Los últimos de Gran Vía: las franquicias solo dejan sitio a 10 tiendas tradicionales

De los casi dos centenares de locales comerciales que existen en la emblemática arteria los comercios típicos, originales e históricos pueden contarse con los dedos de las manos.

La expansión de cadenas de ropa, restaurantes de comida rápida y negocios de venta de souvenirs, sumados al precio de alquileres y la liberalización horaria les han acorralado.

Los últimos comerciantes tradicionales de la Gran Vía.

El contraste es notorio. La zapatería muestra letras en relieve, grabadas en bronce en su fachada: 'Lorenzo Márquez - Gloria Castellano. LG', puede leerse a varios metros de distancia. La tipografía, 'vintage' y en mayúsculas, inevitablemente remonta a otros tiempos. Casi pegado a este comercio, una tienda deportiva con productos oficiales del Real Madrid acapara todas las miradas: sus carteles de neón, acrílicos y gigantografías con luces, que bañan las siluetas de las estrellas del club blanco, eclipsan a los cientos de turistas que pasean a media tarde. Nada resume mejor que esta imagen lo que ha ocurrido con el comercio tradicional en la Gran Vía de Madrid. Solo un puñado de establecimientos clásicos sobreviven a la invasión de franquicias y almacenes de grandes superficies, que se han adueñado por completo de esta emblemática arteria.

De sus 198 locales comerciales, los 'históricos', típicos y originales hoy pueden contarse con los dedos de las manos. Una recorrida minuciosa por toda la avenida permite comprobar que prácticamente ni quedan placas que anuncian 'comercios centenarios'. Tampoco se observan casi tiendas de renombre que marcaron una época, como sastrerías, joyerías, casas de paraguas y negocios textiles, entre otros. Durante décadas brillaron con luz propia. Las grandes cadenas (una de las últimas en llegar a la zona ha sido MediaMark, que ha abierto sucursal recientemente) y pequeños comercios de souvenirs y regalos, dedicados en exclusividad al turismo, han revitalizado por un lado la Gran Vía, y por otro -inevitablemente- le han quitado parte de su mítica identidad. En eso coinciden los últimos supervivientes que siguen abriendo sus locales desde hace décadas.

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El elevado precio del metro cuadrado, la liberalización de horarios y un inevitable cambio en las pautas socioculturales han impulsado la gradual desaparición del comercio tradicional, a tal punto que la Asociación de Empresarios y Comerciantes de la Gran Vía (una entidad emblemática que durante décadas fue el espacio, punto de reunión y la cara más visible de los tenderos históricos) cerrará sus puertas para siempre en los próximos meses "porque ya no tenemos a casi nadie a quien representar", advierte Florencio Delgado, su presidente.El 'museo del zapato'

Es viernes, pasadas las 17.00 horas. Gloria Castellano nos invita a pasar a su zapatería 'LG', situada en el número 11 de la calle. La mujer, de 77 años, se muestra orgullosa al mostrarnos su comercio, que fue abierto en la década del 40 y posteriormente adquirido por ella y su marido Lorenzo (ya fallecido) en 1979. Una imponente araña de cristal niquelado resalta nada más entrar y, más atrás, destaca una antiquísima caja registradora revestida en madera barnizada. El lugar realmente se asemeja a un pequeño y fascinante 'museo del zapato'. En el subsuelo, el almacén alberga decenas de cajas prolijamente distribuidas en estantes de madera clásica. Al fondo se encuentra el baño, con todas y cada una de sus piezas (grifos incluidos) intactas desde hace casi medio siglo.

"Yo nací en la Gran Vía, en Plaza España. He visto pasar tantas cosas... como la construcción del Edificio España, por ejemplo. De pequeña, cuando paseaba de la mano de mis padres, me enamoré de esta tienda y pensé que algún día la iba a comprar. Finalmente lo hice junto a mi marido. El traspaso nos costó 5 millones de pesetas", recuerda. Al mencionar a su difunto esposo, a la señora le brillan los ojos: "Ahora soy viuda, pero en homenaje a Lorenzo y a todo lo que hicimos juntos, por la historia hermosa que tiene este lugar, no quiero cerrar la tienda. Aunque es muy difícil, claro. Hemos sido acorralados por los restaurantes de comida rápida, las franquicias y los locales de ahora que le han hecho perder la personalidad a la Gran Vía de Madrid", agrega.

Gloria es una de las heroicas y escasas referentes que le quedan a esta especie de club en extinción, el integrado por propietarios de comercios tradicionales. "Tenemos una amistad de años con la gente que aún conserva sus negocios históricos. Somos muy pocos los que quedamos. Aquí al lado está Grassy, más abajo Julián, y pocos más. El resto son negocios de comida rápida, grandes superficies de ropa y locales de souvenirs", dice resignada.

Después llegamos a la tienda de tejidos 'Julián López', en el número 27 de la Gran Vía. Del otro lado de la calle, justo enfrente, las escaleras mecánicas de la inmensa sede de la cadena Primark se asemejan a los accesos de un gran estadio de fútbol en una final de la Champions. Jóvenes, familias, adolescentes, turistas asiáticos... todos entran de a cientos por segundo al centro comercial, que parece 'engullirlos'. Al entrar en el negocio textil, el paisaje es bien distinto. Un grupo de señoras mayores piden un corte de tela, mientras seis empleados -elegantemente vestidos de traje- acomodan la mercadería.

Juan Ramón Encabio, de 48 años, es el jefe de la tienda que fue comprada por el hombre cuyo nombre lleva el local, a comienzos de la década del 80. Antes, durante más de medio siglo de vida, perteneció a la mítica sastrería de los Hermanos Mato. "La Gran Vía se ha convertido en un supermercado a cielo abierto. Ha cambiado la forma de venta y el tipo de cliente. Ahora hay un público mucho más joven y dinámico en esta calle. Esto tampoco es malo, ni mucho menos. Pero nosotros, que somos de los últimos establecimientos en mantener un sello netamente personal y tradicional, apostamos por el trato diferenciado y detallista con el cliente. Se necesitan tiendas típicas y clásicas, como la nuestra. Hablamos de que esta es una de las calles más importantes e históricas de España y de Europa", asegura.

El encargado recuerda la época cuando, allí por mediados de los 80, "en plena Gran Vía se detenían los coches. Los chóferes bajaban, abrían las puertas traseras de los Mercedes y descendían mujeres elegantes, hasta con pamelas, que venían a comprar. Eso lo he visto y vivido yo". Entre sus clientas ilustres menciona que por aquí han pasado, por ejemplo, Rocío Jurado, Rocío Durcal, Isabel Pantoja, Marujita Díaz, Nacho Duato y -más cercano en el tiempo- "políticos como una presidenta del Congreso de los Diputados, que es clienta habitual".

Seguimos el trayecto. El sol plomizo de la tarde se funde en los cuerpos de millennials absortos en sus teléfonos móviles en el cruce con Fuencarral. Los luminosos de las tiendas de Zara, H&M, Mango y tantos otros se encadenan y resultan un collage
multicolor. El bullicio que proviene de las aceras, atestadas de personas con bolsas de tiendas, planos turísticos o maletas en sus manos, se entremezcla con el ruido de coches y pitidos de autobuses turísticos. Un enorme cartel en Gran Vía 48 anuncia en inglés el 'Coming soon' o desembarco inminente de unos grandes almacenes. También se observan no pocos espacios con persianas bajadas y el cartel de 'Se alquila'. Salpicados en este universo urbano, versión siglo XXI, cada tanto se observan las fachadas de los pocos establecimientos tradicionales que siguen abiertos: Museo Chicote, Perfumería Rossi, Relojería Grassy, Joyería Sanz... No hay muchos más.Una joyería centenaria

En este último establecimiento nos detenemos. Una pequeña placa en el suelo nos anuncia que el negocio, situado en el número 7 de la avenida, es un comercio centenario. En verdad, es mucho más antiguo que esa referencia. "Joyería Sanz, de Manuel Carrera. Desde 1854", destaca la tarjeta que nos obsequia su propietaria, Marina Carrera. Contra toda suposición, es una mujer jovial y risueña, de 49 años. La dueña del local nos muestra un cuadro que recorre la historia de este establecimiento, que primero estuvo situado en Montera y después abrió sus puertas aquí, a comienzos del siglo pasado.

Marina acepta que ya casi no quedan establecimientos de este estilo. Pero se muestra también a favor del "renovado aspecto" que tiene la Gran Vía. "Es verdad que durante décadas era sinónimo de tiendas clásicas, de prestigio y renombre. Pero después hubo una época en la que se convirtió en un espacio marginal, con algunos lugares ganados por la prostitución y la delincuencia. Este boom de las franquicias y cadenas de ropa que llegaron en los últimos años también han rescatado a la Gran Vía. Eso también hay que aceptarlo", manifiesta.


Florencio Delgado, el presidente de la Asociación de Empresarios y Comerciantes de la Gran Vía, no opina lo contrario. Pero sí se detiene en parte de la "esencia" que, en su opinión, ha perdido la calle. "La Gran Vía es importante y lo seguirá siendo por el enorme caudal de peatones que tiene cada día. Pero se ha perdido identidad, esa que automáticamente identificaba la avenida con las grandes salas de cine, los restaurantes tradicionales, las tiendas de renombre. Todo ahora es mucho más impersonal: desde la cadena de comida rápida a los gigantes de la ropa, pasando por las casas de souvenirs que son un rejunte de cosas", explica.

Entre la maraña de establecimientos recientes, pocos rastros quedan de negocios que fueron sinónimo de la Gran Vía durante años y desaparecieron hace relativamente poco o bastante en el tiempo: Regalos Samaral, Tapicerías Peña, Cines Rex, por citar solo algunos. A cambio se lee un cartel, casi llegando a Callao, de "próxima apertura", correspondiente a una conocida cadena de bocadillería.

Delgado se rinde ante las evidencias. Dejará de ser el portavoz de los comerciantes de la zona porque su entidad desaparece, obligada por la situación. "En realidad, en los hechos, la Asociación ya ha dejado de funcionar. Mi puesto de presidente aún es simbólico, pero como entidad desapareceremos en las próximas semanas. No hay ya afiliados a los que representar, porque casi todos se han ido de aquí o han cerrado", concluye.

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