En Portugal

Sagres, el lugar donde poder disfrutar de las mejores puestas de sol del mundo

Este paraje de la costa portuguesa tiene playas fabulosas a las que no ha llegado el turismo masivo que todo lo borra y estropea.

Una puesta de sol excepcional.
Una puesta de sol excepcional.

Incluso más allá de las columnas de Hercules de las que hablaba Herodoto, Sagres fue el último rincón del mundo conocido y habitado en tiempos como apuntaba Estrabón. Más allá de los acantilados, sólo el sol se atrevía a viajar para ocultarse tras el horizonte; hasta que en el Siglo XIV el Príncipe Enrique lo transformó en el centro científico más avanzado del mundo: Allí se reunían para dibujar los mapas más modernos geógrafos y cartógrafos, se establecieron los astilleros donde se construía la flota de barco más moderna. Todos ellos con la misión de vencer el vértigo que producía traspasar la línea de un horizonte aún por descubrir.

Hoy Sagres es un pequeño pueblo que limita con el mar y el horizonte, donde se divisa la última puesta de sol del Viejo Continente. Una población abierta al mar y a los vientos que azotan la punta de Europa. Hoy Sagres no son más que un puñado de calles un tanto deslabazadas que cobran sentido cuando desembocan en enormes paredes que forman esos fabulosos acantilados, enormes farallones que resisten los embates del gran Oceáno Atlántico. Una tierra de olas y vientos, que se hace paraíso para los surfistas que viven en furgonetas cara al mar para captar y contemplar la luz y los paisajes de esta parte del mundo.

Es una costa salvaje, sin explotar, un zona desconocida que el viento mantiene oculta al gran público y cuenta con unas cuantas playas de ensueño, que nadie ha explotado aún. La mano del hombre se vislumbra en la vieja fortaleza del Siglo XV que sobre los acantilados domina todo el horizonte junto a la iglesia de Nuestra Señora Da Graca, a la que se encomendaban los marinos antes de adentrarse en un mar trascendente y tentador. El Cabo de San Vicente, es el primer punto de tierra que divisaban los barcos cuando volvían de América, hasta que en el Siglo XIX se encendió la luz del potente faro que alumbra la costa.

Un lugar excepcional que está, por el momento, a salvo del turismo masivo.
Un lugar excepcional que está, por el momento, a salvo del turismo masivo.

Cuando comienza a caer la tarde y el sol se inclina avanzando sobre la línea del horizonte, las furgonetas de surferos y fotógrafos en busca de la mejor instantánea del sol que luce incandescente y parece incendiar las aguas del mar, ponen rumbo al faro y aparcan sus vehículos en el largo camino que llega hasta la base del faro. En un espectáculo grandioso, el cielo se tiñe de color naranja, el viento arrecia para limpiar la atmósfera de cualquier vestigio de nubes y así agrandar el efecto del gran disco solar poniéndose primero lentamente para desaparecer después en un instante.

La Costa de Sagres tiene playas fabulosas a las que no ha llegado el turismo masivo que todo lo borra y estropea. Amado, un arenal salvaje y solitario en donde se surfean algunas de las mejores olas de la zona. Mientras, hacia el interior se extiende un maravilloso Parque Natural de pinares y lagunas en las que anidan multitud de aves y flamencos que encuentran aquí el ecosistema perfecto para anidar. Para comer, Nortada, un chirinquito de playa en el que comer muy buen pescado fresco. En Portas le pueden dar un homenaje con percebes recién capturados. Para dormir Martinhal, un hotel de 5 estrellas sobre la misma playa.

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