Sábado, 25.11.2017 - 07:06 h

El líder socialista y su verdadero adversario

La campaña está dominada por los personalismos, con los que se quiere atraer votos, y no por la voluntad de servicio a los votantes.

Pedro Sánchez, que intenta encontrar un lugar equidistante de Podemos y del Partido Popular.

Pedro Sánchez: "La gran coalición ha sido la de Rajoy e Iglesias contra el cambio"

La undécima victoria madridista en la Champions es presentada por un diario andaluz con el título “El Real Madrid, rival del Sevilla en la supercopa de Europa”. Un periódico culé define la final en su primera página como “una de las más injustas que se recuerdan”. Algún tertuliano radiofónico se ha ocupado en criticar al ganador y en elogiar al perdedor. Éstos son ejemplos de chuscos desahogos del llamado periodismo deportivo empeñado en dar la razón al sombrío diagnóstico de Campoamor, según el cual “todo es según el color del cristal con que se mira”. Mi intención no es radiografiar ese entorno mediático del fútbol, que solo me sirve como término de comparación con la vida política, donde algunos evitan con tal entusiasmo los hechos y los datos que cuesta creer que tengan los pies en el suelo.

Uno de los vicios del mensaje político es su desconexión de la realidad, como si ésta fuera un inconveniente, y su fijación en lo accesorio. Hay políticos que además con demasiada frecuencia atienden a lo circunstancial e ignoran lo esencial. En esta larguísima precampaña, que es ya una campaña en regla, abundan las referencias a alianzas supuestas, a no-pactos prometidos y a intenciones ajenas, y todo se reduce a un cruce de recados que se queda en la superficie, sin entrar en el fondo de las recetas que cada uno propone ni de las ideologías que las sustentan. La campaña está dominada por los personalismos, con los que se quiere atraer votos, y no por la voluntad de servicio a los votantes, que en algunos casos brilla por su ausencia.

En este clima de desconexión de la realidad, practica su campaña Pedro Sánchez, que intenta encontrar un lugar equidistante de Podemos y del Partido Popular sin hacer referencia a los componentes programáticos de los que son los supuestos extremos entre los que se debate. Pero Sánchez no dista por igual del proyecto popular y del proyecto podemita, aunque desprestigie la política económica de Mariano Rajoy con mayor énfasis que la ambición personalista de Pablo Iglesias. La política del Partido Socialista está más cerca de la del Partido Popular, como lo demuestra que fuera precisamente Rodríguez Zapatero quien iniciara la gestión de los recortes y de la austeridad que luego aplicó Rajoy ya sin encogimiento. El centro derecha y el centro izquierda han venido haciendo en España, desde los tiempos de UCD, una política económica semejante en lo esencial, y eso es lo que no quiere reconocer Sánchez con sus postureos de ficción.

Además, Sánchez no se presta a marcar la enorme distancia ideológica que separa al PSOE de Podemos, y opta por mantener un acercamiento calculado con los populistas –con quienes persiste en pactar en Ayuntamientos y Comunidades- porque eso debe de parecerle, aunque hay poco margen a la duda, que le reviste de tintura izquierdista. Pero el Partido Socialista que ha gobernado en España, el partido que modeló la perspicacia de Felipe González, nada tiene que ver con grupos populistas, comunistas y demagógicos conectados con algunos de los regímenes más desastrosos del mundo, uno de los cuales, el de Venezuela, torpedeó precisamente la visita política del propio González. Si Sánchez sirviera a los intereses informativos de la gente, hablaría sin tapujos de lo que pretende Podemos y condenaría sus planes como lo que son, un enorme riego para la estabilidad de España. Lo cual no es tan difícil de entender y de explicar a la vista de las fatales experiencias en Venezuela y en Grecia.

Una aceptación de la realidad le llevaría a Sánchez a inclinarse hacia el PP, que va a seguir siendo el partido mayoritario, y a abandonar sus tonteos con Podemos. Pero lo que vemos es la simulación de que el PSOE se proclame más cerca de un acuerdo con los populistas. Si no se hubiera negado a hablar con Rajoy, el todavía dirigente socialista nos habría ahorrado la actual interinidad y habría situado a su partido en un lugar lógico. Hoy dirigiría la oposición a un Gobierno conservador y no estaría amenazado por las fuerzas radicales a su izquierda, su verdadero adversario, que según las encuestas ya pueden superarle en votos. Lo he dicho otras veces, discúlpenme la insistencia: Sánchez perdió una oportunidad histórica de consolidarse como líder en la oposición. Pero prefirió la ficción a la hora de contar el partido.

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