que el último en llegar es el que más papeletas tiene de quedarse en la cuerda floja. Lo mismo que sucedió en 2008 con la burbuja solar en la que 50.000 pequeños inversores pasaron de nadar en la abundancia a la más absoluta ruina.

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